UN FUTURO CERCANO: EL CÍRCULO DE DAVID EGGERS

No trato de describir el futuro.

Trato de prevenirlo.

Ray Bradbury

Enmarcada en un escenario de futuro que se perfila familiar, David Eggers describe en El Círculo (Random House, 2015) un universo casi cotidiano, en el que compartir todo rastro de la existencia en redes sociales diluye la privacidad y la corporación (una mezcla entre Google, Facebook, Twitter, Instagram, YouTube y demás) se convierte en una especie de dios todopoderoso cuyo máximo valor radica en gestionar la vida de los otros.

El Círculo es una compañía que se ha adueñado de la comunicación a través de su sistema operativo; los usuarios son capaces de administrar sus búsquedas, compras, círculos sociales… Es intuitivo, ofrece atención personalizada y contiene tanta información proveniente de los internautas que el Círculo se convierte en el no-espacio donde todas las empresas buscan tener presencia para aterrizar sus campañas de publicidad dirigida. Tres sabios construyeron la arquitectura web y para ellos, la ‘transparencia’ es capaz de modelar un mundo mejor: ¿actuarías de la misma forma si supieras que te están mirando continuamente millones de seguidores?

La transformación del personaje protagónico nos permite a los lectores ser testigos del razonamiento que utiliza el Círculo para apropiarse de las experiencias de sus usuarios coronándose como un monopolio de la comunicación al que los cibernautas acceden voluntariamente. Pertenecer al Círculo es la aspiración de todos los jóvenes, por tanto, cuando la joven Mae empieza a trabajar para ellos, gracias a la intervención de Annie, su mejor amiga, entrevé su existencia trastocada sin retorno pero no dimensiona su nivel de convencimiento y participación en la configuración de la llamada ‘transparencia’. Byung Chul-Han argumenta en Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (Herder, 2014) que quien relaciona el concepto de transparencia solamente con el ataque a la corrupción y el libre tránsito de información desconoce su magnitud, pues la transparencia acelera el ritmo del sistema fomentando una sociedad sincronizada y eliminando lo otro, lo ajeno, lo diferente. Señala Han: “Hoy se oye a menudo que es la transparencia la que pone las bases de la confianza. En esta afirmación se esconde una contradicción. La confianza solo es posible en un estado entre conocimiento y no conocimiento. Confianza significa, aun sin saber, construir una relación positiva con el otro. La confianza hace que la acción sea posible a pesar de no saber. Si lo sé todo, sobra la confianza. La transparencia es un estado en el que el no saber ha sido eliminado. Donde rige la transparencia, no hay lugar para la confianza. En lugar de decir que la transparencia funda la confianza, habría que decir que la transparencia suprime la confianza. Solo se pide transparencia insistentemente en una sociedad en la que la confianza ya no existe como valor”.

Habitamos en una quimera de libertad, refracción del capitalismo exacerbado. Dominar a los individuos no consiste en la imposición, de acuerdo con el filósofo coreano, sino en la seducción, conquistar su psique como fuerza para el sometimiento de un sistema que no reprime ni prohíbe, persuade: “El poder inteligente se ajusta a la psique en lugar de disciplinarla y someterla a coacciones y prohibiciones.” Nada más peligroso que creerse libre y entregar voluntariamente toda tu información a la red, crear un perfil en todas las cuentas y alimentar los metadatos que van precisando los algoritmos, este gran “Big Brother digital” que intenta pronosticar todo comportamiento humano. ¿Qué hace Eggers con los personajes del Círculo sino orillarlos, por medio del razonamiento lógico, a compartir absolutamente todo? No solo para que los demás se enteren de sus acciones, sino para favorecer la empatía: ¿qué pasa si otros individuos de un lugar recóndito pueden beneficiarse de sus experiencias, vivir a través de sus redes?

La unidad mínima del Círculo está destinada a atender personalmente a los usuarios y a recabar información por medio de encuestas que retroalimentan esta maquinaria que incita a publicar todo acontecimiento, toda experiencia, y donde el puesto de popularidad que ocupa cada circulista es parte de su curriculum vitae. La protagonista se resiste en un inicio de una manera casi inconsciente: no se plantea que asistir a las fiestas temáticas y subir fotos, o que hacer un video de sus paseos solitarios en kayak sea relevante. Tampoco se revela ni se conflictúa ante la advertencia de su jefe inmediato que considera que los contenidos producidos por cada persona son fuente de información para los otros: “(…) creo en la perfectibilidad del ser humano. Creo que podemos ser mejores. Creo que podemos ser perfectos, o casi. Y cuando nos convirtamos en las mejores personas que podemos ser, las posibilidades que se abrirán serán infinitas. Podremos solucionar cualquier problema. Podremos curar cualquier enfermedad, terminar con el hambre, todo, porque ya no nos lastrarán nuestras debilidades, nuestros secretos mezquinos, ni el quedarnos la información y conocimiento para nosotros solos. Por fin haremos realidad nuestro potencial.” (268) Más bien se cautiva de forma inminente con la ideología de esta corporación, centro global de la existencia incluso más allá del medio virtual.

Curiosamente, la intimidad es poco objetada por el personaje, la idea que tiene resonancia para ella, y cuyo argumento encuentra más razonable es la exposición absoluta de los individuos a otros espectadores como un modelo de sociedad diáfano. Mantras como: “Los secretos son mentiras”, “Compartir es querer”, o “La privacidad es un robo” son guías que sustentan las acciones de Mae y a partir de cierto momento ella decide vivir atada a una cámara para que sus miles de seguidores sean testigos de todos sus pasos. La lectura provoca entonces cierta angustia de saberse vigilado permanentemente ante la normalidad de la protagonista, quizá porque se torna un retrato de nuestra existencia inmersa en las pantallas, los dispositivos, la conectividad y la interacción en redes: el número de likes, retuits, o corazones son directamente proporcionales a nuestra valoración externa e interna. Sustituir la vivencia por tomar la foto perfecta, aplicarle los filtros adecuados y someterla al juicio de los internautas es un modus vivendi del que dejamos de asombrarnos: pareciera que si no compartes algo no existe.

La narrativa tiene como vehículo conductor el cierre del Círculo, cierre que persiguen los Tres Sabios y que solo quedará completado con la transparencia absoluta que implica que esta empresa privada pueda fungir como mediador entre el Estado y los ciudadanos: si el Círculo controla también los votos, se evitaría la corrupción, votos transparentes que ejercerían los usuarios con la facilidad con que deciden cuántas estrellas merece el entretenimiento: “(…) Bueno, todo el mundo tiene que pagar impuestos, ¿verdad? ¿Cuánta gente lo hace por internet actualmente? El año pasado un ochenta por ciento. ¿Y si todos dejáramos de duplicar servicios e hiciéramos que todo fuera parte de un mismo sistema unificado? Se usaría la cuenta del Círculo para pagar impuestos, para registrarse para votar, para pagar las multas de tráfico y para todo. O sea, le ahorraríamos a cada usuario cientos de horas y de molestias, y, de forma colectiva, el país se ahorraría miles de millones de dólares.” (354) ¿Acaso la web que más nos seduce en la actualidad no es la de la información inmediata, el ahorro de tiempo, la facilidad de tener todo al alcance de un clic en tiempo real?

El Círculo propone una distopía con un tono ligero que invita a la reflexión y al debate sobre un porvenir no tan remoto que pone al descubierto la opacidad de la red, la ambición humana, el poder de la comunicación y la utopía democrática encarnada en el ciberespacio. Poseer toda la información a un clic de distancia ha reconfigurado todas las áreas del ser humano, la bilateralidad de la red ha otorgado una voz a cualquiera que quiera usarla, la estética que circula en el Internet, plagada de imagen y elementos audiovisuales son un poder seductor que ha marcado un antes y un después en la humanidad, un proceso abierto del que toca maravillarse pero también analizar y colocar sobre la mesa temas que se abren a debate: lo público y lo privado; la publicidad hiperpersonalizada; la voluntad. Y nuestra libertad que se disputa entre la expresión ilimitada y las empresas que ven en cada usuario un consumidor en potencia al cual acceder por medio de su propia información, sus ideas, sus vivencias, sus opiniones, sus deseos y sus emociones.

En esta historia, Dios ha dejado de ser un ente supremo que observa todo desde el exterior para fragmentarse en el interior d cada uno de los internautas.

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