Ablación
¿Qué siento?
Traición.
Fragilidad. Me siento desintegrada, fallada, defectuosa.
Siento los sentimientos intensos que el sentir el sentimiento real del otro me provoca. Vacío. Traición. La traición hacia mí misma al confiar en que eran mis instintos, cuando esta hora se revela como la verdadera versión de aquella realidad en la que yo (al menos creía que) vivía.
Instrumental a su consternación hacia la ternura, una herramienta para vengar las mutiladas versiones de sí mismo que pretendía no arrastrar consigo, aunque fueran visibles para mí, cada día que vi su sombra huir de las paredes de nuestro dormitorio. Nuestro dormitorio. Su casa. Nuestra casa. Su casa. Su hogar. Su casa. Nuestra prisión. Su casa. Su casa. Su casa. Su casa. Su casa. No nuestra.
“Nuestro” no es una posición en el mapa de su mundo. “Nuestro” no es una alternativa. “Nuestro” es la negación del poder supremo que él, de manera infantil, creía que tenía. “Nuestro” significaba, para él, la negación de sí mismo. De su persona. “Nuestro” era una maldición en su universo. “Nuestro” sería el resultado del olvido. De olvidarse a sí mismo. Él no iba a permitir que el Mundo le negara una vez más aquello que él creía tan ferozmente que le pertenecía.
Alguien tenía que pagar para restituir el poder que le habían robado.
Yo.
Yo tenia que pagar.
Era mi deuda, creía él. Su fe en la restitución del orden, como él creía que debía ser, tomó una forma concreta cuando dije “dame un beso más”. La deuda era mía, él lo sabía. Yo debía pagar por aquello de lo que el mundo le había despojado. Disfrazó la venganza, de amor. Él veía mi piel como la piel del tambor donde redoblaba el grito de todas las otras mujeres del mundo rechazándolo. Él sabía que mi lengua era la máquina de mentiras donde sus creencias se veían desafiadas. Él ansiaba que mis tibios muslos lo recibieran, para poder proclamar al Mundo que Esta Vez EL nos rechazaría a todas nosotras. Él buscaba el castigo que penetrarme significaba para él. hacer el amor no era lo que hacía. El objetivo era romper el himen del amor. El amor no es real. Él no cree que lo sea. Él confía en que ha sido el único que ha amado alguna vez a todas las mujeres del mundo, cuando todas se rieron ante sus tiernas ofrendas de amor por una vida entera.
Incapaz de recibir amor, más aún de darlo. Incapaz de tocar el velo de dulces gestos de amor. Incapaz de creer en él. Incapaz de ver el amor. Incapaz de sentir amor. Incapaz de verme a mí amándolo.
Aún así. Sentí amor. Tuve un hogar. Tuve una familia. Tuve un amante. Tuve un compañero. Tuve. Tuve. Tuve. No tuve nada realmente. No vi el poder del amor de mis hijos en mi búsqueda por encontrar el suyo. No tenía un compañero, tenía un verdugo. No tenía un hogar, sino la ilusión de uno en sombras chinescas resbalándose por las paredes de mis deseos. No tenía un amante, tenía uno que me odiaba. Tenía una familia, una familia de 3. Mis pequeños niños y yo. Lo invitamos a entrar. Confiamos en él. Mis hijos confiaban en mí para confiar en él. Mis niños sentían amor. Por él. Querían tenerlo de amigo, su amigo grande. Confiaban que yo los mantendría a salvo cerca de él.
Y fallé.
La fuerza de mi anhelo de tener una familia, un compañero, amor, ternura, pareja, calidez, tiempo, sentimientos, conexión, emoción, significado, futuro, historia, risa, sobrepasó cualquier sentido de realidad que dudo que haya tenido alguna vez. Quería creer que había esperanza. Quería creer en él. Quería creer en la felicidad. Quería creer que él era mi hombre. Quería creer que yo podía creer. desearlo me hizo creerlo. Anhelar el tener fe se convirtió en la realidad que habitaba. La manta de amor en la que yo creía que envolvía a mi familia era una telaraña venenosa. Gustosa le cedí el control de mi realidad. Y al hacerlo, le regalé el tesoro de la vida de mis hijos. Le hice un presente de lo mejor de mí, confiando que él atesoraría estos regalos muy cerca de su corazón.
No tenía uno. En delirios anteriores, él mismo se lo había arrancado del pecho, convencido de que éramos nosotras, las mujeres, quienes lo habíamos tomado y aniquilado. Ël fantaseaba con que nosotras, mujeres, todas las mujeres del mundo, pasado y presente, estábamos equivocadas al no amarlo. Yo, era todas las mujeres del mundo. Yo, era quien guardaba todos los pecados que cualquier mujer había cometido alguna vez. Mía era la carne que debía amoratarse y morderse, para que él pudiera habitar su realidad maldita, donde ninguna mujer lo amaría y todas merecíamos sufrir.
Y lo hice.
Yo.
Sufrí.
Mi carne se amorató. Mi carne fue mordida ferozmente. Mi carne sangró. Mis piernas se quebraron. Mis manos se congelaron. Mis ojos fueron cerrados. Mis senos cercenados. Mi corazón, mutilado, Mi mente, poseída. Mi amor, rechazado. Mi persona fue olvidada. Mi alma sufrió su propia extinción ante la imagen del espejo que él puso frente a mí. El reflejo no tenía ojos. Mis ojos habían sido cosidos con agujas de ignorancia. Mi boca permanecía eternamente abierta para ser penetrada. No tenía cabello, mi cráneo era hueso puro. Él amorataba mis senos hasta llegar a negro cada día en eterna humillación por haber amamantado niños que no fueron suyos. Una inmensa lanza de hierro me penetraba por la oreja izquierda, perforando mi cerebro y saliendo por la oreja derecha. El hierro ardía al rojo vivo día y noche con el poder del abuso sin límites, acusaciones y humillación. Mis pies, los mutiló y volvió a unir con corchetes. Los corchetes convirtieron mis pies en irrelevantes. Tenía pies, sin poder usarlos. No podía arrancar. No podía alejarme. No podía sostenerme. El hierro que me trepanaba la mente se clavaba entre las dos paredes a mi izquierda y derecha. Yo era la prisionera de su ironía y su odio. Condenada a respirar su odio, a saborear su ira, obligada a rajar mi entrepierna en humillación por otras, todas aquellas que no lo amaron antes que yo. Él devoraba mi útero y vomitaba mi vagina cada noche, luego dormía, mientras yo rehacía mis órganos cada día. Algunas noches vomitaba carne de otra gente en mis ojos doloridos, forzándome a tragar completo su pene caliente hasta que le creciera uno nuevo. Uno por cada vez que una mujer lo había rechazado. Yo tragué un falo completo por cada vez que él se había sentido no deseado.
Mis glúteos, él devoró. Los rebanó con dulces hojas que sabían a ternura, para luego proceder a masticarlos repugnantemente, como un sacerdote, recitando una oración al hacerlo: “Me agradeces el perdonarte, yo devoro tu vergüenza para que vuelvan a crecer las curvas de la belleza que te arrebato, adorándome, venerándome, porque te perdono el no haberme venerado antes, cada día que te regalé mi corazón y lo ignoraste, cuando tus ojos eran verde, azul, café y amarillo, cuando tu nombre era tuyo y contenía todos los nombres de las mujeres del mundo en él, cuando tu pelo era largo y crespo, corto y platinado, cuando tu sonrisa era la más bella del mundo, cuando no sonreías nunca, cuando tu risa eran gotas de cristal sobre las palabras de otro hombre, cuando tu deseo fue el regalo a la poesía de otro poeta, cuando tus palabras hablaron en todas las lenguas del mundo, cuando no me viste esperando en tu futuro, con paciencia aguardando que me adoraras por ofrecerte el universo: te perdono ahora, al devorar la juventud que no te mereces, inmunda. Me agradeces por mi misericordia. Me agradeces por hacerte digna al devorar tu belleza, yo te perdono”:
De esa manera, olvidé. Olvidé mi nombre. Olvidé a mis hijos. Olvidé respirar. Olvidé el sonido de mi propia voz. Olvidé.
Olvidé.
Y aprendí. Aprendí a amar el dolor que perforaba mis pensamientos, aprendí a amar las palabras de odio, aprendí que el odio era su forma de amarme, aprendí que el tiempo existía sólo por él, aprendí que no tenía hijos, aprendí que en la pieza de al lado vivían pequeñas sombras que gritaban “Mami” a cada minuto, pero aprendí que “Mami” era una mala palabra, no era mi nombre, aprendí que ellos se merecían los castigos que él les daba, aprendí a amar que él me despreciara, aprendí a anhelar la rasgadura de mi piel, aprendí a pedir que me moreteara de negro y morado los pechos, aprendí a tragar. Aprendí. Aprendí. Yo sabía. Sabía. Sabía que el reflejo que veía en el espejo era un cadáver, su creación más perfecta en la historia. Yo sabía que existía. Finalmente, yo existía. Sabía que el ruido blanco que me trepanaba la mente era su magnífica voz, sabía que él era la vida que yo no tenía, sabía que era el aire y la tierra y el agua y el espacio y el futuro y el pasado: conocí la perfección.
Por dos años, colgué inerte del fierro que me atravesaba la mente. Dos años, o un millón de años, o una vida. Dos vidas.
Y morí. Morí.
Mis hijos murieron.
Sus hijos no nacidos murieron.
Estando muerta, sólo existía el abismo. Estando muerta, sólo existía el silencio.
Estando muerta, existía sólo la soledad.
Estando muerta, recordé.
Estando muerta, recordé que yo estaba viva. Recordé que lo que tenía al frente era un espejo, una imagen hecha por él, no por mí. Recordé que existía un “yo”. Recordé que yo era. Recordé mi nombre. Recordé mis piernas, mis ojos y mi lengua. Recordé a mis hijos. Recordé mi amor. Recordé mi pasado. Recordé que yo aún estaba aquí. Recordé que alguna vez yo amaba y caminaba y reía y lloraba estaba viva, en otra vida. Recordé que podía hablar. Recordé que me podía mover. Recordé mi propia piel. Recordé mi propio olor. Recordé mi propio sabor, mis sentimientos. Recordé cómo recordarlo todo: todo. Y supe. Supe que podía moverme, supe que tenía pies, supe que tenía hijos,. Supe que tenía manos.
Moví mi cuello. Despacio, sentí. Sentí los músculos de mi cabeza volver a la vida.
Me di vuelta.
Miré alrededor.
Hablé. Hablé. Hablé. Mi voz era un eco en el aire. Apenas tenía voz. Un sonido apenas perceptible salió de mi garganta. Recordé que alguna vez, yo hablaba. Decía lo que pensaba. Me regocijaba en el lujo de la expresión. Libertad de Expresión.
Escuché. suaves y diminutas vocecitas decían “Mami”, “aquí estamos”, “mami”…
Con el sonido vino la visión, y miré. Vi.
Vi.
Vi a mis pequeños hijos. Aún existían, ellos también habían muerto… y renacido.
Les tomé las manos, acuné sus frágiles deditos en mi palma, y moví los pies: un paso tras otro, y caminé. Salí de ahí. Salimos de ahí. Salimos del olvido, de vuelta a la vida.
La voz que antes tenía, murmuraba estas palabras, una y otra y otra vez:
Abusaste de mí por años.
Ya no lo puedes seguir haciendo.
Me torturaste por años.
Ya no me puedes tocar.
Ya no me puedes hablar.
Ya no soy tuya para seguir manipulándome.
Ya no puedes abusar de mí.
Ya no puedes aislarme.
Ya no puedes castigarme por no ganar suficiente dinero.
Ya no puedes chantajearme con que éramos allegados en tu casa.
Ya no puedes decirme puta culiá cuando quieras.
Ya no puedes hacerme elegir entre mis niños y tú.
Ya no puedes ahogarme.
Ya no puedes ponerme de rodillas cuando quieras.
Ya no puedes convencerme de que me merezco tu maltrato.
Ya no puedes decirme que no soy digna de ti.
Ya no puedes hacerme creer que tengo que pedir perdón por defenderme de ti.
Ya no puedes echarnos de la casa y hacerme rogar para entrar.
Ya no puedes gritarme que quieres ir a culiarte pendejas por el culo.
Ya no puedes convencerme de que soy tonta.
Ya no puedes convencerme de que soy una mala madre.
Ya no puedes amenazarme con abandonarme cada vez que algo no te gusta.
Ya no puedes privarme de mi música.
Ya no puedes quitarme mis libros.
Ya no puedes robarme mis películas.
Ya no puedes tirarme vasos de vidrio.
Ya no puedes aplastarme contra la cama y escupirme en la cara.
Ya no puedes gritarme nunca más.
Ya no puedes lanzarnos sillas nunca más.
Ya no puedes forzarme a quererte nunca más.
Ya no puedes someterme.
Ya no puedes chantajearme.
Ya no puedes manipularme nunca más.
Ya no puedes amenazarme con violar a mis hijos.
Ya no puedes mentirme.
Ya no puedes hacer llorar a mis niños en la madrugada.
Ya no puedes entrar a mi mente nunca más.
Ya no puedes hablarme nunca más.
Ya no puedes pedirme nada.
Ya no puedes romperme el alma.
Ya no puedes quebrarme.
Ya no puedes doblegarme.
Ya no puedes pedirme perdón.
Ya no existes para mí.
Ya no existes.
No tienes ya ningún poder sobre mí.
No tienes poder sobre mí.
Caminando, salimos de esa casa: su casa, con miedo y liberación. Nunca más volvimos.
En el mundo, éramos libres.