¿Cansado de las peleas en Facebook? Cuatro tips para sacarse la arena de encima, y vivir más tranquilo

El mundo es un caos espectacular. Desde Trump para la presidencia del país más poderoso del mundo, pasando por las fallas en la economía global y acabando con las cosas que andan mal en nuestro país, no es nada difícil encontrar uno, o un millón de temas por los que estar preocupados y molestos, por los que apasionarnos, y seguro que no pasa un día sin que nos encontremos una polémica en alguna red social, eso si es que no la comenzamos nosotros mismos.

Yo pienso que inicialmente no hay nada particularmente malo en ello, de hecho me parece redimible, que demuestra sensibilidad humana la capacidad para apasionarnos por asuntos incluso cuando no nos afectan en lo absoluto, y las redes sociales son el escenario perfecto para que estas cosas sucedan, porque facilitan la interacción en círculos sociales un poco más amplios de los que usualmente manejamos (de ahí que te aparezcan comentarios de primos de los conocidos de los amigos), y porque la psicología ha demostrado que todos somos un poco más honestos y descarados en nuestras opiniones cuando nos sentimos seguros detrás de una pantalla. El asunto es que cuando la polémica se desata, a veces acabamos con el humor arruinado y la diversión se fue por el drenaje.

Uno pensaría entonces que lo más simple para evitar esto es abstenerse de expresar las opiniones en estos foros, pero me parece una posición extremista y ridícula. Los humanos somos seres sociales y comunicativos por excelencia, y es una parte tan profunda de nuestra naturaleza que se convierte en una necesidad. Además, no pienso que sea constructivo exigir a las personas que supriman el impulso de opinar acerca de lo que creen podría ser mejor si fuera diferente.

Pero sí es cierto que todo necesita límites, y el deber que tenemos por preocuparnos por el destino del mundo y las próximas generaciones, es sólo tan grande como el deber que tenemos de cuidar de nosotros mismos y nuestro bienestar. Estarnos amargados por lo que pasa en las redes sociales es lamentable, y creo que todos podemos concordar en que es un desperdicio de las 24 limitadas horas que tenemos todos los días, la vida es demasiado corta como para llenarla de cosas malas.

¿Dónde trazar la línea, entonces? ¿Cómo saber cuándo dar un paso a un lado antes de llegar al punto de no retorno, el punto en el que te vuelves, como dice la expresión coloquial “un arenoso”? Deseando no estar nunca de nuevo en esta situación, desarrollé un método para evaluar las interacciones que tengo en las redes sociales, basado en cuatro puntos fundamentales:

1. Enseñar debe ser una labor de amor. Es bueno que queramos ayudar a los otros, incluso cuando parecen no darse cuenta de que lo necesitan, pero es bueno tener siempre presente que si alguien no parece darse cuenta de que necesita ayuda, probablemente sea porque en realidad no la necesita. Ofrecer lo que tenemos, y entre eso el conocimiento, debe ser un acto de generosidad, no una caricia a nuestro ego, no forcemos lo que funciona para nosotros en la vida de los demás, especialmente sin invitación, y cuando están felices haciendo las cosas a su modo. Nadie publica imágenes motivacionales, o fotos de sus niños para que le aleccionen acerca de cómo su estilo de paternidad o su filosofía de vida no es la correcta. No lo hagas.

2. No se puede hablar con la pared. No hace falta la situación contraria, es el otro el que se ofende por la opinión que expresamos acerca de un tema, y la discusión estalla incluso cuando uno tenía la impresión de que era un tema que no ameritaba apasionamientos. El objetivo de las discusiones como herramienta social, es que una o las dos partes den el brazo a torcer y admitan otros puntos de vista basados en los argumentos del contrario, en esto el respeto es primordial e indispensable, si no hay respeto, la discusión no está centrada en los argumentos, y por ende no irá a ningún lado. Es hora de abandonar.

3. Se debe cuidar de los contextos. ¿Qué tan útil es realmente discutir en una red social? En la gran mayoría de los casos, no tiene efecto real en nuestras vidas, incluso cuando los temas de los que discutimos sí nos atañan, y esto se debe simplemente a que esas opiniones sólo tienen relevancia cuando las llevamos a la práctica fuera de las redes. Nos afecta cómo criamos a nuestros niños, cómo nos alimentamos, y por qué leyes y qué políticos votamos, pero todo lo que discutamos al respecto en internet, no tiene un valor tangible, y es por esto que volviendo al punto anterior, deberíamos ahorrárnoslas a menos que realmente encontremos eco y una comunicación constructiva en el otro. Si no es así, mejor no discuta tanto, y más bien haga más.

4. Se debe cuidar lo propio. En últimas, volvemos a la imagen inicial de nosotros mismos llenos de “arena”. Todo ese impulso altruista de corregir lo que está mal en el mundo, se ve arruinado cuando nos dejamos contagiar de estas emociones, porque nada bueno puede salir de nada que se haga mientras se está sumergido en ese estado mental. No se puede luchar por un mundo mejor cuando nuestras convicciones no nos traen sino emociones negativas, porque es eso lo único que le transmitimos a los demás. La única forma de abrir la mente ajena a nuestras realidades es a través de la empatía, la compasión y el ejemplo; hacer énfasis en la diferencia y el rechazo, no logra sino lo contrario. No se puede aprender de alguien a quien no se admira. Que sea su actitud la que abogue por sus argumentos.

Por donde lo quiera mirar, no tiene caso ni vale la pena amargarse la vida peleando en las redes sociales, ni siquiera si el tema vale la pena. Dé un paso a un lado, cierre la ventana y vaya a tomarse un café, a leer un libro, o a escuchar una canción chévere, ¡no sea arenero!