Aprendizaje

Rocío Deguer
Sep 5, 2018 · 4 min read

Cuando era chica lo que sentía la mayor parte del tiempo era enojo, enojo porque mis amigas siempre tenían más de todo que yo. Por eso asumí que seguramente todos mentían. Mentían sobre su familia, siempre bien constituida, sin padres que durmieran en casas de otras mujeres y sin madres embarazadas que lloraran en la cama de dos plazas de la casa de su suegra. Cuando mis compañeras de juego necesitaban útiles para el colegio, no sentían esa culpa aterradora al tener que mostrarle el cuaderno de comunicaciones a sus padres y entonces las maestras de plástica no las retaban ni las amenazaban con ponerles insuficiente en el boletín, por no haber llevado la cartulina o el papel glacé, o el de calcar. No las retaban por no tener carpeta de plástica porque ellas, siempre prolijas, tenían todo. Y los guardapolvos les quedaban bien, al cuerpo, y no eran tres talles más grandes para que duraran todo el año y estaban blancos, impolutos, como creía yo que estaban sus almas, a diferencia de la mía que estaba siempre sucia, como manchada, amarillenta por el paso del tiempo, porque a esa edad todavía no sabía limpiar mi alma y nadie se encargaba de hacerlo por mí. Un alma sucia siempre destacaba entre el resto y sentía cómo todos me juzgaban entre susurros, pensando “pobre nena, es mala, no es como nosotras, no pertenece a este lugar”.

Tener el alma sucia me hacía sentir una mala persona y entonces hacía cosas malas que reforzaban ese sentimiento. Siempre me sentí distinta, y mala. Le cortaba el pelo a mi hermanito o me robaba útiles escolares de mis compañeras. Una vez robé un sellito, en los 90’ se usaban mucho esos sellitos chiquitos con la forma de dibujitos animados, algunos compañeros incluso tenían sellos con su propio nombre. Así que vi ese sellito con el que una compañera había estado alardeando todo el día y cuando lo descuidó lo agarré rápido y lo guardé en mi cartuchera. Mi compañera no lo encontraba y empezó a decir que se lo habían robado pero yo no se lo había robado, ella lo había expuesto más de lo necesario y esa exposición, sentía yo, tenía consecuencias. Así que no se lo devolví ni sentí compasión. En esa época la culpa no se me manifestaba con tanta claridad, yo lo percibía más bien como un enojo permanente, como una opresión en el pecho que estaba ahí conmigo todo el tiempo y a la noche cuando no podía dormir, repasaba en mi cabeza los hechos que me hacían sentir mal, más adelante aprendí que cuando lograba identificar esos sucesos, la presión sobre el pecho aflojaba un poco y ese dolor que sentía en la panza y en el vientre se diluía en la certidumbre de cada sentimiento y de cada hecho de ese día y de toda la vida.

Lo que más me pesaba era la culpa de necesitar algo y que mi mamá no la tuviera porque mi papá nunca le pasaba plata. Entonces me decía que si necesitaba loquesea se lo pidiera a “tu padre” pero yo sentía tanta culpa de pedirle plata a papá, porque hacía changas y no le alcanzaba para vivir él y nosotros, que durante mi niñez nunca le reclamé un centavo, ni un útil escolar porque en mi cabeza no importaba si le correspondía o no, ya sabía que no podía. Y la culpa ante mamá de pedirle siempre a ella y nunca a papá a pesar de sus pedidos, me acorraló gran parte de la infancia y la pre-adolescencia.

Lo que me salvó, y digo “salvó” porque yo lo siento realmente como un salvataje, fue tener a mi abuela materna a mi lado. A los 9 años cuando murió mi abuelo, que palabras aparte siempre fue como un segundo padre, nos fuimos a vivir a lo de mi abuela y ahí viví hasta que me independicé, a los 19 años. Mi abuela me hizo sentir niña otra vez poniéndose al hombro mi crianza sin hacerme sentir culpa por eso jamás. Ya no tenía que ser siempre adulta ni ocuparme de mi hermano mientras mamá trabajaba y si en el colegio me pedían algo, mi abuela simplemente lo compraba, porque tenía el dinero en principio, pero también porque entendía que no era sólo un capricho. Y cuando me sentía mal sin nada aparente me pedía turno para el médico, no disminuía lo que sentía. Y por sobre todas las cosas, no hacía estupideces, como renunciar sin nada en mente de un trabajo bien pago con una familia a cargo. Mi abuela era una persona responsable, hacía las cosas que había que hacer y si me prometía que iba a hacer algo, lo hacía.

Y ahora aprendí a perdonarme, a dejar de sentirme sucia y mala y diferente porque seguro todos mienten, todos tienen sus problemas pero no lo dicen y debe haber mucha gente sintiéndose sucia porque sí, y hay tanta otra gente sintiéndose limpia a pesar de ser una roña andante.

Aprendí que lo que siento no siempre tiene correlación con “la realidad”, entendiendo “realidad” como el promedio de “realidades” que me rodean. Son las realidades presentes y también las pasadas las que configuran mi forma de sentir, de pensar y de interactuar con el resto del mundo. Y no soy una mala persona, soy una persona más, con problemas triviales para la humanidad igual que casi todas las otras personas.