Blasfemias

“Todas las grandes verdades comienzan como blasfemias”

Esto lo dijo George Bernard Shaw y vino a mi de la forma en la que más me gusta, a través de un libro: El fetiche del crecimiento, de Clive Hamilton, una de las tantas obras que desmiembran y desmitifican el sistema económico y político actual, evidenciando sus contradicciones, demostrando como su mismo desarrollo actual lo ha llevado a su declive. Nos enrostra como los números de crecimiento económico y social no grafican en nada la realidad que los ciudadanos del mundo han de vivir día a día, sino peor, nos mienten. Hamilton, con gran nivel y clase, nos propone una blasfemia, una injuria, un ataque a la máxima de la religiosidad actual que es que el dinero nos hace felices.

Han existido muchas blasfemias que con las décadas se han convertido en grandes verdades. Como también hay tantas otras blasfemias que jamas dejaran de serlo pero por las cuales hemos sacrificado mucho como humanidad. Nuestra modernidad transita desiertos e inhóspitos horizontes en busca de esa profunda convicción vital. Por lo pronto, bienvenidos sean los créditos de consumo.

Las fuerzas que rigen la actualidad son difusas y diversas. El mundo es extraño, difícil de comprender. Nuestra humanidad es compleja, a ratos adversa, a veces inspiradora. Hay una extraña comunión entre el sentido de la vida y la felicidad, pero priorizamos un consumismo momificado que convierte todo en humo y confusión.

Vamos transitando la vida y no sabemos por qué, nadie nos preguntó si realmente queríamos. Nos pasamos gran parte del tiempo tratando de entenderla y quien sabe si alguien alguna vez la entendió. Pero la tierra gira alrededor del sol y este, junto con nuestro sistema solar, flota por las inmensidades del universo. Hay que seguir viviendo.

Las ideologías han ido muriendo. Una obscena racionalidad nos rodea y un profundo materialismo nos inunda, como polo opuesto ante lo convencional de estar vivos. Vendrán los iluminados y nos explicaran lo que tenemos que hacer. Economistas que profesan las santas escrituras desde los templos bursátiles. Por años no hemos hecho más que alejarnos de nuestro propia sensación de estar vivos. De nuestra espiritualidad. Por qué la vida es una y es como las tablas del pragmatismo lo enuncian, donde la experiencia personal de cada uno es una aventura más en el anecdotario social.

El mundo cambia constantemente. Un sistema se cae y nace uno nuevo, o alguno antiguo modernizado, como una especie de remake. Las teorías conspirativas saturan, para otros todo seguirá como siempre. En ese amplio universo de extremas posibilidades, es seguro que algo cercano al centro va a pasar.

Yann Arthus-Bertrand, el 2009, hizo un documental esplendido: Home, cual narra de forma bellísima como el ser humano ha alterado el curso de la tierra. Hay 2 frases que dan hilo al relato, la primera: todo se acelera, hace alusión a como nuestra modernidad va cada vez moviéndose de forma más vertiginosa, desenfrenada, casi imposible de asimilar, donde vemos que las generaciones posteriores han de integrar los contenidos de las generaciones pasadas. Avanzando en la película, un certero “es muy tarde para ser pesimista” nos abofetea con profunda convicción. Esa frase es fuerte y muy real, el tiempo avanza, el mundo sigue su curso y se hace incontenible seguir en un estado dormido ante lo que nos pasa. Ser un espectador de la vida, dejar que otros decidan por uno. Si es que alguien tomo en algún momento alguna decisión.**

Varios están despertando, otros queremos despertar. Dejar de ser “pesimistas” para descubrir aquello que se asoma, esto es lo que aspiro del mundo. Blasfemias de la actualidad que con los años se convertirán en verdades, para que aparezcan nuevas blasfemias que derrumben esas verdades y así sucesivamente hasta que los designios de la evolución lo determinen. Hay un mundo que nace, que busco, que se esconde tímidamente entre los rincones de las ciudades, detrás de los arboles, en alguna mirada, debajo de algún traje. Crece y se detiene para ver si es seguro seguir. Con una fuerza trazadora imposible de detener, difícil de percibir. A ratos mas lento, a veces mas rápido. Una nueva sensibilidad que de a poco se asoma para iluminar pequeñas fracciones de la vida. El ser humano no está en vías de autodestrucción, como tampoco la violencia es natural en él. El futuro de la humanidad es bello, iluminado. Pero en el camino hay adversidades. Complejidades. Ese futuro no sabemos donde es, ni cuando llegará. Pero es un proceso del cual todos somos parte. Y si prestamos atención, nos sintonizamos con él, lo vemos por todos lados. Nos persigue. Nos agarra y no nos suelta hasta entender que por nuestras acciones tiene que haber compasión. Vida.

No me voy a cansar de intentar ver ese mundo. Nuestros tiempos desbordan de blasfemias a las verdades impuestas. Nos llaman a romper la mediocridad, a superar el egocentrismo, a quebrar el individualismo. No puede ser sino la forma mas honesta de estar en el mundo.

Bernard Shaw, como Hamilton, Arthus-Bertrand y tantos otros anónimos nos invitan a blasfemar. A derrotar la alienación y nos alientan a que nuestro espíritu se conecte con otros en genuino y real compromiso.

¡Benditos sean blasfemos, el mundo los necesita!