Ese olor a leña

Llegué a la República Checa por primera vez por un intercambio de AFS, siendo un adolescente con un grano enorme en la nariz y sin saber que existía algún idioma llamado checo. Mi inglés era muy limitado y mi experiencia socializando se resumía a la de un niño crecido en la soledad del campo del sur de Chile. Con todo en contra llegué a una acogedora casa en los campos de Moravia, la de los Fic (Fits en checo) quienes me recibieron como un hijo más.

Rybniky queda a unos 40 minutos al sur de Brno, la ciudad más grande después de Praga, tiene no más de 500 habitantes, seguramente yo fui el único latino que piso esa tierra en años, décadas quizá (dudo que alguien se dé el trabajo de corroborar ese dato), lo creo por que fui una especie de fenómeno extraño para los habitantes de aquel lugar. Estudié en la secundaría de Moravsky Krumlov, una ciudad de unos 3000 habitantes. Al principio mis compañeros me miraban raro, pero con el tiempo hice buenos amigos, algunos hasta el día de hoy. Mi morenidad y tamaño reducido jamás pasó desapercibido entre los especímenes eslavos.

Volví a Rybniky, y a Brno, casi 10 años después, me junté con amigos y visité a mi familia checa — como yo la llamo — aunque ahora están repartidos entre Brno, Praga y el inmutable Rybniky pude verlos a todos. El olor a leña y el frío seco no cambiará jamás. El pequeño pueblo sigue su ritmo, tranquilo y sin mayores penas. El bar sigue estando en el mismo sitio y la gente — principalmente los hombres — se sigue encontrando allí después de trabajar. Las casas continúan idénticas, y los pisos de adoquín y piedra siguen siendo igual de difícil de caminar. Si uno se aleja un poco del pueblo y camina hacia el interior de los campos se puede apreciar claramente los pueblos aledaños: Vemyslice, Dobelice, Dobrinsko, Petrovice, hasta Moraksky Krumlov se puede ver si buscas un lugar donde no te tapen los arboles. Es posible verlos e identificarlos con perfecta claridad. Todos parecidos, techos altos de teja, una iglesia, una escuela primaria, no muchos más habitantes, sin plazas ni cuadras y mucho, pero mucho, olor a leña.

El invierno es cosa seria, puede llegar a haber 30 grados bajo cero, se congelan las cañerías y hay un metro de nieve. Es impresionante ver como el paisaje pasa de ser una intensa vegetación en primavera y verano a un manto blanco de nieve en invierno. Es bellisimo. Los arboles parecen palos puestos uno al lado del otro.

En esta visita después de tanto tiempo salí a caminar por Rybniky, recordando esas épocas de mis caminatas en solitario. Practica que adopte desde muy pequeño. Cuando vivía en el campo en Chile salía y me adentraba en las plantaciones de maíz como si fuesen un laberinto gigante. La continué en todos los lugares en los que viví, hasta en el poblado Buenos Aires salgo a transitar la soledad de la masas. Mientras caminaba pisando los adoquines eslavos me encontraba con aquellos lugares del pasado, ver el riachuelo que se congelaba en invierno y en el cual patinábamos sobre él. Recordar como los deshielos convertían todo en barro. Recordar la fiesta para el cambio de estación en la cual todos bailábamos y cantábamos cosas que no entendía. La celebración de Semana Santa, donde los hombres pasan casa por casa a saludar a la gente y te pegan suavemente en el culo con una trenza hecha de varilla mientras cantaban una canción, después te hacen pasar, te convidaban masitas exquisitas y vino blanco, todo casero por supuesto.

Solo el simple hecho de caminar y el intenso olor a leña me llevaba diez años atrás. Dentro de ese extraño momento que son las imágenes y los recuerdos. De una euforia intensa y fugaz que hace comer las uñas. Creo que mientras caminaba veía en cada casa o en cada espacio un recuerdo o una sensación. La gente no acostumbra salir a caminar, debe ser por que se aburren del paisaje monótono, o el frío los hacía mantenerse dentro de sus casas con calefacción central. Casa lindas, todas con garaje donde guardan sus herramientas y tractores. Por que todos tienen esa doble vida de campesinos, pueden ser doctores en filosofía pero en su casa tienen huertas, animales y conservas, para eso se necesita un garaje. Lo rústico y lo moderno conviven, los años de un pasado comunista y un intenso libre mercado. En cierto modo es confuso, pero ellos se las arreglan para no cambiar su esencia eslava.

Hoy hablo inglés y mi checo es bastante entendible. Volví sin granos, más barbudo, casi calvo y más viejo. Con una cámara analógica y añorando el olor a leña por todos lados.

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