Llueve en la oficina

Esta semana lleva el signo de la resignación. Me pareció un ejercicio saludable, aunque doloroso.

Mis pensamientos se asemejan mucho a un sistema operativo corriendo millones de aplicaciones a la vez. Así, el zapping permanente de mi cabeza me pasea por los proyectos en desarrollo, los soñados, y los cerrados, pensando una y otra vez cómo mejorarlos, qué aprendizajes hubo, y qué herramientas faltan para seguir creciendo.

Los desamores, los amores y los proyectos inconclusos también tienen su lugar. En días como estos, un terremoto vital me sacude fuerte. El vértigo paraliza y marea, mientras desempaño los anteojos, en un esfuerzo de ver más allá.

Llevo semanas con el llanto en la punta de las pupilas, esperando el impacto como quien tiene el privilegio terrible y hermoso de ver cómo un meteorito se va acercando a la tierra, implacable.

Todas las aplicaciones, están además teñidas de un azul lento. A veces las ignoro y ando por ahí como dejándome perder en los momentos.

Las líneas, las trayectorias, las diagonales y las perspectivas de la oficina se derraman tristemente. Los límites de lo asible se evaporan como un diente de león en manos de una niña poseída por una desidia cruel.

El tiempo anda pegajoso, empastado.

A veces, me siento como la crisálida embalsamada de una polilla extinta, petrificada en el momento mismo de la transformación. Condenada a la mutación eterna, a la curva sin fin, a la tensión permanente.

Otras veces, sólo me resigno a dejar corriendo algunas aplicaciones en segundo plano, mientras la lluvia me mantiene atrapada en la oficina. Hoy no tengo ganas ni para estar triste.