El baño del señor Bloom

A él le brotaban pensamientos filosóficos o preocupaciones sobre política mundial cuando estaba defecando en el baño, quizás porque sabía que esas cosas eran pura mierda. El baño es un lugar higiénico y casi luminoso destinado a desechar lo sobrante, a limpiar el cuerpo de impurezas y de mugre y, acaso, no eran para él las grandes ideas, las ideologías, el arte, la filosofía y el pensamiento en general un deshecho residual de la actividad humana. “Los grandes filósofos siempre supieron que sus ideas eran grandes ilusiones para engatusar ilusos”, pensó aquella ocasión sentado en el baño, “Schopenhauer dijo que los comerciantes eramos la clase social mas honesta porque no disfrazamos nuestras intensiones, conseguir dinero, como si lo hacen las demás profesiones”, continuó pensando, “todos quieren guita y todos tienen un precio”, concluyó. Le gustaba usar un lenguaje vulgar para la introspección. Aunque usaba un lenguaje exquisito en su vida cotidiana.

Salió del baño mas liviano, como si hubiera descubierto la solución a las grades preguntas que se hiciera minutos antes. Hoy iría con su esposa a escuchar Opera. Odiaba la Opera. Odiaba toda esa pedantería y palabrería sin sentido que debía repetir frente a algún pelmazo extasiado por una escena teatral o por un cuadro de algún museo.

Él tuvo una educación excepcional y de las más caras. Se rodeaba de intelectuales, políticos y diferentes personalidades. “Montón de mierdas”, pensaba, “parásitos de la sociedad. No valen ni un centavo todos ellos”. Y los odiaba con secreta intensidad.

Mientras iba en el coche de alquiler que uno de sus empleados reservara para él y su esposa porque debía ir a la “maldita” Opera, recordó que durante su adolescencia tuvo una especie de crisis, se juzgó, entonces, muy duramente como un cínico, porque había leído que Oscar Wilde había dicho que un cínico era una persona que sabia el valor de todo y no le daba el valor nada, pero él no era cínico, solo hipócrita. “Soy un hombre simple y no me gusta las complicaciones”, confesó a su psicólogo durante la última sesión, “soy un hombre simple que para sobrevivir tiene que fingir la mayor parte del tiempo”, reafirmó. MENTIRA. HIPÓCRITA. Él sabía que no necesita fingir para sobrevivir, él sabía que el capitalismo nos hace libres, o, por lo menos, hace libre a todo aquel que pueda pagar para ser libre. “¿Entonces por qué lo hago?”, se preguntó en aquella sesión, “la sesión terminó, nos vemos mañana”, le respondió el terapeuta. “Maldito cagador, como yo cuando estoy cagando en mi baño. El psicólogo nos presta su sofá para que caguemos nuestras ideas.”

A su mujer le encantaba el mundillo de la alta sociedad, y a él le fascinaba su mujer o algunas partes del cuerpo de su mujer, le fascinaba casi tanto como las partes del cuerpo de su amante. ¿Todo se reduce a eso?. ¿Era por eso que el fingía para mantener una forma de vida que le proporcionaba mas beneficios que daños?. No lo sabía. Pero seguramente lo conversaría en el cagadero de su psicólogo.

Ahora solo pensaba que debía ir a la Opera, otra gran cagada, otro baño enorme, luminoso, limpio.

P.D. Espero que el señor Bloom juzgue este breve cuento como un montón de mierda.

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