No soy de ningún lugar.

Quizás algunos de los que me lean conozcan el sentimiento, si no los envidio un poco… o quizás no.
Hoy es mi última noche en Buenos Aires después de un fin de semana lleno de amigos, reencuentros, ciudad y un poco de trabajo. La última noche en la ciudad, desde hace dos años, es una mezcla rara de “me quiero quedar” y “me voy igual”. Aunque es un viejo sentimiento se repite cada última noche que paso en la ciudad, no importa saber que vuelvo en pocos días o dentro de meses. Es la misma sensación que durante nueve años me acompañó cada vez que me iba de San Juan luego de cortas estadías. Esto no solo me pasa con estas dos ciudades, algo similar me produce París y Washington DC. Si bien nunca tuve la suerte(aún) de vivir más que cortos periodos son ciudades que siempre extraño y siempre quiero volver.
Entonces, acá estoy yéndome -una vez más- queriendo quedarme. Pero, queriéndome ir a la misma vez. Una confusa dualidad que amo y odio.
Ser de ningún lado es entender que tu casa sos vos, que no existe hogar material, es tener amigos cercanos a la distancia, perderte festejos de unos para estar cerca de otros. Es siempre querer irte y volver o volver e irte. No sentirte al 100% que perteneces a un lugar te da alas, te facilita saltar hacia destinos desconocidos y soñar que podes vivir en cualquier parte del mundo y seguir siendo vos, recrear tu hogar, hacer viejos nuevos amigos. Pero también es saber que adonde viajes te acompaña una valija llena de añoranzas que son como un pequeño dolor en el fondo del corazón por saber que no podes estar en dos lugares al mismo tiempo ni armar una ciudad con las cosas preferidas de cada uno de esos lugares. Ser de ningún lado es ser mitad alma libre, mitad alma de nostalgia.