Consejo

Te daré el mismo consejo que me dio mi madre hace seis años.

No salgas con él, sólo te va a destrozar.

Lo vas a conocer en una fiesta a la que ni siquiera querías ir y la primera vez que lo veas pensarás que nunca habías visto a alguien tan alto bailar tan bien. De lo primero que te darás cuenta -después de su descomunal estatura y su curioso talento para bailar la música electrónica que a ti tanto te choca-, será su piel morena, linda como la noche, monótona y del mismo color de la cajeta. Verás una playera verde chillante, unas bermudas cafés, un cinturón naranja, unas botas Coleman para acampar y esta elección de moda te hará creer que nunca le darás la más mínima importancia a su existencia. Unas horas más tarde, cuando tú y tu mejor amiga hayan terminado una gigante botella de vino, él se acercará a platicar contigo, o quizás tú te acercarás a él. Nunca estarás muy segura de este detalle. Será la primera vez que lo verás bien de frente y no escucharás muy bien lo que te dice, en parte por el volumen de la música, en otra por el efecto del vino barato del Superama, un poco porque verás por primera vez sus grandes ojos negros, pero sobre todo porque será entonces cuando verás sus prominentes bíceps. Claro, eso te llamará la atención; recordemos que ya llevas una botella de vino encima. Habrá algo peculiar en su cara, no exactamente atractivo, más bien feo. La cara ancha, las cejas pobladas y amorfas, la nariz demasiado larga, el labio superior más grande que el inferior y una expansión en la oreja. Pero en contra de toda lógica y razón, terminarás dándole tu número de teléfono. Ay, pero cómo eres zopenca. Ese será el momento exacto en el que tirarás todo por la borda.

El tiempo hará de las suyas. Te enterarás de que es dibujante y ama la salsa de soya. Que salió de casa a los dieciocho para probar su suerte y para huir de un hogar roto. Que tiene una cicatriz de diez centímetros en el brazo derecho y que nunca te querrá decir cómo se la hizo. Que usa brazaletes de cuero para disimular sus delgadas muñecas. Que prefiere ver las películas dobladas porque sólo habla español –y eso a duras penas- y le da mucha flojera estar leyendo los subtítulos. Que ama el helado de limón porque es verde o ama el verde porque le recuerda al helado de limón. Que camina mucho más rápido que tú y por eso debes trotar cuando vas a su lado. Que tiene una risa aguda y pueril de la que poco a poco te irás encariñando. Que cree en el karma y en los chacras y en todas las cosas que se te hacen tonterías. Que le gusta el hígado encebollado y que no puede entrar a una estación de metro sin buscar congeladas de rompope. Además, lo que quizás es peor, que ya ni siquiera tienes que abrir los ojos para saber que él está ahí.

De repente, sin saber cómo pasó, sabrás que estás locamente enamorada de él. Que él está locamente enamorado de ti. Harán planes para el futuro, pensarán en un departamento en el centro, quizá un día casarse, adoptar un niño, comprar un perro, envejecer, vivir juntos toda la vida.

Lo disfrutarás increíblemente, Sentirás fuegos artificiales cada vez que lo veas a lo lejos, Querrás estar ahí siempre, en sus brazos, sintiendo cómo el resto del mundo se disipa para que sólo queden ustedes dos. Pero poco a poco todo se les caerá a pedazos. Tal vez porque los dos son demasiado jóvenes, tal vez porque no tendrás ni idea que tenías el infinito en sus manos. Ignorando que entre todos los milagros que puedan existir, el más espectacular de todos era que hayan coincidido entre millones de personas, millones de instantes, en medio de un mundo carente de milagros.

Empezarán a discutir más y más. Las razones de sus descontentos cada vez serán más tontas. ¿Por qué nunca me escuchas? ¿Dónde pusiste mi suéter? ¿Crees que soy tu criada? ¡Tú nunca me escuchas! Una noche seca de diciembre pelearan por última vez. No querrás ni pensar cómo será tu vida sin él. Fueron tantos años juntos.

No obstante, seguirás adelante, porque la vida así es. La vida sigue. Poco a poco irás olvidándolo. O sólo recordarás lo peor. Necesitarás pensar lo peor de él porque pensar lo mejor sólo te quema por dentro. Conocerás a alguien más. Conocerás a alguien que te trate mejor. Conocerás a alguien que te guste más. Conocerás a alguien que te haga sentir como si hayas finalmente llegado a casa. Conocerás a alguien más y pensarás en tu pasado. Que cómo pudiste estar tanto tiempo con él. Que todo fue un desperdicio.

Pero un día te sorprenderás a ti misma al descubrir una excesiva cantidad de música electrónica en tu computadora. Pedirás helado de limón sin pensarlo. Realizarás una buena acción porque todo en la vida siempre se nos regresa. Verás unas botas para acampar en una zapatería y sentirás un golpe de nostalgia sin siquiera saber por qué.

No podemos quemar todos los puentes que cruzamos. El camino que trazamos para llegar a ser quienes somos se vuelve parte de nosotros. Amar a alguien te transforma, o mejor dicho, te destruye y permite que crezcas y que cambies. Te daré el mismo consejo que me di a mí misma hace seis años: ¿qué es lo peor que puede pasar?