Reivindico

Reivindico mi derecho al miedo. 
Reivindico mi derecho a señalar las partes podridas y a temblar y a revivir el pánico.
Reivindico mi derecho a llorar acurrucada en mi cama y a que me duela la vida entera.
Reivindico mi derecho a ser mala víctima y salir a bailar cumbia con mis amigas, y reivindico el derecho a quedarme en posición fetal y con las ventanas cerradas el tiempo que sea necesario.

Reivindico mi derecho a no querer, a tener cero interés. Cero. Interés. En convertirme en mártir o de inmolarme. Luché demasiado para llegar a amar la vida. Viva y plena me quiero y quiero a mis compañeras.

Reivindico mi derecho a sufrir y llorar y patalear y no entender un carajo. No como instancia previa a ninguna redención. Sino como constancia en carne viva del dolor, del tránsito (necesario) por las heridas.
Reivindico mi derecho a ser “tibia” entonces, y por lo tanto débil, como dicen los machos.
Reivindico mi derecho a entender perfectamente cómo una persona llega a tanto odio, y reivindico mi derecho a no tener la más puta idea de cómo cambiarlo. 
Reivindico mi derecho a no tener ganas de nada, ni de ver a nadie.

Reivindico mi derecho al terror de la cercanía de la muerte. Lo reivindico con mis lágrimas y mi cara roja de espanto. Lo reivindico porque fue real, es real.

Reivindico mi derecho a no querer ser vulnerable nunca más, y reivindico mi derecho a no cerrar de nuevo estas compuertas blindadas que a veces se (me) convierten en cárcel.

Y maldigo mi capacidad de empatía, esa maldita que me hace sentir tantas cosas, que me ha infectado con el dolor de la injusticia, que me hace pensar en el pibe de 15 años que casi me mata a piedrazos pero que seguramente fue torturado por la policía.

La maldigo, de verdad, porque no me deja simplificar, no me sirve en bandeja un enemigo corte final boss, me deja un entramado de mierda lleno de complejidades y fuerzas de poder y devenires históricos y luchas por el sentido.

Reivindico mi derecho a no convertirme en lo que aborrezco y no avasallar nunca a quien ya ha sido avasallado.

Reivindico mi derecho a llorar y a ser maricona y a sentirme frágil y de a momentos sola.

Lo reivindico y no lo grito a los cielos, lo lloro sentada y en silencio.

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