Duchamp, Paz y yo



I. S. son las iniciales de una escritora que prepara su primer libro de poemas dedicado a un personaje (¿irreal?) llamado P... En una visita que hice a su departamento-estudio-blanco con gata blanca (P., que no es la misma que P…), saltó a mi vista un ejemplar metido en una caja forrada con tela verde, que de inmediato cogí y saqué de entre un libro dedicado a Siqueiros y una consola para tocar discos. Le dije a I. S. que ese libro no lo debía tener ella sino yo. Que yo, como librero desde los 15 años, siempre tuve en mi mente comprar aquel ejemplar pero que me era imposible porque: 1) no tenía el dinero suficiente para hacerlo, 2) ese dinero mensual sólo cubría la renta de mi cuarto en el Centro en el Callejón Esperanza, las sopas Maruchan, los cafés del Seven Eleven y los boletos del metro (cuando costaban tres pesos) y 3) le era leal a la familia de libreros para los que trabajaba y nunca quise tomarlo. Han pasado 18 años (los mismos años desde aquel 97 furioso donde vi por primera vez campeón al Cruz Azul, con la mejilla izquierda ensangrentada de Carlos Hermosillo, último héroe cementero), y desde entonces añoro ese libro. Seguro lo tendré conmigo pronto. Todo depende de que I. S. siga mandándome vía whatsapp imágenes como la que encabeza esta entrada, fotografías tomadas con un iPhone, que me restriega para hacerme sentir rabia. Y lo logra. La primera edición del Duchamp / Paz, Paz /Duchamp vive hoy en un piso 5 o 6 de un edificio de la calle de Allende, es casi seguro que pronto pase a formar parte de mi biblioteca personal en Narvarte. Tiene ya un lugar listo que lo espera, en el anaquel número 7, al lado de la primera edición de Blanco firmada por Paz. Fin.

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