Xabier Añua, el precursor de oro aprendiendo a entrenar en Nueva York.

A finales de los 60 no era fácil encontrar clinics. Xabier voló a Nueva York para aprender de los mejores. En el camino, nuevos sistemas, nuevas defensas pero también modelos, la muerte de Martín Luther King, libros negros y azules y muchísimas anécdotas de entrenadores consagrados.

Entrada en el Estadio.

Yo sólo pensaba que no podía pararme. Que valía para entrenar y que sólo había un sitio dónde podría aprender de los mejores. Así que llamé a Johnny Mathis, el americano que jugó con nosotros y que por entonces jugaba en la ABA. Me largué a Nueva York.

¿Y había marcha en Nueva York?

¡Para lo que quisieras! Llegué y me alojé en el hotel más cutre de Brooklyn. Aquello era barato pero inenarrable. Sin embargo, como en todo desierto existe un oasis por las noches actuaba la orquesta de Dámaso Pérez Prado tocando mambos.

¡Qué rico el mambo!

Se dice que lo inventó él. Era una delicia escucharles por la noche en aquel horroroso hotel de Brooklyn. Cuando Johnny Mathis se pasó por allá me dijo que no podía estar ni un minuto más bailando mambo y me llevó al Hotel New Yorker en Manhattan. A tiro de piedra del Madison Square Garden.

Un cambio para mejor, dónde va a parar…

¡Y tanto! Vivía en Manhattan, al lado de Penn Station y disfrutaba de buena compañía. Hay una anécdota sobre mi primera aparición pública en la gran manzana. Cuando Quino Abascal, jugador del Kas, se enteró de que me iba a hacer las Américas y me pidió que fuera a casa de una de sus hermanas a llevarle un regalo. Yo, que soy obediente, allí acudí con el regalo. ¡No veas cómo estaba su hermana! Nos vamos a comer, todo muy bueno, la comida y la hermana. En el restaurante los comensales venga a mirar. Un tío pequeño y mayor, en comparación con ella, con semejante chica. Dedujeron que mi capacidad económica tenía que ser desorbitante. Yo no tenía ni idea de quién era hasta que al día siguiente la vi en la portada de la revista Harper’s Bazaar. Era una top model. Era Nati Abascal.

Portada en cuestión, Harpers Bazaar.

A eso se le llama triunfar

¡Cuidado! Que no se interprete mal.

Hombre piense que con un equipo de provincias llega a jugar la Recopa. La pierde con el que va a ser él campeón y decide irse a Nueva York a bailar mambo con una top model. Vamos hasta Charlie Sheen le tendría envidia.

Un punto de vista “winning”.

Y con el centro de operaciones en el “downtown” de la ciudad.

Me colocaron entre las habitaciones de Levern Tart, grandísimo golfo y tremendo anotador de la ABA y la de Dick Barnett, jugador serio y grandísimo tacaño. El primero jugaba en los New Jersey Americans y el segundo en los New York Nicks. Ambos extraordinarios jugadores de baloncesto y ambos diametralmente opuestos en su forma de ser.

Déjeme adivinar, tuvo que hacer de nexo entre la ABA y la NBA.

Casi. Levern Tart atesoraba calidad y dientes de oro. Organizaba unas fiestas de impresión en su habitación. Aquello era un continuo desfile que no gustaba nada a Dick Barnett. ¡Que zurda, madre mía! Tiraba las personales de una manera muy peculiar. Primero pegaba una patada al suelo, luego dos veces más con la punta del pie y finalmente lanzaba. El hecho era que Tart imponía a Barnett y no se atrevía a decirle que parase ya, que echase de su habitación a todo el mundo, que era hora de dormir y descansar.

¿Y cómo se solucionaba el tema?

Dick me llamaba y me decía que fuese a la habitación en Levern y que le cantase las cuarenta por el escándalo. Y yo, que como sabes soy muy obediente, llamaba a la habitación de Levern. Tras un buen rato Tart aparecía por la puerta y me tocaba el hombro: “Take it easy, man”. Cerraba la puerta y seguía a lo suyo.

Ahora entiendo las ojeras de Barnett. ¿Qué mal, no?

No, todo lo contrario. Entre ellos no había problemas y yo me llevaba maravillosamente con los dos. Primero porque nos unía nuestra pasión por el basket. Segundo porque el hotel para los jugadores de los Knicks costaba 17$ y ese era un precio inigualable. ¡Cómo para irse! A pesar de que las habitaciones eran pequeñas se compensaba con aquella reducidísima tarifa que gracias a Mathis yo me beneficiaba. Y tercero porque aquellas diferentes personalidades encajamos a la perfección. Ibamos juntos siempre que podíamos. Los lunes tocaba invitar a comer al gran Barnett. El muy tacaño nos llevaba a comer al sitio más barato de la Gran Manzana a una especie de bufé, de un precio casi regalado, en el que se servía pollo y patatas.

All you can eat” y “pass all areas”.

Así es. Es una de las cosas extraordinarias de Estados Unidos en aquella época. Gracias a Mathis y Tart podía ver los entrenamientos y los partidos de los New Jersey Americans y gracias a Barnett podía entrar y preguntar en el Madison Square Garden.

¿Qué preguntaba?

Todo lo que me pasaba por la cabeza. Nunca tuve ni una mala cara. Todo eran buenas maneras y facilidades. Ahora sería impensable. Que alguien te deje presenciar sus entrenamientos, responda a tus preguntas de táctica, te enseñe sus sistemas… Había un cuaderno de jugadas para los integrantes de los Knicks. ¡Me lo dieron sin ningún problema!

¡Cuadernos de basket, que bonito!

Y no sólo me dejaron consultar aquellos apuntes sino que el entrenador de los Knicks un día me extendió un libro negro y me dijo que no se me ocurriera fichar a ninguno que apareciera en aquel libro.

¿Scouting de los Knicks?

No, era la historia de las lesiones de los jugadores.

¡Caramba!

Pero ahí no quedó la cosa. Me ofrecieron varios consejos. Uno de ellos era que buscase jóvenes, ambiciosos, con un mínimo de talento y sanos. Que tarde o temprano llegaría la recompensa: “Con los lesionados te pasarás la vida esperando” me dijo.

Muy buen consejo. ¿No sería Red Holzman quién se lo dio?

No, ese aún era ayudante de los Knicks. En 1970 hizo campeones a los Knicks.

Y según Phil Jackson la razón por la que se dedicó a entrenar.

Mira, no coincidí con Phil Jackson. Me crucé con frecuencia con Connie Hawkins, Wayne Hithower, Walt Bellamy … Pero el que me dio el consejo del cuaderno negro se llamaba Dick “The Knick” Mcguire.

Sorprende ver tanta generosidad.

Es algo que aún me impresiona. No mucho antes un ilustrísimo entrenador español me dijo algo así: “A ti te voy a enseñar cómo lo hago para que después vengas y me ganes”. Son mentalidades. Formas de verlo. Ed Jucker, técnico de Cincinnati me dijo en Indianápolis: “Si yo te enseño lo que sé cuando juegue contra ti tendré que mejorar si quiero ganarte”

No hay más preguntas, señoría que dirían en una corte americana.

Así se comprenden muchas cosas, ¿no? Acerté de pleno al irme a Nueva York. Otro de los consejos que me dieron fue que acudiera a ver entrenamientos a la universidad. Allí se hacían entrenamientos más adecuados para el nivel europeo de entonces. Tanto los jugadores de ABA como de la NBA eran inalcanzables. Partían de una técnica individual extraordinaria y eso permitía darle más complejidad a los entrenamientos. Así que me presentaron a Roy Rubin.

¿No fue el entrenador de aquellos horribles 76ers, pre Dr.J, que perdieron 43 de los primeros 47 partidos?

Eso fue algo después. Rubin entrenaba a Long Island University y les iba muy bien. Con un buen récord de partidos Roy era un especialista en defensas presionantes. En España esas defensas eran incipientes por no decir desconocidas. Los ojos me hacían chiribitas. Aquella zona press 1–3–1 en tres cuartos de cancha era un arma de destrucción masiva de ataques rivales. Así que pasé muchas horas en LIU aprendiendo, anotando en un cuaderno y reflexionando. A finales de los 60 los pivots empezaron a ser gigantescos. Pero en las universidades del área de Nueva York eran cada vez más pequeños, más fuertes y con fundamentos más depurados. NYU y LIU se especializaron en el tema. Esto me vino muy bien porque en España era muy difícil contar con postes altos. Pero lo que realmente me dio el salto de calidad táctico fueron la zona press y las defensas alternativas. De Liu me fui a Saint John’s donde entrenaba el gran Lou Carnesecca.

No quiero que nos vayamos a otros sitio sin pasar antes por Indianápolis.

En marzo de 1968 se celebraba en Indianápolis en entrenamiento de la pre selección USA. Conocía a Ed Jucker, coach de los Royals, dónde desplegaba su maravilloso juego el gran Oscar Robertson. Le solicité la posibilidad de acudir a la cita. La respuesta fue inmediata. Tenía que verlos y lo tenía que hacerlo en primera fila y expresar todas mis conclusiones sobre lo que aconteciera.

¿Alucinó?

En colores. Allí estaban los jugadores más espectaculares de la futura NBA pero también un sensacional mercado de los que acabarían jugando en el Viejo Continente. Eran tremendas las posibilidades de aquellos 44 jugadores. Los dividieron en 4 equipos de 11. Entre ellos vi a Pete Maravich, por entonces sophomore de Louisana State que me pareció soberbio. Me gustaron Jojo White, Luther Green, Larry Newold, Otto Moore, Tom Boerwinkle o Bob Whitmore sobre el que tenía un encargo.

Tenía un encargo, me suena a los Soprano. Whitmore tuvo que salir de repente de Madrid por consumo de estupefacientes.

Dicen que le pillaron fumando lo que no debía. Una llamada anónima informó a la policía y le abrieron un expediente policial. Aquello se arregló a cambio de que saliera de España por pies. Para mi un misterio sin resolver. Procedía de Notre Dame donde no se fumaba marihuana en aquella época. Era una estrella pero ni llegó a debutar. Misterio y maniobras orquestales en la oscuridad.

¡Explíquese!

Bah, no merece la pena porque son sólo deducciones. Yo soy de pueblo y a lo mejor no me enteraba… ¿Te he dicho que estuve con Lou Carnesseca?

¡Qué bien torea!

También sé de religión. La santísima trinidad de la universidad americana la componían Bobby Knight, un “marine”, John Wooden, un catedrático, Lou Carnesseca, una mezcla de Rinconete y Cortadillo con alma renacentista. Saint John’s era una fea universidad neoclásica con frailes de babero que resultaban encantadores. A veces hacían el scouting para Lou. Me encontré con un entrenador pequeño, con temperamento latino y poseedor de una mente que corría a mil por hora. Además de una voz cazallera propia de tanto gritar. Es que se desgañitaba.

¿Cómo le acogió?

Como siempre, tuve las puertas abiertas. Con él los entrenamientos eran muy divertidos. Todo el mundo se movía. Todo el mundo corría. De todo lo que vi, me quedé otra vez con la 1–3–1. No era una defensa para mucho rato. Significaba una sorpresa. A Lou le gustaba ir cambiando de defensa: Individual, zona y presión. Así durante el partido veía cuál de ellas era la que el rival atacaba peor y la ponía en los últimos minutos del partido.

Inteligente.

Solía decir que investigar baloncesto en la universidad producía más dinero que los estudios de las grandes materias. Y así, con el dinero del deporte, podían pagar las grandes bibliotecas y las otras investigaciones.

Pero no todo sería baloncesto en Nueva York ¿o sí?

Acompañé a muchos partidos a los New Jersey Americans, donde jugaba Johnny Mathis. Yo era de la “trouppe” de las madres y novias y por allí me movía como una “groupie” más. Por la noche cuando no había partido salíamos en grupo con Tiny Archibald, Dick Barnett, Levern Tart y el único blanquito como yo: David Cowens. Un tipo extraordinario. Era un armario con pinta de leñador irlandés que en la cancha ejercía de eso, de leñador. Era muy listo y una gran persona. Entrenaba a chavales en el sur del Bronx que no es precisamente el barrio más adecuado para un entrenador blanco de baloncesto.

Vaya grupo de ilustres.

Salíamos a ver a Miriam Makeba con su Patapata. Nos volvía locos. Miriam se adornaba con un sombrero imposible, que le sentaba de maravilla, y una enorme capa blanca. Como eran los más guapos del local, la Makeba vacilaba con ellos.

Por lo que veo aprendió música también…

Por donde íbamos todo los artistas les conocían. Pero un día, mucho después de esto, pude devolvérsela. Fuimos a ver a Dizzy Gillespie. Todos estaban alucinados rindiendo pleitesía al gran músico y cuando baja del escenario se dirige hacia mi y me dice: “Hola Javier”. Le conocía del Festival de Jazz de Vitoria. Imagina la cara de todos estos.

Les dejo de una pieza.

Como cuando Chuck Berry vino a Vitoria y no quería tocar hasta que le diéramos 10.000 dólares y se los diera el propio director de TVE. Su manager nos dice que se lo diéramos al día siguiente que él mismo los devolvería. Así que sólo faltaba el director. Aparezco por el hotel después de un buen paseo en bici y me cuentan la historia. Les digo que en treinta minutos venía el gran jefe de la tele. Me ducho, me pongo mi mejor traje y hecho un pincel me presento a Chuck Berry como director de TVE. El tío quedo encantado. No hacia mas que abrazarme y darme las gracias alternativamente. Al final pudimos escuchar Roll Over Beethoven o Johnny B. Goode. Sin embargo, guardaba una vuelta de tuerca más. Subió al escenario a las once y media y cuando dieron las doce dio por terminado su concierto porque le habían contratado sólo para ese día y ya era medianoche. Al final el que nos dejó de una pieza fue el viejo Chuck.

Xabier Añua estuvo hace 50 años en la Copa de Rey. Foto cedida por Proyecto 75ers

Si es que no se puede jugar contra los de Missouri.

Bill Bradley de aquellos Knicks también es de Missouri ¡Qué buen jugador! En los New Jersey Americans no recuerdo a ninguno de por allí. Eran casi todos sureños y muy religiosos. Era de obligado cumplimiento el acudir a la iglesia. Cuando llegaba el fin de semana había que turnarse para acudir con las “mamas”. Allí se cantaban gospels extraordinarios. Tras la ceremonia me preparaban una comida con un pollo rebozado sureño con té. Delicioso

Usted era el blanco más negro de Nueva York.

Y lo curioso es que no percibía el racismo que había y mucho por aquella época. Nueva York, siempre ha sido una ciudad mucho más abierta y cosmopolita que ninguna y estos jugadores a pesar de ser del Bronx y de ascendencia sureña tampoco me rechazaban. Para que te hagas una idea recuerdo aquel jueves 4 de abril…

Cuando se jugaba la final de la Recopa AEK- Slavia de Praha

Estábamos en Harlem degustando, por decir algo, una paella cubana en La Rosa. Nos enteramos que en Memphis un francotirador había abatido a Martin Luther King. Aquello comenzó a hervir. La indignación, la rabia y la violencia crecían por momentos. Mis amigos piden un taxi para que saliera de allí, por lo que pudiera pasar. Al entrar me piden que me tumbe en el suelo del taxi a sus pies. Y así salí de Harlem aquel día, tumbado en la parte de atrás de un taxi, con algo de insalubridad y pisoteado por los enormes pies de jugadores de la NBA y de la ABA. Al llegar al hotel puse la tele. Hablaban del Bronx y sobre todo del Harlem. Se hablaba de fortalezas negras infranqueables. Se decía que ningún blanco había podido entrar ni salir de ninguno de los dos barrios. Se ve que no miraron bajo los asientos de los taxis.

Formidable. Experiencias de todo tipo en América. Pero había que volver.

Sí, y como quién dice en la escalerilla del avión me ficha el FC. Barcelona.

PD. Si te ha gustado, compártela. Si conseguimos muchos seguiremos con el tercer capítulo de la entrevista a Xabier Añua: FC Barcelona

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