La Maldad no necesita razón alguna.

Hábitat y comportamiento fraguaron nuestro ADN y, durante la evolución, han galopado juntas por el mismo bucle, están hechas una trenza; el pensamiento colectivo sería comparable con el vellón de nuestro código genético. Si logramos afinidad con las personas, si mantenemos ese complicado proceso de la empatía, suprimimos parte de la influencia de lo que percibimos alrededor.

A cambio de los rasgos de expresión facial y los sonidos que emite otra persona, damos señales emocionales, discretas o evidentes, que son un “llamado” en la función que cumplimos en la percepción del Otro; también recibimos su testimonio, los de su entorno, memoria del hábitat presente en cada uno de nuestros signos que la parte prefrontal del cerebro y el fuelle interior de los lóbulos temporales (amígdala) captan.

Las experiencias tempranas esculpen el modelo de nuestro comportamiento, modifica la conducta de la edad y el desarrollo físico. No tenemos más escultor que nuestra biología “encapsulada” en una realidad bastante pobre, que hace relieves, hendiduras en nuestro temperamento. La naturaleza es perezosa, o es el amor, la indiferencia o la guerra; se acaricia y se muerde, se sacrifica uno por el otro, lo deja morir o lo asesina. Se construye destrucción, se tienen expresiones avanzadas como el Arte y la Ciencia; pero lo más importante: Se hacen civilizaciones. El ser humano quiere tener más, llegar más lejos; pareciera que aún no podemos jactarnos de nada, pero tenemos el dominio planetario. Animales Humanos y no humanos, cumplen sus funciones en una sola conducta biológica común: Proveerse de todas las ventajas posibles a su alcance para sobrevivir y reproducirse. Y como todo tipo de conducta animal, estamos “esclavizados” a un estímulo integrado de nuevos aprendizajes e influencias que podrían volver modificar nuestra conducta.

La violencia se aloja en la única estructura que tenemos. Se conduce mediante variaciones en el organismo; se expresa con los cambios en su entorno. Mientras que no haya cambios biofísicos, económicos, sociales, ecológicos u orgánicos, la estructura genética de la violencia permanecerá dormida y vigilada por nuestros genes mediadores. Sin embargo, presentamos el estrés — la energía no liberada — debido a cambios a nivel orgánico. El gen de la violencia despierta furioso, reduce a los genes mediadores y recluta neurotransmisores que servirán como ejército para asediar las tres grandes fortalezas reguladoras de nuestro cerebro: La Corteza Prefrontal Orbital, La Amígdala y La Corteza del Cíngulo Anterior (con todas sus regiones interrelacionadas). Cuando la “invasión” está completa, sólo pueden expresarse Actos Violentos, hasta que el cerebro pudiese hacerlo dormir de nuevo.

Un individuo o animal con una actitud violenta presentan una regulación defectuosa de las emociones negativas, por ello viven en el trance de la destrucción.

Ira, desorden, explosión y fuerza, taquicardia, sudoración excesiva, temblor en el cuerpo, miedo, amenaza, homicidio, violación, llanto. La emoción es la réplica corporal a una eventualidad del entorno o de nuestro organismo. Nuestro estado mental es una regulación cognitiva del cerebro ante los miles de estímulos que pueden afectarnos, para bien o para mal, y hasta retroalimentarse sin un final aparente.

La predisposición a la violencia impulsiva y la agresión es genética y existe en todos los seres humanos como resultado del proceso evolutivo. Si no existe predisposición genética, la alteración no ocurrirá.

Fuera de la especie Homo, el animal agresivo tendrá mayores favores de una hembra que ayude a perpetuar su pila genética, tendrá un mejor sitio para descansar, será el primero en comer, etc.

Los animales Humanos somos más complejos, el comportamiento violento solo es expresado por algunas personas sensibles o con “defectos de fábrica” respecto a los cambios en los brotes emocionales. A estas personas son considerados como individuos “anormales” o psicópatas por los demás seres humanos.

Hay que recordar que hay quienes viven predispuestos a ejercer la destrucción, pero todos, hasta el más apacible, no está libre de reaccionar de forma agresiva ante la presión medioambiental o en el organismo. Justificamos nuestros actos agresivos o nuestra historia de guerras sangrientas y revoluciones como “actos necesarios”.

No existe ninguna diferencia cerebral entre el que asesina al amante de su esposa, contra aquel que da la orden de matar poblaciones enteras de hambre o con bombardeos constantes. No hay diferencia entre un mercenario corrupto y un homicida múltiple caminando en la calle. Ambos sobreviven con una estructura alterada y precaria para regular sus emociones. No merece ser catalogado como una enfermedad, si no como una forma de ser en el mundo. Algunos han sido alterado a nivel genético mediante conductas aprendidas, que bien puede ser un adiestramiento basado en la expresión de la muerte y la guerra. Afectados por una estructura genética que se activa por factores ambientales en contra.

Rodolfo Navarrete.