Dejar ir tu carro

Hace unos días, un amigo comentó que tenía que vender su carro y que esto le causaba cierto malestar, una sensación de ser una “mala persona”, algo así como cuando se cree ser un mal padre por reprender al hijo. La cosa es que es cierto y quizá solo aquéllos que hayan tenido un carro por años lo van a entender.

Es que un carro se vuelve un compañero de vida, cómplice de aventuras, víctima de baches, de la pésima gasolina mexicana, testigo de desamores y relaciones frustradas, un “partner” silencioso de los primeros “fajes” con la novia, mártir del acelerador a fondo cuando solo te quedan 5 minutos para llegar a tiempo. Y si tú, en algún momento le hablaste a tu carro, ya sea porque se te quedó tirado o porque saliste en chinga y “no se rajó” cuando le pisaste…¡ya valiste! Haz creado una relación intrapersonal que difícilmente romperás, llegará incluso la necesidad de ponerle hasta nombre.

Por eso duele aceptar que el momento ha llegado, el momento de cambiar, de avanzar, de tomar esa bifurcación que los separará por siempre, llega el momento de comprar un carro nuevo, ya sea porque tus necesidades cambiaron o simplemente por comodidad, pero… ¿Cómo se lo explicas a tu amigo? ¿Qué calidad de persona eres si traicionas esa confianza que te dio? ¡Egoísta, insensato! Eso es lo que eres. Peor que el humo que tu carro viejo arroja.

Pero aún hay más, sobre el tema surgen más preguntas, ¿Quién será su nuevo dueño? ¿Lo tratarán bien? ¿Le harán su cambio de aceite y tune up? y peor aun, te preguntas si no irá a terminar como un carro de trabajo, para jalar cosas o cargar muebles. Más triste, si no terminará como un yonke, abandonado a su suerte en medio de la nada. Y tú, para sentirte mejor, el día de la venta le dices al nuevo propietario “Ahí te lo encargo”… fatal. Años de convivencia quedan resumidos en un “Ahí te lo encargo”. Estúpido.

A mi en lo personal me pasó casi tres veces, la primera un Chevy Nova del 77, mi primer caro, fue muy doloroso venderlo, mas, el saber que terminó en el yonke, aplastado. El otro un Pickup Silverado, una pérdida irreparable, ver cómo se pierde en el horizonte tu amigo fiel conducido por un extraño a un lugar que él y tú desconocen.

La tercera…casi tercera, un Chevy Nova del 70. Llegó a mi vida esa situación de crisis financiera, necesitaba dinero. Tomé la ruta fácil… le puse un letrero de venta. Varios se animaron a preguntar, pero nadie quiso pagar el precio y yo no lo quería “mal baratar”. Para mi suerte mi situación económica cambió y conservé mi Muscle Car. Hoy llevo casi 13 años con mi clásico y le pido perdón por aquel atrevimiento cada que lo veo. Siento que me abofetea.

Dirán que estoy loco, que exagero, pero como lo mencioné líneas arriba, solo los que hayan tenido un carro por un largo tiempo me comprenderán. Los que hemos vivido esa traumática experiencia solo nos mentalizamos sobre ello, que es algo que debe pasar tarde o temprano. 
“El padre debe dejar volar a los hijos” dicen.

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