La vez que fui al cementerio

Una vez fui a un cementerio lleno de fantasmas.
Pero los fantasmas no asustaban,
no gritaban y no me asechaban,
solo lloraban.

Me acerqué para hablarles y ninguno me miraba,
se iban y volvían
estaban pero no estaban
Solo deambulaban.

Lloran y se mueven,
lloran y mueren
para volverse a la vida
y estar y no estar
y llorar y moverse
y llorar y morirse.

Me fui tan rápido como pude
hasta que llegué al infierno.

Olía a azufre y todo era blanco.
Había tanta luz que no podías ver nada.
Me tropiezo al caminar,
y no sé dónde caigo,
pero siento que me ahogo
sin una sola gota de agua.
No hay principio ni fin;
todo es plano.

Me vuelvo en mi por arte de magia,
no estoy lejos,
no estoy cerca,
hay todo y no hay nada.

Pero entre lo borroso de lo claro
se nota, que apenas y me he movido del cementerio.
O del infierno.

Y los alcancé a ver de nuevo,
estaban por todos lados.
Pero ahora todos me miraban
y todos se miraban.
No había tacto,
no había vida,
ni en lo más remoto se sentía empatía, 
siquiera por estar todos en el infierno.
O en el cementerio.

Estaban amontonados
y solos a la vez.

Ahogados y muertos,
pero despiertos.

Todos víctimas y victimarios,
todos cómplices,
todos hartos,
todos resignados.