¿Tiene sentido el llamado de Slim a una sacudida de inversiones?

Rodrigo Villar
Dec 4, 2019 · 7 min read
Cortesía de Saga

El pasado 18 de noviembre, al recibir el Premio Nacional de Ingeniería de manos del Presidente Andrés Manuel López Obrador, Carlos Slim, sin duda el mayor inversionista de México, dijo que nuestro país necesita una sacudida para tener el crecimiento económico que merece y, además, que lograrlo es posible, aquí y ahora, con un aumento sustancial de la inversión, en particular en infraestructura. Según lo que la prensa reportó de sus palabras, lo que hace falta es, básicamente, voluntad en el gobierno y el sector privado de ir juntos, en sinergia, por ese objetivo, pues las condiciones son propicias para invertir. ¿Será?

Inevitable preguntarse si en ese tipo de llamados no hay mucho más que relaciones públicas, sobre todo cuando, más allá de los dichos, en el mundo de los datos duros, de acuerdo con los últimos disponibles, la inversión fija bruta en México cayó cerca de 5% a tasa anual en los primeros ocho meses del año.

Más aún cuando, visto en retrospectiva, “a toro pasado” pero inevitable no ver la coincidencia, la inversión comenzó a dar señales claras de desaceleración, y luego de contracción, justo después del inicio de una serie de hechos que han marcado a la etapa política que México inició el 1º de julio y sus efectos sobre la economía: destacadamente, a un año de la decisión de cancelar las obras del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, que analistas de Citibanamex llamaron el “error de octubre”, en memoria del que, en una versión de la historia, habría desatado y amplificado la crisis de 1994 y su “efecto tequila”.

Bueno, una semana después, el 26 de noviembre, como se anticipaba, la conferencia de prensa “mañanera” de AMLO se dedicó, con bombo y platillo y una nutrida representación del sector privado, incluyendo a Slim, a la presentación de un Acuerdo Nacional de Inversión en Infraestructura, en el que empresarios y gobierno invertirán 859 mil millones de pesos en obras durante los próximos cinco años.

Hay que analizar a detalle el acuerdo para reflexionar con mayor profundidad sobre su real significación y potencial. Por lo pronto, si se le quiere ver como una especie de punta de lanza, no sólo para sacar al país del estancamiento de este año y cambiar las perspectivas no mucho mejores para el siguiente, sino para superar el crecimiento inercial de alrededor de 2% promedio anual que acarreamos por décadas, valdría la pena hacer memoria de los planes de infraestructura anteriores. La administración de Peña Nieto anunció inversiones por 7.7 billones de pesos, cifra de 12 ceros, 70 veces la que ahora se compromete; el gobierno de Calderón Hinojosa, 951 mil millones de pesos. Ambos, con sinergias público-privadas, muchos aplausos, elogios y discursos solemnes.

De botepronto, uno diría que un plan como el que acaba de lanzarse puede ayudar, pero haría falta mucho más para que se dé esa sacudida inversora a la que se convoca.

De acuerdo con la definición del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, la inversión física se integra por los bienes utilizados en el proceso productivo durante más de un año y que están sujetos a derechos de propiedad, por lo que da cuenta de la generación de nuevo valor agregado en la economía, con recursos que se sustraen del consumo. Es el principio de invertir: sacrificar hoy para hacer y tener más mañana. Bueno, ese círculo virtuoso que apalanca el crecimiento no está ocurriendo en México.

Para comparar, en el mismo periodo, de enero a agosto del 2018, la inversión creció 1.7 por ciento. No mucho, pero nada como la caída que traemos ahora, la cual explica en gran medida que seguramente terminaremos este año con 0% de crecimiento o tal vez menos, mientras para el 2019 los pronósticos están entre 1 y 1.3 por ciento cuando mucho, y con tendencia a la baja.

A pesar de todo, creo que, en esencia, Slim está en lo correcto. De alguna forma, y paradójicamente, la evolución reciente de la inversión física que mide el INEGI da sustento a su visión o apuesta, si la ubicamos en su contexto.

La mala y la buena noticia

Primero la mala: estamos mal y las cosas no pintan a una mejoría; la inversión está frenada porque no hay confianza sobre el rumbo por el que se pretende llevar la economía nacional. Demasiados y constantes cambios abruptos o amenazas de ajustes disruptivos que “mueven el tapete” a la ecuación de costo-beneficio-riesgo que hace todo inversionista, ya sea consciente o inconscientemente.

Indudablemente ha afectado el desplome de la inversión pública de casi 15% anual en el periodo referido, con un brutal subejercicio. Sin embargo, hay que matizar: los subejercicios son característicos de los primeros años de gobierno, por la “curva de aprendizaje”, si bien aquí fue particularmente fuerte. Pero lo más importante es que, con los datos de 2018, lo que invierte el gobierno está en un sótano histórico y no alcanza ni el 3% del PIB, así que el motor está en la privada, que se acerca al 19% del PIB.

Ahí es donde hay que buscar las causas determinantes: claramente un asunto de falta de certidumbre, que a estas alturas sería muy aventurado adjudicar a factores externos, aún con el nuevo TLC con Estados Unidos sin aprobar. Ese país hasta ahora sigue creciendo fuerte, y nunca lo había hecho por tanto tiempo desde el Siglo XIX. Por primera vez desde los años 90, México se ha desacoplado del ciclo económico de nuestros vecinos.

Cortesía del Heraldo

La inestabilidad, no saber qué viene, qué sacarán del sombrero el gobierno, los diputados o los senadores en tal o cual sector y cómo se alterarán las condiciones de negocio, empuja a la prudencia, a la postergación de proyectos o a buscar oportunidades más seguras en otra parte. Y si unos paran lo que hacían o iban a emprender, dejan de hacer pedidos a otros y de contratar trabajadores, con una reacción en cadena.

La buena noticia: es un tema coyuntural –al menos todavía– y en particular, político; no algo estructural. Desde luego, México tiene desafíos, distorsiones y rezagos que frenan, ahuyentan o destruyen la inversión, como la delincuencia, la corrupción y un Estado de derecho deficiente. Sin embargo, tiene ventajas comparativas, vocaciones productivas y oportunidades inmensas. Esas condiciones estructurales — lo malo y lo bueno — no han variado en lo fundamental, ni podrían hacerlo en tampoco tiempo: siguen siendo asignaturas pendientes.

Si el problema es de coyuntura, entonces es factible superarla en un plazo relativamente corto. Reformar el aparato de impartición de justicia es un pendiente elemental, pero implica un proceso que exige tiempo y constancia. Rectificar y sembrar certezas donde germinó la desconfianza puede hacerse con relativa rapidez y, todavía, a un bajo costo económico e incluso político. En principio, sólo se requiere de realismo y pragmatismo, por supuesto, siempre que se quiera que haya más inversión y crecimiento. Yo creo que estamos aún a tiempo.

Lo que le faltó pedir

Slim está en lo correcto. En teoría, México podría ser una estrella en ascenso de la inversión. Entre otras razones, porque el conflicto comercial y geopolítico entre Estados Unidos y China hace de nuestro país, con sus ventajas comparativas para las cadenas de valor internacionales, una excelente alternativa para diversificar operaciones de inversión, productivas y logísticas. Además, como él mismo dijo, en el mundo hay trillones de dólares (billones en nuestra cuenta) en activos estacionados en instrumentos con tasa cero o negativa.

En lo personal, por mis actividades como administrador de fondos de capital privado y la relación con inversionistas de varios países, en especial orientados a la inversión de impacto y a proyectos ESG (compromiso ambiental, social y de gobernanza), puedo dar constancia de que el interés y la oportunidad coexisten. Un dato ilustrativo: según la Comisión Global de Adaptación al Cambio Climático, en una década se requieren inversiones por 1.8 trillones de dólares (cuenta corta) para ese propósito, las cuales podrían generar rendimientos netos por más de 7 trillones. México, por varios factores, tendría que recibir una muy buena parte de esos recursos.

Finalmente, es sabido que Slim ha hecho mucho de su emporio invirtiendo cuando otros se retiraban y vendían. Su recomendación de “empezar al revés”, como China, es sensata: no esperar al crecimiento para invertir, sino invertir ya para que haya mayor crecimiento. La pregunta, entonces, es ¿por qué no está sucediendo eso, sino todo lo contrario?

En el mundo de los empresarios e inversionistas “mortales”, a los que no les toman la llamada y se sientan con presidentes o funcionarios de alto nivel para diseñar acuerdos nacionales de inversión en infraestructura, se necesita algo más que el exhorto del hombre de negocios más exitoso de México para sacudirse y construir fábricas o nuevas líneas de producción, tiendas y sucursales, edificios u hoteles. No es que sean conservadores, adversarios de un proyecto político: es que vean mercado para sus proyectos y perspectivas de rentabilidad, en equilibrio con certezas y riesgos razonables para poner en juego su capital o para endeudarse.

Ojalá el ingeniero y otras figuras y dirigentes empresariales también pidieran públicamente al gobierno una sacudida, en este caso para rectificar en las medidas y actitudes que nos colocaron en esta situación. Así como la confianza se fue, poca o mucha, puede regresar. Estamos a tiempo, todavía al inicio de un sexenio, pero las oportunidades no duran eternamente y la confianza es algo fácil de perder y muy difícil para reconstruir.

En estos días he oído recurrentemente, en un mensaje de radio, un excelente consejo de Confucio: quien ha cometido un error y no lo corrige comete otro error mayor. Tan pertinente para el México de hoy como para la China del siglo V A.C. El político experimentado y práctico sabe cómo emitir un cambio de señales, cuando es necesario, sin menoscabo de su autoridad o capital político.

Ahí hay un ganar-ganar. Que sea un propósito para el 2019. La 4T perfectamente puede avanzar en sus prioridades de poner primero a los pobres o de combate a la corrupción con un florecimiento de la inversión privada. De hecho, se compaginan. Más allá de la retórica, en este país no puede haber una transformación verdadera sin una auténtica sacudida de inversión, que igualmente que no quede en un discurso.

Claro que el llamado tiene sentido, pero hay que darle alas para que vuele.

Rodrigo Villar

Written by

Rodrigo es socio fundador de New Ventures Group en México — Rodrigo is the Founding Partner of the New Ventures Group based in Mexico

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