LA DECISIÓN

Sentada en una silla en medio del soleado patio terminó de hacerse la trenza, después con una destreza que demostraba años de práctica, la enroscó hasta que hizo un moño y se puso tres horquillas para sujetarlo. Sacó un pequeño espejo del bolsillo de la bata para comprobar que cada pelo estaba en su sitio. Se miró complacida, no era joven, pero sus ojos negros todavía conservaban la picardía y la chispa de siempre. Le quedaba algo de coquetería, poco, porque a su edad ya no estaba bien visto y ella siempre había sabido guardar las formas. Ese había sido siempre su problema.

Se levantó despacio, guardó la silla en el cobertizo y fue a su habitación, se vistió como si fuera domingo y salió de casa con paso decidido. Nunca en sus 72 años de vida había estado tan segura de algo, llegó hasta la casa del cura, llamó a la puerta y cuando él abrió, le dijo con voz suave y un poco temblorosa:

-Vivamos juntos, ya soy mayor para pensar en el que dirán.

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