El voluntariado como práctica educativa

Una pregunta que acompaña cada actividad formativa de TECHO es el por qué estamos ahí, qué es lo que fundamenta nuestro accionar. He estado en varias rondas de reflexión y escuchado muchas razones por las cuales los voluntarios se deciden a participar de las actividades que la organización les propone. Van desde el convencimiento absoluto de que la acción genera un cambio en la comunidad hasta la consecución de un desafío personal.

La pregunta que más disfruto hacer coordinando equipos, es ¿Qué es lo que querés llevarte de esta experiencia?. La respuesta a esa pregunta es de suma relevancia, ya que entiendo al voluntariado como una práctica donde lo que te mueve es trabajar pensando en un otro, pero además se convierte en una experiencia enriquecedora para quien decide comprometerse.La conciencia de que hay algo en vos que estás desarrollando o aprendiendo, fortalece a las personas.

El voluntariado le propone a quien participa, hacerse consciente tanto de sus fortalezas como debilidades. Anima al criticismo: a interpretar intenciones, entender los contextos, discernir motivos y presentar conclusiones de las formas más adecuadas.En primer lugar porque ese proyecto al que se suma tiene un sentido personal, lo que genera compromiso. Dicho involucramiento contagia en terreno un espíritu de proactividad que aumenta la confianza de equipo.

Muchas veces sucede que no se sabe cómo hacer, el voluntario es seguramente un inexperto del problema al que se enfrenta y lucha con la novedad de forma continua. Pero no de cualquier manera, la evaluación de la planificación lo desafiará a pensar en el proceso que está llevando a cabo. Las etapas se suceden en ir a terreno, identificar necesidades, planificar y accionar siendo siempre conscientes de lo que se está haciendo al punto de que la evaluación y reflexión sobre la práctica se vuelven hábitos.

Así entenderá qué hizo bien, qué mal y cuál fue su impacto. Esto le permite al voluntario sacar provecho de sus cualidades, atenuar puntos débiles y negociando respaldar soluciones pactadas.

Recuerdo las evaluaciones de los proyectos educativos, hablábamos de la necesidad de describir nuestro proceso, de entender lo que habíamos ido construyendo, qué había quedado en nosotros y qué habíamos dejado más allá de la eficacia del mismo. Con el objetivo en cartelera no solo pensábamos si lo habíamos cumplido o no, sino cómo y cuáles habían sido nuestras estrategias.No se trata de marginar los errores sino de respetarlos e incorporar ese aprendizaje en un segundo round.

Pero para todo esto es necesaria una condición previa, la habilidad de reconocer en uno mismo las emociones de los demás… la compasión: la madre de la empatía. Se trata de tener el convencimiento de que se debe tratar al otro como nos gustaría que ellos lo hiciesen. En el voluntariado ese valor humano se transforma en una conducta básica e indiscutible pues al final todos somos sujetos de derechos.

Siendo la pobreza un monstruo de muchas armas, complejo, cambiante y difícil de afrontar, la diversidad de seres para pensar sobre sus multifactores es casi una condición necesaria. La heterogeneidad de ideas que surgen en un equipo de voluntarios y el poco miedo a equivocarse potencian la curiosidad y el asombro, hacen a la persona abrirse a nuevas ideas haciendo del ¨querer saber¨ una competencia usual.

Este contexto lleva generalmente al caos necesario, la discusión argumentada, el conflicto cognitivo y la confrontación de prejuicios son una práctica habitual de quien se expone a pensar sobre los problemas que su sociedad enfrenta.

¿Y qué pasa si no sabemos cómo hacer? Lo buscamos, preguntamos a quien lo haya hecho antes o simplemente pensamos juntos. Mediante el trabajo en equipo los voluntarios resuelven problemas y alcanzan objetivos comunes de forma colaborativa. Es así que la complejidad y las preguntas difíciles se tornan parte del paisaje.

Es por esto que defino al voluntariado como una práctica educativa, se trata de una entrega que tiene mil beneficios. Son muchas las competencias que surgen del pensar con otros, disentir y accionar.

Personalmente identifico las ¨7C¨ que he visto desarrollar en los voluntarios: compromiso, criticismo, colaboración, creatividad, comunicación, curiosidad y civismo.

Estas 7 competencias son aprehendidas lo que hace del voluntariado una experiencia transformadora, una escuela de ciudadanos activos que creen y hacen que la realidad sea distinta.

Foto: Paysandú,2011. Asentamiento Vista Hermosa

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