Rodrigo Castillo
Sep 8, 2018 · 4 min read

El día de ayer hice una lista arbitraria de revistas culturales nacionales impresas (se puede leer al final de este texto). Nada hablé de aquellas que son poco visibles, como “Pauta”, o algunas del Colegio de México, de la UNAM (a excepción de la Revista de la Universidad de México a la que sí me referí subjetivamente como ensoñadora), de la UAM o la UAEM (Morelos), es decir de las instituciones académicas que son generadoras de papers, newsletters, etc., a veces disfrazadas de revistas impresas, ¡y de revistas en sí mismas!, y en otros casos, ultra-especializadas y por ello consultadas sólo por un nicho.

La lista además de ser una ironía –me parece– es el retrato inacabado de una generación que creció con el impulso de la producción de democracia a cuesta de lo que fuera, y que hoy irrumpe en discursos metaliterarios y meta-artísticos para generar valor en el mercado, en palabras parcas, para su triste subsistencia como símbolo creativo y acumulación de capital cultural como valor agregado. Por supuesto, de la lista sólo poquísimas escapan de ello (Crítica, Luvina), por sus criterios editoriales, vigencia y recursos (partidas) asignados, por otro lado están las publicaciones que afloran en la construcción de un relato de Estado vinculado a la noción de cultura con un fuerte giro ideológico (neoliberalismo), como Letras Libres y Nexos, por cierto, publicaciones que necesitan ser resucitadas por los jóvenes que están detrás de bambalinas editándolas.

La citación (referencialidad) en los estudios académicos es un punto de inflexión para darnos cuenta de la vitalidad pública de las revistas impresas, cada vez más ninguneadas por el mercado, y por qué no, por los lectores y la academia misma. Aquí cabría un paréntesis enorme para hablar de la lectura (como placer o como conocimiento, la lectura más lineal pero aún la de mayor consumo), procesos de lectura-soportes de lectura, discursividad, análisis de la discursividad, procesamiento de datos y un largo etcétera, pero dejemos esto para otro momento. Un contra-argumento recaería en el supuesto de que sólo las revistas indexadas logran generar espacios de citación de revistas culturales en los estudios contemporáneos, y cuando logran ganar algún espacio en las prácticas cerradas de la academia es sólo a través de los géneros periodísticos que logran ajustarse a ellos, a través de la entrevista, principalmente).

Todavía más, el círculo vicioso de la citación en la academia cierra los ojos, ensancha los brazos y corre por el pasillo del SNI para la acumulación de capital cognitivo, que redunda en becas, apoyos, estímulos, y termina en escrituras legitimadas por el “consenso de la autoridad”, todo ello como ejercicio de cierta pluralidad velada/oculta que los productores de democracia intentan reivindicar en sus estudios.

¿No resulta extraño que la sublevación editorial se encuentre neutralizada debido a la crisis de las instituciones legitimadoras, públicas y privadas? ¿Hay para dónde hacerse en el mundo subjetivo de la producción de discursos que intentan relatar lo objetivo?

La vida pública –en la que las publicaciones impresas suelen ofrecer a sus lectores estabilidad discursiva–, hace anuncio de la docilidad del medio editorial impreso, y ello se acentúa cuando en el ejercicio de alteración de las prácticas significantes, los medios se sitúan en la comodidad del sistema de los códigos sígnicos para la transmisión de las informaciones (en plural). Temáticas a morir, por ejemplo, que desmenuzan (más que analizar) la “actualidad” (la modernidad que Paz relató para insertar a la cultura en la globalización, por ejemplo). De aquí que la sublevación sea minúscula y torpe, a veces mal entendida como un “campo de expansión” del conocimiento, lo actual, lo novedoso, lo que hay que hacer para “no quedarse atrás”. Las revistas impresas en México, como Tierra Adentro, ahora reivindicadora de la legitimación discursiva de la modernidad cultural paciana, centralizada, o por ejemplo, Código, para traer a colación un medio pensado en las jerarquías de unidad, armonía y transparencia, retejen con oropel a las chinas poblanas que riman bien con una discursividad visual trasnochada.

Sin duda, los medios impresos deben mantenerse en circulación. Es un diálogo sordo, pero necesario. Lo que debe replantearse, me parece, radica menos en la observación de lo que las tradicionales fronteras formales des-ocultan a los editores y más en lo que el velo ha dejado como cenizas que flotan en el aire de los procesos entre lo análogo y lo digital, es decir ese hueco como constelación que habría de hacerse visible en el espacio simbólico de la lectura. La sobreproducción de estímulos visuales, por ejemplo, alimenta una discusión más enriquecedora, y que puede redefinir el medio de representación. La citación, por tanto, casi muerta de los espacios impresos culturales dentro de los estudios académicos, tendrá que girar hacia la adaptación de otros espacios no legitimados y no jerárquicos. Y estamos en ello. Tan de frente a nuestros ojos que nos cuesta trabajo verlo.

Listado

La revista mexicana impresa más importante “Luna Córnea”.
La más fraudulenta: “Código”.
Las más soporíferas: “Letras Libres” / “Nexos”
La menos sofisticada (pero necesaria) “Alquimia”
La más ensoñadora “Revista de la U. de México”
La más olvidada “Proceso” (Y la que más vende)
La más versátil “La Tempestad”
La más prospectiva “Arquine”
La más grillada “Crítica”
La más alejada “Luvina” (eso está bien)
La menos consultada “Cuartoscuro”

Terremoto (dócil, como cuando acaricias a un poodle)
Pic Nic (¿existe?)
La más-nunca inteligente “Algarabía” (comparte todo con “Código”)

Sólo impresas.

    Rodrigo Castillo

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    Escritor. Enseñanza de la edición a través de soportes impresos no convencionales.

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