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Roberto Dominguez
Aug 16 · 7 min read

ECyC: Cita con la Cultura
Por Orestes Martí

Como todos nuestros lectores saben, el Blog Segunda Cita que publica el trovador cubano Silvio Rodríguez Domínguez -desde La Habana, Cuba- se encuentra “enlazado” -a través de su sitio oficial El Zurrón del aprendiz- con el sitio de la Red Social Integrada Martianos en el Portal de la Coordinadora Internacional TESORO.

Obviamente, cuando se tomó la decisión de establecer ese “enlace” -que las TICs hacen posible mediante el empleo del “hipertexto”- no sólo se pensaba en el pensamiento martiano -y por consiguiente profundamente patriótico- del laureado trovador; también se sabía de los enfoques y el tratamiento informativo comunicacional de los palpitantes -y en ocasiones controvertidos y peliagudos- temas que allí se abordan.

… Y como no podía ser de otra manera: la Cultura; pero con mayúsculas, por cierto….

En el mes de octubre del año 2016, la revista Bohemia publicó un trabajo del martiano intelectual cubano Armando Hart Dávalos con el título La cultura de José Martí y la identidad nacional, que nos gustaría citar:
“En su esencial ensayo titulado Nuestra América, José Martí proclamó: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”. Hoy debemos abordar el tema del tronco, es decir el de nuestra cultura e identidad y su estrecha vinculación con la cultura universal.
“Vivimos un momento verdaderamente crítico de la varias veces milenaria historia del hombre sobre la Tierra y al mismo tiempo en medio de una etapa muy importante y compleja del más de medio siglo de existencia de la Revolución triunfante…..”

Durante la clausura del 9° Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), El Presidente de Cuba Miguel Díaz-Canel recordaba: “Somos una Revolución que puede presumir de haber sido contada y cantada, desde sus orígenes, con el talento y la originalidad de sus artistas y creadores, intérpretes genuinos de la sabia popular y también de las insatisfacciones y esperanzas del alma cubana.
“Y así seguirá siendo. Intelectuales, artistas, periodistas, creadores, nos acompañarán siempre en el empeño de que este archipiélago que la Revolución puso en el mapa político del mundo siga siendo reconocido también por su singular modo de pelear cantando, bailando, riendo y venciendo”
.

Nosotros pensamos que cuando se recuerda a personalidades -como la del poeta nacional Nicolás Guillén- y sobre todo se hace con lujo de detalles y una extraordinaria capacidad de Comunicación como lo ha hecho el destacado intelectual cubano Raúl Roa Kourí, se está cumpliendo a cabalidad con las ideas expresadas por Díaz-Canel.

Tres momentos y un solo Nicolás
Por Raúl Roa Kourí
A Nicolás Guillén

1. En México

A mediados de 1954, la Escuela de Verano de la Universidad de Nuevo León, en Monterrey, por iniciativa de los profesores Alfonso Reyes Aurrecochea y Francisco Mier Zertuche, organizó un ciclo de conferencias para honrar a José Martí en su centenario, cumplido un año antes. Fueron invitados principales, Andrés Iduarte, entonces presidente del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Rómulo Gallegos, Nicolás Guillén, Juan B. Kourí y Raúl Roa.

Llevamos una ofrenda floral al monumento erigido para honrar al Apóstol de nuestra independencia, en la norteña capital. En el anfiteatro de la alta casa de estudios, Gallegos pronunció su histórico llamado a la juventud latinoamericana: «No prostituyas tu dignidad intelectual»; Guillén dijo, con su voz honda y cálida, sus elegías a Jesús Menéndez y a Cuba; su son entero. El profesor Kourí disertó sobre La escuela nueva de medicina y su ideario martiano; Roa, lo hizo sobre México en Martí.

Sostuve pláticas con los dirigentes estudiantiles de la universidad regiomontana, quienes dieron cabida en su periódico a mis comentarios sobre la lucha de sus compañeros cubanos. El tabloide Vida Universitaria, recogió también mi trabajo, «Rómulo Gallegos, bosquejo del exilio».

Una tarde, en el bar del hotel, conversando con Guillén, inquirí sobre su reciente poesía, su estancia en España durante la Guerra Civil, sus viajes por la URSS y Europa oriental. Había recibido, días antes, el Premio Stalin por la Paz y pensaba recogerlo en breve. Como teníamos confianza, le pregunté qué había de cierto en cuanto se decía de la URSS; respondió, sonriendo: «Mucho es cierto, mucho es falso, pero allá hay justicia social.» Le creí, entonces, y lo constaté, personalmente, diecisiete años más tarde, cuando acompañé al Presidente Osvaldo Dorticós en visita oficial. (Desde Moscú, a los dos meses, recibí una postal de Nicolás: «Nieva, nieva, nieva/ nieva, nieva, nieva/ nieva, nieva, nieva. Nicolás».)

2. En La Habana

En los días de mi preparación para hacerme cargo de la embajada en Praga, topé con Pablo Neruda y Nicolás Guillén en la Bodeguita del Medio — acogedor rincón de la Calle del Empedrado, vecino a la catedral habanera donde, a instancias de Felito Ayón, cuya imprenta hallábase adosada a esta, del propio Nicolás y otros intelectuales, abrió Enrique Martínez, bodeguero de ancho espectro, un espacio de criolla mesa a la bohemia capitalina e internacional — ambos, armados de refrescantes, tropicales mojitos daban cuenta de apetitosos chicharrones de cerdo.

Me sumé a sus libaciones y manducaciones con idéntico entusiasmo. De pronto, Guillén le confió al gran poeta chileno: «Pablo, ¿sabías que Raulito ha escrito una de las mejores cosas que he leído sobre tu poesía?» El chicharrón se me clavó en la campanilla: había publicado en El Mundo, cinco años antes, dos artículos titulados (con la osadía irreverente de los 18 años) «Trayectoria poética de Pablo Neruda». Apreciaba, justamente, la obra de Residencia en la tierra, El hondero entusiasta, Veinte poemas de amor y Canto general, pero vituperaba con desenfado la más reciente, v.g. Las uvas y el viento, Odas elementales…

Neruda, quien por supuesto nada conocía de mis impertinencias, amablemente pidió una copia. Prometí llevársela al Habana Libre, donde se hospedaba. Aproveché una breve ausencia de Pablo, llamado por Natura al mingitorio, para recordarle a Nicolás el tenor de mi «ensayo». Todo risa y mala intención repuso, con su voz de barítono: «¡Por eso mismo se lo dije, Raulito! ¡Por eso mismo!»

Ni entonces ni más tarde, en Praga, donde cenamos juntos Mariacarla y yo con Pablo y Matilde, en nuestra casa de Juarezova №4, le entregué la copia prometida. Aunque sostengo aún el criterio de mis años mozos sobre la última porción de la obra nerudiana, hoy, como dije en otra parte, lo escribiría de manera diferente. Pero ya no aspiro a ceñirme la muceta de Dámaso Alonso. Después de todo, como señaló Antonio Machado, «por mucho que valga un hombre nunca tendría valor más alto que el de ser hombre». Neruda fue deslumbrante, como su mejor poesía, hombre de su tiempo y su pueblo, de América. Pero su alusión a Nicolás Guillén en Confieso que he vivido, lo empequeñece.

3. En Praga

Anochece, la luz se quiebra suavemente sobre los techos barrocos de Malá Straná, apretados unos a otros, enhebrados casi por musgos y enredaderas. El aire frío y húmedo pellizca los rostros. Desde el mirador, a un costado de Hradcany, contemplo con Nicolás Guillén los jardines que dibujan complicados perfiles entre árboles secos y fuentes silenciosas. La iglesia de San Nicolás alza sus torres al cielo, recortado de cúpulas y aristas. El punto culminante del barroco jesuíta en Malostranské námesti, donde varios palacios señalan el tránsito de la dominación habsburga. Abren sus portalones a la plazuela antiguas casas sólidas, de pesadas puertas. A la izquierda, camino del Vltava, se bebe una cerveza, nada aquinatense, en la taberna de Santo Tomás.

Subimos por la calle del poeta Ján Neruda, que inspiró a Neftalí Reyes a adoptar su apellido, ante fachadas monumentales y homogéneas (las más homogéneas del mundo, según Alejo Carpentier) hasta alcanzar el Palacio Cernin, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. Más allá, después del Convento de Loreto y la placita homónima, doblamos por una calleja misteriosa, iluminada por un solo farol de gas : Novy Svet, un nuevo mundo, en efecto, para nosotros que venimos del antiguo de la palma y el caimán, los juegos de batos y el ulular oceánico de los grandes caracoles. Nicolás, en voz baja — seguramente inducida por el ambiente fantasmagórico — apuntó: «En cualquier momento doblará la esquina un caballero de capa y espada que, sin hesitar, se dirigirá a esa vieja posada del águila bicorne sobre la puerta…»

Al otro lado del río, en lo que fuera el ghetto, topamos con la sinagoga más antigua de Europa central, Starà-Nova, y el viejo cementerio de piedras mudas sobre cada muerto; en un local contiguo, como testimonio imborrable de la barbarie nazi, una sencilla exposición de dibujos realizados por niños hebreos exterminados en Terezin. «Pelota rota», se dolía Silvio.

Sobre alta colina que lleva su nombre vigila el indomable capitán husita, Ján Zizka. Allí se hallaba, preservado también, como remedo de la inexplicable necrofilia que se abatió sobre varios países socialistas tras la erección del mausoleo a Lenin en Moscú, el cadáver de Klement Gottwald. Desde el otero de Zizka contemplamos las torres góticas de Nuestra Señora de Týn, las voluptuosas de San Nicolás y las neogóticas agujas de San Vito que, erigidas en el siglo XX, suben como hercúleo brinco, entre el hollín y la niebla y la opacidad de un crepúsculo triste, barrido por llorones sauces horros de lágrimas.

Acompañé a Guillén a la Unión de Escritores de Checoslovaquia, en Narodni třida, donde nos recibió, con su redonda cara de morsa y afrancesado gesto, Ado Hoffmeister, su presidente: ex diplomático y pintor quien, meses después, se apoyaría en una exposición de plástica cubana que inauguramos ambos en la galería Manes, para lograr que los abstractos y figurativos de su país pudieran respirar aires nuevos, escurriéndose de debajo del obeso — -si bien famélico de ideas — realismo socialista oficial. La conversación, nada protocolar, nos llevó de París a Brasil, a México y Moscú, sin dejar de detenernos en Kuo Mo Jo, las chinerías florales de Chi Pai Chi, los suculentos recuerdos de patos laqueados en el vetusto restaurante pequinés y sopas — al decir de Nicolás, inmejorables — de aletas de tiburón, en el no menos añoso Pacífico habanero.

Recuerdo con cariño esa visita de Nicolás Guillén, que me permitió escapar del taedium diplomaticus cotidiano y disfrutar auténticamente la ciudad, los amigos, las horas.

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