Anótalo, por favor.

Cuando recordamos, nos mentimos a nosotros mismos. Nunca lo hacemos con precisión o con sinceridad. Siempre lo adornamos hacia el lado que nos interesa, de manera inconsciente; porque es mejor, por lo que sea, para nosotros. Pero eso que te sucedió hace un par de meses, esa conversación con esa chica que tanto te gustaba, no fue así. Aunque tú la recuerdes así.

Hace tiempo que cuando me sucede algo interesante, algo que quiera recordar cuando tenga 60 o 70 años y mi cabeza no sea lo que yo espero y no pueda recordar, ni siquiera mintiéndome a mi mismo, lo anoto en un diario. Intento ser fiel a lo sucedido quitando dramatismo, aunque a veces me deje llevar por la emoción, pero procuro ser sincero con la persona que lo va a leer dentro de unos años. Yo.

Todo esto tiene una explicación, y es que hay ocasiones en las que uno está más negativo que de costumbre, o no recuerda con frescura esos pequeños éxitos que ha tenido, porque nuestra memoria no siempre tiene ahí en primer plano esas cosas bonitas, emocionantes, vibrantes o desastrosamente bellas.

No me puedo quejar. Este año he tenido al menos dos recuerdos dignos de aparecer en la solapa de mi libro de memorias como avance de una prometedora “novela de aventuras”.

Escribo esto mientras escucho a Edith Piaf. Son las 9 de un sábado cualquiera. He leído algo que escribí sobre ti y, vaya, no eras tan mala como yo creía recordar.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.