Vamos caminando.
Vamos caminando pateando piedras y arena. Llevamos todo lo que pudimos rescatar al salir, solo nuestros pasos. La sierra nos da todo lo que puede ofrecer al mediodía, nada, solo viento, terrario que se ondula y escarcha en la vista, ansiosa, vigilante, casi ciega de dolor y chirrido de tierra empapada de sudor, lo único frío por ahora.
Les creímos, los leímos, soñamos y lloramos; hasta que nos transformamos en lo que somos, lo que fuimos, casi un sueño de libertad, en la sierra, vueltos tierra y utopía derrotada.
Escuchamos los chasquidos, silbando, rosando las orejas entumecidas por la tierra y el sol, y parecía como si algunas de nuestras siluetas se derritieran al calor de la piedra hirviente, mal oliente peinadas por el plomo y el acero. También la de ella se diluyó desde lo alto de sus ojos, de sus sueños también claros y tiernos; y cayó mirando sonriente el porvenir que no llegaba cerca de sus manos ,lejos de sus puños, de su sonrisa tierna, que muerde tenazmente todo lo que se le negó, lo soñado, arrebatado sin avisar.
Tremendo fue saltar al tajo de roca que llevaba lo poco que dejó el río en este hastío que achicharra pestañas, lágrimas y desesperación. Dolieron huesos, sueños, su sonrisa al despertar, las marchas reclamando otro mundo, delirio libertario en pleno siglo veintiuno.
Y no pudimos más, y nos fuimos diluyendo y apagando de uno en uno, arrojados al correr cómplice y callado del arroyo, que a puro tiro, martillazos de plomo y desolación nos fue venciendo, vendiendo por última vez; creyentes por un mundo mejor que no llegó, que se negó; en un presente sin futuro ni recuerdo, algo que se volvió costumbre en mi país apátrida y entumecido, aridez de sueños y agonía que no muere pero mata.
Fue casi un sueño, una visión que vistió la sierra desangrada de calor mentiroso y ladino.
Fue un sueño, o tal vez no. Tal vez fue la realidad de nuestra vida.
Vamos caminando…

