Real Provisión del 27 de enero de 1749.
Ofrezco estos ejemplos para exponer, simplemente, que estas culturas de la antigüedad son más extrañas de lo que pensamos[…] -Isaiah Berlin
Un hombre cruza a a grandes zancadas la silenciosa plaza del poblado de españoles de Ixmiquilpan. El reloj de sol que se encuentra cerca del atrio de la iglesia marca que son alrededor de las cinco de la tarde. No se oye nada más que el crujido de la paja seca que es machacada por las pesadas botas de aquel hombre, tan solo hace unas horas aquella plaza estaba llena de vida, era lunes de tianguis . El hombre, adusto, se detiene frente a la puerta de la maltrecha casa de una planta que se encuentra frente a la iglesia y que funge como el hogar del alcalde mayor, un tal Don Phelipe, que es conocido por todo el pueblo por ser un pusilánime, más que un ministro del Rey.
Aquél hombre, conocido como Xarrueta, se detiene frente a la pesada puerta de madera de la casa. En ella se encuentra clavado un enorme pliego de papel. En ese folio están plasmadas unas estilizadas letras, las cuales anuncian la caída del déspota, el fin del longevo negocio de Xarrueta y compañía. Las letras capitulares, decoradas con ornamentos similares a las ramas de una enredadera anuncian lo siguiente:
«Real Provisión para que la justicia de la jurisdicción de Ixmiquilpan notifique al arrendatario de alcabalas de ella que en su cobranza guarde lo mandado en el inserto auto acordado y practique lo demás a favor del común de spañoles, e indios de dicha jurisdicción.»
Xarrueta, furioso arranca el pliego, lo pisa y comienza a patear la puerta mientras grita una serie de improperios. Aquél lejano monarca, el invisible juez supremo demostraba su autoridad, el orden de aquel rincón olvidado del imperio se había restablecido.
Se abre la puerta, de la casa salen cuatro hombres, uno de ellos sale portando una capa negra y un sombrero tricornio o afrancesado, un bastón con una empuñadura de plata en la mano izquierda, con la otra sostiene una daga. Los otros tres hombres portan filosos machetes, Xarrueta se lanza sobre el hombre de la capa, los otros tres lo tiran y someten rápidamente, lo golpean. Su boca se llena de tierra, paja y mierda de algún animal. Un papel ha acabado con todo. Cinco años antes, un pliego similar le otorgó el poder que hasta aquella tarde había detentado.
Habían pasado tres años desde que sus rivales lo delataron, los comerciantes habían llevado a algunos españoles miserables y un par de indios andrajosos a atestiguar en su contra en la lejana ciudad de México.
«Los oidores y el contador general le han creído a esos cabrones que con problemas articulan palabra alguna, y no a mí…si tan solo hubieran muerto de hambre el invierno pasado…», piensa Xarrueta mientras es levantado por dos de los hombres del alcalde Phelipe, quien sonríe y ordena que Xarrueta sea llevado al interior de la casa. Con el cabello hecho jirones, la cara sucia y el semblante bajo, el hombre que había sometido a toda una jurisdicción finalmente enfrentaba a la justicia.
Una justicia de jueces, cuasi barroca, cuyos tiempos de ejecución daban licencia a cualquiera para cometer toda suerte de abusos, incluyendo el de matar a todo un pueblo de hambre para después lucrar con su desesperación, por lo menos hasta la aparición del Judex Perfectus, del mismísimo rey de España, representado en aquel rincón del orbe por su Real Audiencia de México. La caída de Xarrueta se convertía en un recordatorio, Su Majestad, el rey era omnipresente, inclusive en el rincón más remoto de la Monarquía Católica.

Este breve relato, el cual interrumpe el orden original de las entregas de este espacio, está basado en un complejo proceso en contra de un hombre que arrendaba la recaudación de las alcabalas (que era un gravamen sobre la circulación mercantil) en Ixmiquilpan (actual Hidalgo). Dicho proceso fue largo y complejo, implicó la participación de varios sujetos pertenecientes a distintos niveles del gobierno virreinal de Nueva España, del ámbito eclesiástico e incluso de los ministros del Rey en la corte de Madrid. El conflicto se originó cuando Pedro Xaurreta, comerciante y arrendador de alcabalas, comenzó a crear su propia red de intereses y un cuerpo administrativo propio, conformado por «cobradores», que son retratados en los testimonios del documento como golpeadores a sueldo, más que como miembros de una administración.
Los excesos y abusos de este hombre sembraron el terror en Ixmiquilpan entre 1742 y 1749, la agresividad de aquel sujeto y sus hombres hicieron que todas las autoridades locales se sometieran a sus designios, a excepción del párroco del pueblo, quien fue el que interpuso la denuncia en su contra y quien llevó el caso hasta las últimas consecuencias, es decir, hasta la intervención real.
El documento es un ejemplo de cómo se desenvolvía el gobierno de Antiguo Régimen, basado en un sistema en el cual el poder político estaba sustentado en la aplicación de la justicia, entendida desde un orden jurisdiccional o «una justicia de jueces» en la cual, ante la existencia de varias fuentes del derecho, incluyendo tanto a las normas escritas y las que no lo estaban (como la costumbre), se apelaba al criterio del juez, quien podía ser desde el alcalde mayor de un pequeño poblado, hasta la última instancia, la del juez supremo, que era el Rey.

Todo lo anterior está siendo desarrollado en el segundo capítulo de la tesis que actualmente estoy desarrollando. Mi intención, estimado lector, era la de intentar reconstruir este orden tan ajeno a nosotros a partir de la narración de un hecho presente en la abundante documentación que estoy consultando y de paso demostrar la riqueza del mundo de Antiguo Régimen, el cual, contrario a lo que imaginamos, era totalmente distinto al nuestro. Estos documentos son una ventana a otro mundo, a una concepción distinta a la nuestra. Son historias de otros mundos cuyo único rastro son precisamente aquellos expedientes llenos de polvo que la mayoría de nosotros ignora que existen.
R.