Buenos Aires y Pellegrini

Tengo la teoría no verificada que en las ciudades grandes cada vez es más difícil decir lo que sentís. Inclusive usaría la palabra caro. Tengo la teoría no verificada que en las ciudades grandes cada vez es más caro decir lo que sentís. Expresamos la sensibilidad en lo privado, casi a susurros con personas a las que les pagamos por escucharnos, con amigos después de unas birras tratando de demostrar que no duele tanto o hasta lo escribimos, en lugares donde se transforma en público, pero sin que nosotros estemos presentes físicamente para contarlo.

Escribo cuando estoy triste.

Una vez me preguntaron qué fue lo más loco que hice por amor, y después de pensar un rato y darme cuenta que no había hecho demasiado, contesté que abrí un blog. Podría haber dicho que viajaba casi 300 km para verlo, pero eso iba a venir después.

Hay una parte del desamor donde parece que aprendiste una verdad universal que te va a servir como herramienta para el futuro.

Todavía no llegué.

¿Por qué razono en base a herramientas? ¿No puede ser desamor y sólo eso?

Fui tirando los pasajes en micro a medida que sumaba más km de viaje. Los tiempos de guardar entradas de cine y envoltorios de regalos ya no corrían a los 25. Aprendí a dormir derecha para no quedarme con tortícolis y a usar doble campera porque el aire acondicionado de los micros sólo tiene nivel escarcha. El juego de todos los viajes era adivinar qué tipo de bandeja descartable me iban a dar; la premium tenía un mini pebete, un sanguche de miga y una chocolatada o un alfajor grandote (si probaste el chiquito…) y la versión bajón eran galletitas de agua con otras sabor yogurt.

La mayoría de las veces me despertaba llegando a San Nicolás y me quedaba en un estado semi somnoliento, como si tuviera miedo de no bajarme a tiempo y que el micro volviera a Retiro conmigo arriba.

Todavía no decido cómo narrarte, como de-construirte y transformarte en palabras.

Un día decidí que estaba cansada de la arena, del tarjetero que me seguía invitando a la matiné por más que fuera generación del ´90, del mar marrón, de pifiarle a la pelota con la raqueta. La noche de la costa me quedaba algo repetitiva y ya había vuelto caminando suficientes veces por la arena con los zapatos en la mano. Tenía ganas de pisar descalza nuevos lugares.

Sólo conocés algo cuando lo tocás con los pies.

Eran épocas donde el log in, log out, headset, break, runner, team leader, softphone, next up, telemarketing, master reset y muchas estupideces más con nombres en inglés eran parte de un ecosistema naranja, agobiante como la humedad en Buenos Aires. Era parte de una cadena de montaje tan acelerada que tiempos modernos se transformaba en un juguete viejo. Eran tiempos en los que no escribía no porque no estuviera triste, sino porque no tenía tiempo.

Fue casi como cerrar los ojos y apuntar un destino con los dedos. Así viajamos y así te encontré.

Perdiste un micro y te tuviste que quedar un día más en un hostel, una pesadilla para los que dicen que todo es producto de casualidades.

Me dijiste que te encantaba Bob Dylan y yo imaginé que era Bob Marley, y eso nunca te lo dije.

Me empezaste a gustar cuando hablamos del rol de los medios y me dijiste que no eras peronista, y eso te lo conté después.

Y me gustaste más cuando contaste que tiraste piedras a la casa del Presidente de Central cuando se fue a la B.

Me hubiese gustado comprarte más regalos así habría presencias mías por todo el departamento, no te dejarían dormir y te dirían que estar con una porteña fue muy mala idea.

Porteña por accidente.

Me hubiese gustado que tuvieras una mascota, así todo lo lindo que siento lo extrapolaría a un animal simpático y no imaginaría tu cara. Me imaginaría unas patas en vez de manos y un quejido en vez de tu voz.

-Un primer beso en frente de un supermercado no es nada romántico.

-Un amor a distancia ponele que sí.

Me mostraste tu ciudad en cuotas, como si estuviera conociendo a una persona, como si estuvieras presentándote vos. Me guiaste por empedrados, parques, heladerías y monumentos. Me enseñaste juegos de mesa, de pc y me recordaste que comer en la cama está bueno. Yo te hablé con orgullo del conurbano, de una Avellaneda que parece no querer hacer otra cosa que fuentes. Te hice un análisis del por qué de mi ansiedad y me dijiste que cuando tenías mi edad andabas igual.

El primer fin de semana no paró de llover y no nos molestó demasiado.

Todo se reduce a un conquistarse, ganarse y perderse. Siempre es distinto y también siempre es igual, lastima en las mismas partes de distinta manera.

Me dejaste con una camiseta de Central, la mala costumbre de dormirme a las 3 a.m y una gripe que no se cura.