Infancia en pueblo chico

Jugábamos todas las tardes sin falta. Como el patio era de tierra y las calles no estaban asfaltadas, en la noche, cuando te quitabas los calcetines descubrías que ya no eran de color blanco, sino que café, ahí la mamá se enojaba y a la cama. Unas picadas de zancudos, un par de moretones, pero nada impedía que al día siguiente saliéramos de nuevo.

El pueblo era pequeño, en ese entonces debe haber tenido menos de nueve mil habitantes. No había semáforos, tampoco supermercado. Sólo había una farmacia, un par de panaderías, un almacén en cada barrio y el tren, que a pesar de que estaba a un par de kilómetros, era lo más moderno.

Todas las familias se conocían. Me acuerdo de la familia de los Pata ‘e vaca, de los Zorros, los Vaquillas, los Garzas y así, cada clan tenía un apodo y por ende, sus descendientes de manera automática se transforman en el Pata ‘e vaquita, en el Zorrito chico, el Vaquilla junior o el Garcita. A mi familia le decían los Burros, no sé muy bien porqué, pero parece que era porque mi abuelo era orejón. Yo tenía las orejas medias chicas, normal, creo, como todo niño de 9 años.

A veces de tanto andar jugando nos daba hambre, entonces trepábamos el árbol de algún vecino para recoger un puñado de cerezas, nísperos, unos duraznos, un gajo de uvas, una manzana o unos albaricoques. Si estaban verdes, no importaba, siempre había alguien que entraba a su casa y sacaba un poquito de sal. Después de comer, era infaltable la guerra de cuescos que un francotirador anónimo iniciaba en la nuca de alguna víctima.

Las aventuras duraban hasta que llamaban a gritos a alguno a tomar once, o venía la hermana mayor a buscarte, sólo ahí todos recordábamos que teníamos casa y partíamos a comer. Terminada la diversión, era hora de hacer las tareas, alguna manualidad, un rato de lectura, preparar la disertación, o estudiar las tablas de multiplicar. Cuando era verano, jugábamos hasta más tarde eso si.

Nos entreteníamos con poco, soñábamos con cosas que no pensábamos que existirían, imaginábamos que éramos héroes, que teníamos una presidenta, que caminábamos por los techos, que volábamos, que teníamos clubes como en la Pequeña Lulú, o que salíamos en la tele y cantábamos en Rojo Fama Contrafama.

En vacaciones íbamos unos días a la playa con mi familia, me daba pena porque me perdía de varias aventuras con los chiquillos y chiquillas. Volvía más moreno y me molestaban como una semana porque decían que me había ido a Cancún, pero en realidad íbamos a Dichato no más, que no es la gran cosa, aunque igual se pasaba bien. Pero un día en que nos preparábamos para viajar, mientras estábamos subiendo los bolsos a la camioneta, llegaron los carabineros, los bomberos y se estacionaron en la casa de al lado, donde los Peña.

Nadie entendía nada, pero la mamá dijo: –Murió alguien– y corrió a ver a la vecina. Nuestro viaje quedó en pausa y nos entramos. Yo quería saber qué pasaba, pero los grandes no más salían de la casa. Finalmente, el papá nos dijo que no íbamos a ir a la playa porque había pasado algo que todavía no termino de entender muy bien. –Se murió el Chechito– dijo. Yo no lo podía creer. El Checho era el hijo mayor de los vecinos, había quedado recién en la universidad e iba a estudiar Medicina. Le pregunté al papá que de qué había sido, porque la gente joven no se muere así como así, y me contó que lo había pasado a llevar el tren porque andaba curado con los amigos de madrugada. Ese verano no fuimos a Dichato y tampoco salimos a jugar, nadie salió. Fue la única excepción.

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