Dulcinea también trabaja

Rodrigo S. Moscoso
Sep 7, 2018 · 3 min read

Una quiebra inminente del negocio familiar fue lo que llevó a Marcia Castillo a dejar su trabajo como contadora. La fábrica de dulces Aldonza de Curacaví se encontraba a cargo de su hermano, quien fue estafado. Desde entonces, Marcia es la administradora y principal trabajadora de la fábrica. Hoy, con 52 años, se dedica a la elaboración de dulces chilenos y tortas.

Desde niña sentía atracción por el mundo de la repostería. Su madre tenía un negocio informal y casero de tortas a pedido, y la pequeña Marcia ayudaba en la cocina, leyendo las recetas y buscando los ingredientes en la despensa. Creció entre betún y manjar, convencida de que algún día sería igual de buena que su madre a la hora de cocinar un pastel. Sin embargo, al terminar la educación media estudió contabilidad, se mudó a Santiago y trabajó por 10 años, hasta que una tarde del año 2000, recibiría una llamada de urgencia. “Tú que sabes de números, necesito una mano” recuerda que le dijo su hermano.

“La fábrica es más que un negocio, es mi vida” comentó. Volver a sus raíces significó un vuelco en su vida y un reencuentro consigo misma. Luego de 15 años volvía a tomar una batidora, a usar un molde y vaciarlo con una espátula. Aún recordaba las recetas y sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Sin darse cuenta y casi por casualidad, se encontró trabajando en lo que siempre quiso de niña. Empolvados, chilenitos, príncipes, bizcochos y alfajores repletaban las bandejas, todos hechos por ella. El negocio creció, y ella se quedó.

Los ingredientes para hacer dulces chilenos son casi siempre los mismos: Harina de trigo, huevo y azúcar. Cada uno tiene una forma, relleno y cubierta específicas y que los distinguen de los demás. Por ejemplo, un “chilenito” es un alfajor con una cubierta de merengue. Se toman dos tapas y se les rellena con manjar. Si lleva cubierta, se les blinda con una generosa capa de merengue y, en ocasiones, también se les decora con mostacillas. Después son llevados a una cámara de secado, en la cual se hace correr aire tibio para acelerar la producción. Luego del repunte y crecimiento del negocio, se hizo necesario comprar las bases de los dulces a terceros, mientras que en la fábrica se encargan del relleno y de la cubierta.

Actualmente compite con un aproximado de 60 fábricas de dulces en el valle de Curacaví, mientras que las pastelerías suman un total de 11. Marcia ganó una licitación con la municipalidad, con la cual su fábrica quedó a cargo de la pastelería para cualquier evento realizado por el municipio, por un período de tres años. También planea incursionar en otros ámbitos de la pastelería, incluso integrando recetas veganas. Junto con su hija, que tiene un título de ingeniería en alimentos y se encuentra a portas de recibirse de nutricionista, tienen la intención de impulsar todos estos proyectos en conjunto.

A pesar de la dura competencia, la fábrica ha logrado hacerse con una cantidad respetable de clientes y expandir su mercado a la región de Valparaíso. “Me gusta lo que hago. Le tengo mucho cariño al negocio porque es la empresa de mi mamá, y le tengo especial afecto a esta ocupación, ya que me siento parte de las tradiciones del pueblo donde nací y crecí”.

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