LOS NUEVOS AMIGOS

Conocí a Lou Reed a principio de los noventa. Mi amigo Alberto se acababa de comprar una guitarra eléctrica… no, en realidad no fue así, me equivoco, aquella primera guitarra no era la de mi amigo, en realidad pertenecía a un amigo de un amigo de no sé quién. Recuerdo que como no teníamos amplificador a alguien se le había ocurrido conectarla a la cadena de música y aunque la solución nos había parecido perfecta, temíamos que en cualquier momento el altavoz explotara o enmudeciera para siempre. Alguien estaba rasgueando la guitarra, y juraría que fue Lou quien en un momento dado, ofreciéndomela me preguntó: “¿Quieres probar?”. Yo por entonces llevaba gafas, y creo que estaba en tercero de BUP, Lou que iba a un instituto del otro lado de la ciudad y era un par de años mayor, también llevaba gafas, pero las suyas eran negras, como toda su ropa. Creo que me ayudaron a colocarme la guitarra porque pesaba dos toneladas. Fue entonces cuando se produjo la transformación, cuando sentí el superpoder, fue el gran momento de mi epifanía adolescente.

Por entonces solo me sabía el acorde de “DO”, y aquella tarde en la habitación de mi amigo Alberto, Lou Reed me enseñó a colocar los dedos para tocar “FA” que como todo el mundo sabe es el acorde más difícil. Con esos dos acordes Lou me enseñó una canción que acababa de escribir con una letra muy rara sobre un tipo que necesita hacer un montón de cosas para lograr sentirse bien. De repente y sin que casi nos percatáramos Lou se largó dejándonos solos, y aquella tarde mi amigo y yo, con la guitarra que pesaba dos toneladas y con los acordes que nos había prestado Lou, inventamos el Rock and Roll.

Después nos pasaron un montón de cosas alucinantes. Por supuesto el altavoz acabó estropeándose, y hubo que devolver la guitarra, pero al poco, tanto Alberto como yo conseguimos nuestros propios instrumentos y amplificadores. Fueron días frenéticos de grandes cambios, grandes fracasos y grandes descubrimientos. Sólo confesaré que fue por entonces cuando mi madre se empeñó en llevarme al psicólogo debido a una legendaria y terrorífica evaluación en la que suspendí todas las asignaturas.

El tiempo ha de pasar para desvelar qué sucesos del pasado fueron realmente decisivos, así hoy, en estos días inciertos de crisis y mudanzas, mantengo la convicción de que el mundo mejoraría si en los horarios de los institutos se incluyeran diez minutos semanales para que los chicos pudieran tocar aquellos dos poderosos acordes en una guitarra eléctrica a todo volumen. Ningún adolescente debería perderse esta liberadora experiencia.

Lou Reed ha muerto a los 71 años repiten los telediarios. Y a mí además de la tristeza por el amigo desaparecido me invade un regusto agridulce. La parte amarga tal vez se deba a aquel par de acordes que Lou Reed me prestó una tarde adolescente y nunca le devolví; la dulce, estoy seguro que tiene que ver con la fidelidad que siempre le guardé. Jamás hasta hoy delaté a mi viejo amigo, y si hoy lo hago no es sino como homenaje.

Ya tengo cerca de cuarenta, y me afano día a día en desvelar a chavales desmotivados y salvajes –a los que tal vez me parezco más de lo que a ellos y a mí nos gusta creer– los secretos ocultos de la sintaxis y la ortografía.

Algunas cosas de aquellos tiempos confusos de energía infinita han quedado tan atrás que casi ni las recuerdo; sin embargo, te juro que el mismo día de la muerte de Lou, había vuelto a escuchar uno de sus discos, y había vuelto a sentir esa descarga vital de energía y lirismo que es a veces el Rock and roll, energía vital que quizás en esos precisos instantes estaba abandonando definitivamente el cuerpo de Lou para atravesar la Vía Láctea y llegar al lugar que las leyendas del Rock ocupan entre las estrellas; y aún otra cosa más te voy a confesar: hará un par de semanas, mi madre vino a visitarme, y en el intermedio de la telenovela no sé por qué demonios se le ocurrió volver a preguntarme algo que mis alumnos de este año jamás sospecharían: “pero Rober, ¿qué te ocurrió en aquella evaluación en la que suspendiste todas las asignaturas?”; no le dije nada, pero te juro que si me lo pregunta una vez más se lo cuento: “Mamá, la culpa fue de Lou Reed”, y ya me estoy imaginando su respuesta: “Ya lo sabía yo, aquellos amigos nuevos que te echaste nunca me gustaron”.