Las águilas no vuelan en parvada

Esta frase viene rondando mi mente hace varios meses. La escuché de una experta en mindcoaching, quien concluía con esas líneas el informe que le entregó a una clienta para quien dirigió un tratamiento de introspección. Con esta referencia respondía una pregunta que su alumna había guardado desde siempre: «¿Por qué estoy tan sola?».

Podríamos fácilmente deducir razones por las cuales la soledad se apodera de una persona, pero hace falta conocer y descifrar la personalidad y la rutina de quien la sufre.

Este caso de estudio se trataba puntualmente de una persona con un poder de decisión envidiable, alto nivel socioeconómico, fama, reconocimiento y prestigio, rodeada de lujos, gente y trabajo. Había formado una carrera mediática distinguida, reconocida por su talento y por haber participado en proyectos ambiciosos. Todo esto acompañado de un muy mal carácter.

Seguramente habrás reparado en esta última característica, puesto que todo lo anterior parece maravilloso como para vivir plenamente y sin preocupaciones. Sin embargo, ella lo arruinó porque vive de mal humor.

La experta que trabajó con ella se adentró en sus rutinas, investigó acerca de su desempeño, buscó testimonios y opiniones de un gran número de personas que se habían involucrado en diversas áreas de su vida, mientras consultó a un grupo de individuos que no la conocían directamente. Los cercanos destacaban lo maravillosa que era, resaltando lo servicial, humanitaria, perfeccionista y solidaria, mientras que los del grupo contrario apuntaron a los clichés asociados a personas con fama y fortuna: soberbia, materialismo, mal genio, frialdad y desinterés por todo.

Entonces, si somos ajenos a este caso puntual, ¿cuál es la imagen que debemos forjarnos? Tenemos que apelar a las percepciones. Ya que se trata de un personaje mediático resultaría fácil encontrar material que siga sus pasos, pero ¿cómo se relaciona esto con su soledad?

La soledad del líder

Existe una creencia bastante extendida que afirma que las personas con proyección exitosa se sienten solas en su función y padecen lo que expertos han bautizado como «la soledad del mando». Este mito generado en torno a líderes hace pensar que sucede porque es consustancial con su posición de liderazgo = éxito, y la comunidad que los vislumbra (conocidos, amistades lejanas) concluye que estas personas cuentan con una agenda de actividades que consumen su tiempo, están rodeadas de personas similares a ellos y, en definitiva, jamás podrán hacerse de tiempo para responder a su atención.

El líder queda en una posición de ejecutor en la que no cuenta con otra compañía que la de sus colegas o compañeros, según el entorno que lo rodee.

Esto me recuerda que hace un tiempo una alumna, acostumbrada a vomitar sus lamentos por doquier, me dijo que ella jamás me saludaba con la típica pregunta «¿Cómo estás?» porque la percepción que ella tenía sobre mí era que yo era un hombre lo suficientemente capaz como para no tener problemas. Quedé impactado por el poder de las percepciones. Claramente tengo problemas, como todos, pero he aprendido a no proyectarlos en escenarios inadecuados. Para mi alumna, yo era un líder intocable.

La soledad es parte del proceso

Yo soy un hombre realmente afortunado porque cuento con un pequeño entorno de personas correctas y necesarias que me llenan con abundante amor, respeto, solidaridad y una valiosa amistad. Pero, al igual que el caso del principio, no dejo de preguntarme: ¿por qué solo son unas pocas personas las que me rodean y no muchas? y ¿cuál es la percepción que tienen los demás acerca de mí?

Me he acercado a muchos para escuchar sus opiniones y coinciden con el argumento de esta nota: me perciben como una persona con un «carácter difícil» y que entre todas mis actividades jamás podría dedicarles tiempo para atender sus asuntos. Insisto: hace falta conocer y descifrar la personalidad y la rutina, y de seguro encontraremos que los verdaderos líderes trabajamos para llevar adelante nuestras metas y generar oportunidades que, en definitiva, benefician a muchos en el camino. Y si la soledad es parte de ese proceso, demos un poco de espacio, pues las águilas no vuelan en parvadas.