No existe la iglesia perfecta — Scott Clark

Romel Quintero
Sep 5, 2018 · 9 min read
Dibujo del templo del ‘Paraíso’ por Jean Perrissin. Archivos municipales de Lyon: GG 86, p. 1.

En un libro reciente, el gurú del crecimiento de iglesias George Barna parece sugerir el final o la irrelevancia de la congregación local. Allí habla en nombre de un número significativo de personas que encuentran insatisfactoria su congregación o que no pueden encontrar una iglesia en absoluto. No es difícil entender tal ambivalencia y frustración. La iglesia está dividida y rota. Está llena de pecadores e hipócritas. R.R. Reno y otros han dicho que estamos viviendo en las “ruinas de la iglesia”. Así es como siempre ha sido y es exactamente como Jesús dijo que sería.

Así que bienvenido a la vida en la iglesia. No es perfecta y, en esta vida, nunca será perfecta; sin embargo, fue instituida por Dios. El ministerio del Evangelio (y los sacramentos) y el ejercicio de la disciplina son las evidencias de que la iglesia es de Cristo.

La iglesia: desde el principio
La historia de los patriarcas (Abraham, Isaac y Jacob), y la historia de Israel, es la historia de la iglesia institucional. Ciertamente, Israel era una iglesia nacional, y nosotros no. Las promesas nacionales y las condiciones que se le exigían han sido cumplidas por nuestro Señor Jesús. Aún así, el patrón es instructivo. Israel se constituyó como la asamblea del pacto (e.g., Dt. 31:30). Tenía oficios (profeta, sacerdote y rey) e incluso registros de membresía (ver Gn. 5, 11; Mateo 1; 1 Ti. 5: 9–16).

Dios siempre ha confiado Su Evangelio, el ministerio y los sacramentos a los pecadores redimidos, y espera que aquellos que llevan Su nombre se unan a una congregación particular. Este fue el patrón apostólico temprano. Los primeros cristianos “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42; RVR60). Tal vida congregacional, organizada alrededor de la Palabra y los sacramentos, sería imposible sin alguna forma de responsabilidad y organización mutua.

La iglesia: instituida por Dios
Sin embargo, en el siglo XIX , algunos académicos influyentes argumentaron que la iglesia original era una asociación informal de creyentes sin estructura, oficios o instituciones y que la noción de una iglesia institucional y estructurada no es bíblica. Esta creencia encaja bien con nuestros instintos estadounidenses, democráticos, igualitarios e individualistas, pero es una seria tergiversación de las Escrituras. En Mateo 16, Jesús preguntó a sus discípulos: “… ¿quién decís que soy yo?” (v.15). Pedro respondió: “ Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (v.16). A esto Jesús respondió, en parte: “edificaré mi iglesia…Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (vv.18–19). Las llaves a las que se refiere nuestro Señor son símbolos de autoridad dados a los oficiales que deben ejercer esa autoridad en una institución particular: la iglesia. Cristo le ha dado a la iglesia autoridad genuina y espiritual para tomar decisiones que, cuando están de acuerdo con las Escrituras, son vinculantes en la tierra y en el cielo. La iglesia no hace a las personas creyentes o incrédulas. Más bien, la autoridad de la iglesia es ministerial: reconoce lo que es verdadero y anuncia esa verdad con la autoridad dada por Dios. Es esta misma iglesia a la que Jesús dio autoridad para predicar el evangelio y administrar los sacramentos (Mateo 28: 18–20).

Jesús no pudo haber sido más claro acerca de su intención. El sustantivo para “iglesia” usado en Mateo 18 fue tomado de la traducción griega de las Escrituras hebreas (e.g., Dt. 4:10; 9:10). Significa “la asamblea del pacto” y denota la congregación divinamente constituida del pueblo de Dios con oficiales, miembros, sacramentos y disciplina.

En este contexto, podemos entender por qué los Apóstoles siguieron el patrón antiguo al instituir gradualmente tres nuevos oficios del pacto que corresponden ampliamente a los oficios del Antiguo Testamento: profetas/ministros (1 Ti. 4: 6, 11–16, 6: 11–12), sacerdotes/diáconos (Hechos 6: 1–7; 1 Ti. 3: 8, 11–13) y ancianos (1 Ti. 3: 1–7; 1 Ti. 5: 17–20).

Es claro que la iglesia del Nuevo Pacto fue dirigida por el Espíritu, pero el Espíritu obra a través de la Palabra (Ro. 10: 14–18) y los sacramentos (1 Co. 10) para llevar a Sus elegidos a la fe y para confirmarles las promesas del Evangelio (Catecismo de Heidelberg, p. 65). El patrón de la iglesia del Nuevo Pacto se estableció muy temprano (Hechos 2:42). La vida de la iglesia primitiva fue dirigida por el Espíritu, pero lo hacía en una asamblea estructurada y disciplinada con oficiales, sacramentos y disciplina.

Los Apóstoles no solo obedecieron las instrucciones de Jesús con respecto a la congregación local, sino que en Hechos 15 vemos incluso un ejemplo de una reunión regional de delegados para tomar decisiones vinculantes (que llamaron un “decreto”) sobre la naturaleza del evangelio y sobre la membresía en la iglesia (Hechos 15): “…se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión” (Hechos 15: 2). Aquí está el primer sínodo o asamblea general. En este sínodo hubo informes de misiones, discursos, discusiones sobre el significado de varios pasajes de las Escrituras, e incluso un acalorado debate teológico (vv. 7–11), y finalmente, un acuerdo.

Las marcas de una verdadera iglesia
Es con estos pasajes en mente que las iglesias reformadas y presbiterianas confiesan su creencia en una iglesia institucional. La Confesión Belga dice en el artículo 27: “Creemos y confesamos una sola iglesia católica o universal; una congregación santa y una asamblea de verdaderos creyentes cristianos, que esperan su salvación en Jesucristo siendo lavados por Su sangre, y santificados y sellados por el Espíritu Santo”. La Confesión de Fe de Westminster también enseña que hay una “iglesia católica o universal” (25.1) y también “una iglesia visible católica” (25.3). Note que la iglesia es a la vez universal y particular. No se puede pertenecer a la iglesia católica sin pertenecer a una congregación particular. Por lo tanto, la Confesión Belga (Art. 28) estuvo de acuerdo con el Padre de la Iglesia primitiva Cipriano (200–258) al decir: “Fuera de la iglesia no hay salvación”.

En el artículo 29, la Confesión Belga reconoció que, en esta vida, cada congregación contendrá “hipócritas que se mezclan entre los buenos en la iglesia y que, sin embargo, no son parte de ella, a pesar de que están corporalmente en ella…”. Aunque la iglesia está mezclada, es posible distinguir la iglesia verdadera de la “iglesia falsa” y de las “sectas” (Art. 29). Los signos para conocer la Iglesia verdadera son estos: la predicación pura del Evangelio; la administración recta de los Sacramentos, tal como fueron instituidos por Cristo; la aplicación de la disciplina cristiana, para castigar los pecados.

La disciplina de la Iglesia: una necesidad
Desde la caída, la iglesia institucional siempre ha contenido creyentes e incrédulos. Nuestro mismo Señor comparó la iglesia con un campo donde hay cizaña y trigo. Según Cristo, el plan para este tiempo es dejar “crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero” (Mt. 13: 24–31; RVR60).

La iglesia está compuesta de trigo y cizaña. Vivimos en el tiempo de la siembra. En términos de la parábola, el tiempo de la cosecha viene con el regreso de Cristo, el juicio y el fin de todas las cosas. Necesitamos ajustar nuestra visión de la iglesia para que coincida con la de Jesús. Esto no significa que nunca pueda haber disciplina. Caín fue excomulgado porque se mostró en abierta rebelión contra el Señor y como un incrédulo (Judas 1:11). Sin embargo, no estamos autorizados a andar por la iglesia buscando “cizañas” o a despreciar a la iglesia porque está mezclada.

En Mateo 18: 15–20, Jesús prescribió el método de disciplina para la iglesia. Si un miembro de la congregación peca contra otro, el ofendido debe hablar con el ofensor. Si el hermano que cometió la falta se resiste, lo encararán dos o tres testigos (Dt. 19:15). Si el ofensor “no los oyere a ellos, dilo a la iglesia” (v.17). Si permanece impenitente, debe ser excluido de la congregación. Este es un acto potente: “…todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (v.18). Esta es también una decisión formal y judicial: “…si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (vv.19–20). Este pasaje no solo nos enseña la necesidad de la disciplina, sino que todo lo que aquí se enseña presupone la existencia de una iglesia institucional (cf. Juan 20: 21–23).

Pedro ejerció la disciplina eclesiástica más severa sobre una pareja que mintió al Espíritu (Hechos 5: 1–11). El apóstol Pablo ordenó a la congregación de Corinto excomulgar un miembro impenitente: “En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús” (1 Co. 5: 4–5; RVR60).

Observe que Pablo escribió a una congregación sobre la disciplina, no solo como una medida punitiva, sino por la propia alma del rebelde.

Además, las confesiones reformadas hablan sobre la disciplina de la iglesia con una sola voz. La Confesión de Fe de Westminster, capítulo 30, exige la disciplina en la iglesia. El Catecismo de Heidelberg, pregunta 83, describe la disciplina de la iglesia como una de las llaves del reino. De acuerdo con la Confesión Belga, artículo 29, la disciplina de la iglesia es una marca de la verdadera iglesia. En otras palabras, aunque la iglesia es inevitablemente pecaminosa, también debe ser disciplinada para ser una iglesia.

Sin embargo, en esta vida incluso el acto de la disciplina es imperfecto, y ninguna iglesia disciplinada será perfecta. La congregación de Corintio es una prueba de esto. Sin embargo, a pesar de todos sus pecados (e.g., inmoralidad, facciones), Pablo continuó llamándolos “iglesia” (1 Co. 1: 2). Las Escrituras y las confesiones reformadas no enseñan que la disciplina debe hacerse a la perfección, solo que debe hacerse.

Conclusión
Algunos líderes religiosos influyentes piensan que la iglesia es irrelevante porque no es moderna o no genera una experiencia religiosa suficientemente intensa. Otros la abandonan porque es pecaminosa, pero sospecho que el problema real que algunos tienen con la iglesia no es solo su pecaminosidad, sino más fundamentalmente, su humanidad. Demasiados cristianos reculan ante la idea de una institución terrenal con miembros de carne y hueso, con sacramentos de pan, vino y agua. Me apresuro a recordar a aquellos tan preocupados que tenemos un Salvador verdaderamente humano (y verdaderamente divino [Romanos 9: 5]) y un verdadero mediador humano: “…Jesucristo hombre” (1 Ti. 2: 5).

La iglesia es humana y, debido a Adán, es pecaminosa, pero cuando, por esa razón, somos tentados a pensar mal de la iglesia de Cristo, recordemos que las Escrituras llaman notablemente a esa asamblea de pecadores “la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28).

Aunque la iglesia es humana, no es una invención humana. Es por eso que Pablo la llama “la iglesia de Dios” (1 Co. 1: 2, 10:32, 11:22). Es una institución divina. La iglesia, ya sea como la asamblea de aquellos que esperan la venida del Mesías, con el ministerio de sombras de la Palabra y los sacramentos (1 Co. 10: 1–4), o como la asamblea que celebra el logro de la salvación y la resurrección del Mesías (Hechos 2), siempre ha existido. Cristo le ha dado las llaves del reino y, a través de los Apóstoles, le concedió el Espíritu Santo y oficiales especiales.

La mala noticia es que la iglesia siempre ha estado llena de pecadores y seguirá siendo así hasta que nuestro Señor regrese. La buena noticia es que nuestro Dios-Hombre Salvador, el segundo Adán (1 Co. 15:45) obedeció la ley en lugar de Su pueblo, murió por ellos, y resucitó para su justificación (Ro. 4:25; 5: 1 -21). Por Su Palabra y Espíritu obra poderosa y misericordiosamente para llevar a Su pueblo a la fe a través de la locura de la predicación del evangelio (1 Co. 1 y 2), para confirmarlos en esa esperanza a través de los sacramentos del Evangelio.

También usa hombres pecaminosos y frágiles que ejerzan disciplina en la iglesia para corregirla, protegerla contra los lobos (Hechos 20:29) y demostrar la justicia de Dios con la esperanza de que aquellos bajo disciplina se aparten de su pecado y renueven su profesión de fe al enmendar sus vidas.

Hay personas que no pueden encontrar una iglesia. Tal vez no están buscando o tal vez están buscando las cosas equivocadas. Deben buscar una congregación que tenga las marcas de la iglesia, pero no la perfección, porque no la encontrarán, al menos no en esta vida.

Autor: Scott Clark. El Dr. Clark ha enseñado en Westminster Seminary California desde 1997, y durante el mismo tiempo ha servido como rector académico (1997–2000); también ha enseñado en Wheaton College, Reformed Theological Seminary, Jackson, y Concordia University, Irvine. Ha sido ministro en la Iglesia Reformada de los Estados Unidos y es actualmente ministro en las Iglesias Reformas Unidas de Norteamérica. Ha servido en congregaciones en Missouri y California. Este artículo fue tomado de The Heidelblog.

Traducción: Romel Quintero.

Contacto: romelxq@gmail.com

    Romel Quintero

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    Estudiante de teología.

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