Toulouse, la eterna primavera

Llegue a Toulouse un primaveral día de Abril del 2014. Yo venia de un tranquilo en viaje en tren desde Barcelona donde vive mi hermana. Durante el viaje me hicieron una encuesta sobre el servicio de SNCF (sigla en francés de los trenes franceses), nunca me gustaron del todo las encuestas, pero acá no podía seguir caminando para evitarla, tampoco iba a a caer en el desaire de negarme a responderla.

Tras apreciar lo maravilloso del paisaje catalán durante el viaje. Desciendo del tren para encontrarme con mi viejo amigo Sebastian, a quien no veía desde el 2007 cuando terminaba el secundario en el frío sur de Chile. 7 años después nos volvemos encontrar en una de las ciudades más inspiradoras en las que he estado.

Él hace años que vive en Europa, su padre hace muchos más. Ambos son músicos, desde siempre. Alguna vez tocamos con Sebastian en nuestra época de adolescencia ante un desganado público escolar. Yo solía tocar batería, en cierto modo, fue mi modo de protestar contra la sobre población de guitarristas que había en esos momentos. Era too mainstream.

Reencontrarnos en una Europa en crisis fue complejo. Muchos latinos en la actualidad buscan en Europa, y sobretodo en Toulouse, un refugio cultural, una alternativa a nuestras tristes políticas culturales latinoamericanas. El sueño de poder vivir del arte. Pero cuando los recortes y las medidas restrictivas para los extranjeros son cada vez más frecuentes, el deseo de convertirnos en Woody Allen se hace lejano y difuso.

Sebastian me cuenta de la vida en Europa, de las ayudas estatales, de la libertad de la gente, de sus estudios como músico, de sus amoríos, y sus temores sobre las reformas migratorias que se debaten. Me presenta a sus amigos: franceses, españoles, peruanos, venezolanos, argentinos, uruguayos y algunos chilenos, pocos, para mi sorpresa. Me cuenta del estigma a los árabes, algo que ya había visto en Barcelona. Toulouse es una diversidad intensa, profunda. Mucho más enriquecedora que la vanidad parisina.

Vine a Buenos Aires buscando la libertad que Chile me negaba. No se si la encontré, quizá ni existe. Más que en Chile, seguro. Pero Toulouse, más allá de la tormenta financiera, emana cultura por los ladrillos, sale inspiración por las calles.

En Toulouse se celebraba el Carnaval, en la orilla del Garona, por Saint-Cyprien, se amalgaman los deseos de fugaz juventud y la eterna contemplativa de la belleza. En La Daurade, mirando el Pont-Neuf, esperando a la noche que llene de luz con los carros alegóricos y gente disfrazada. Esos primeros días de Abril eran una fiesta. Unas breves vacaciones para todos. Un sol casi veraniego nos permitía pasar horas en el césped admirando la parsimonia de la vida. Sebastian y sus amigos ya no se sorprendían. Más allá de las retorcidas políticas exteriores que Francia pretendía imponer a sus inmigrantes, todos entendíamos tácitamente que la vida es una especie de bendición, y como tal, hay que disfrutarla.

Volví a Barcelona a los días después. Yo tenía que tomar un avión a Viena para seguir mi aventura hacia Brno. Sebastian volvía a Polonia para continuar su intercambio en una escuela de Jazz eslava.

Probablemente vuelvan a pasar 7 años para que nos volvamos a encontrar, no sabemos donde, ni que estaremos haciendo. Simplemente descubrí que por más que la vida esté cuesta arriba estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos.*

*Frase del libro Cartero, de Charles Bukowsky.

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