Abril

El primero de Abril nació Abril. El mes y ella. Desde chica, ya emanaba un aura de frescura, curiosidad, aventura y libertad; el que nunca diluyó de su personalidad. Incluso lo conservaba ahora en su cuarto de siglo, mostrando con seguridad sus propias cicatrices, experiencias de la vida misma; de probar y aprender. Era la chica catalogada como“rebelde”, con gracia y sutileza. Sabía expresarse (cuando así lo quería, o podía). Poner en palabras lo que sentía, lo que pensaba; aunque de alguna forma, si te encontrabas en la vereda de en frente, su sonrisa, su aire, su mirada y su aroma a jazmín te hacía cruzar sin ver. No porque quería manipularte, ni convencerte, sino porque generaba esa especie de magnetismo inexplicable que no solo atrae, sino que también enloquece, que puede enceguecer; y que a su vez, te enciende tanto, como para apreciar hasta los hoyuelos de la luna. Siempre estuvieron ahí. Solo que antes mirabas, ahora observas. Te hacía sentir como una versión que desconocías de vos mismo. Eras testigo de cómo tus sentidos encontraban otros significados. Como los átomos se desconfiguraban, danzaban aleatoriamente y se volvían a alinear de una forma que te hacía sentir tan incómodo, y tan cómodo a la vez. No había nada que comprender, porque no es el lenguaje que habla la mente, sino el de las tripas, la carne, los cosquilleos, las endorfinas, los escalofríos y la risa. Los días a su lado trasmutaban a tan solo insuficientes horas, las horas en escasos minutos, y los minutos en insignificantes segundos. Y estos se perdían en un presente eterno, en donde no hacía falta llamarlos segundos sino simplemente ahora. Poco sentido tenía crear una cuenta regresiva del tiempo mismo, de la medición humana del momento, diseñada por él para su mente, mas no para su alma. Una nueva interpretación de los colores, que sorprende a la retina como el brillo y asombro de un fuego artificial. Los perfumes más simples y exquisitos de este planeta, te los hacia embotellar en frasquitos inexistentes de recuerdo. Morning grass. In between sheats. Summer Rain Delight. Le Café. Sunday BBQ. Y después te perdías en exquisitas fragancias, tonalidades y notas frutales, dulces y delicadas; que parecían haberse hechos especialmente para su piel. Amante de las artes, la fotografía en blanco y negro, la música, las pinturas, las películas y otras formas de expresión tan simples y únicas como ella. Un revuelto exquisito de hippie chic coqueto y grunge desalineado de Seattle, que le salía tan natural, solo porque reflejaba su esencia contradictoria. En verano, fanática de los shorts de jean cortados, remeras básicas negras, blancas, grises. A veces colores también. Y de bandas también. Camisas escocesas a la cintura y botas cortas color almendra, o borceguíes negros. Pañuelos en la muñeca, pulseras y cintitas de colores. En invierno, jeans ajustados a sus delgadas piernas, a veces cortados también; con camperas de cuero, trenchs y sacos urbanos. Morocha castaña y de ojos marrones casi siempre delineados. Boca para encontrar y perder(se). Tenía un pequeño y adorable hábito de tirarse el pelo para atrás cuando se sentía incómoda u observada, con el pulgar y el meñique. Y cuando lo hacía sonriendo, ahhhh! se pausaba el mundo por un instante. El de aquel presenciándolo por lo menos. Necesitaba el tacto, el tocar las cosas para entenderlas. Jugando o conociendo. Era una obra de arte, con sus defectos terrenales que la hacían más única todavía. Osada, al frente, honesta y también con sentimientos tan ocultos, tan profundos como las aguas que abrazan cualquier sufragio trasatlántico. Era tan ella, que no le importaba ser nadie más. Esa noche, saliendo de su ducha, eligiendo que ponerse, escuchando música que le subía el ánimo, secándose el pelo, pintándose, perfumándose… se sentía con ganas. Ganas de todo. La pasó a buscar una amiga en su auto negro de 3 puertas europeo. Un mensaje de por medio y en escasos minutos, entre ruidos de teclas de luz y manojo de llaves y puertas, estaba contemplando sus ojos entre cuatro paredes de acero, botones y elegantes numeritos digitales. Encontrándose con su gemela de vidrio, gemela por tan solo 4 pisos, mirándose a los ojos, enredándose en pensamientos tan veloces que perdían sentido. Jugaba con sus labios, los mordía, tirando su pelo para atrás, abriendo y contemplando puertas de metal, la de vidrio de entrada, y por fin la del auto. Le dio la bienvenida una cálida y perfecta sonrisa al volante, cabellos rubios, un perfume recomendado, boca oscura y un “hoy se pone” decidido. Una manejaba destinos, otra ánimos sinfónicos. Luego de unas curvas, saboteó su estéreo con April’s Night Tunes Playlist. You can never get enough, enough of this stuff. It’s Friday i’m in love. Mientras se movían por las calles de Palermo, ella contemplaba la ciudad a través de un vidrio opaco, silencioso y aislante de la realidad externa. Una pecera sumergida en la vibración de una ciudad como Buenos Aires. Se deleitaba viendo la arboleda, las construcciones, los parpadeos y las pinceladas de luces en velocidad. La gente simplemente caminando en llamativa perspectiva, tan danzante como así lo quisiera el pie derecho de Victoria. Su primer destino era la estación de servicio en donde a medianoche se encontrarían con 2 amigas más. Compraron energizantes y chicles de menta. Algunas latas las abrieron ahí mismo, otras las guardaron para el vodka, en la mochila con las botellas. Tras un par de kilómetros, de coros, risas y muchos “boluda”(s) de por medio, ya estaban cerca. Bajaron el volumen, los vidrios y las conversaciones. Un repetitivo low creciendo en intensidad marcaba el destino exacto, a medida que iban avanzando a paso de hombre. Autos y personas por doquier, compañeros de peregrinación nocturna. Risas y ráfagas deliciosas. Corridas, y algunas torpes caídas. Manadas de zapatos, borcegos y zapatillas, cada vez un paso más cerca. Hoodies, camperas y los de remera. Botellas perdidas y abandonadas. Parlantes que cedían sus vibraciones a sus primos lejanos, mayores y protagonistas. Luces traseras que se esfumaban, encontrando descanso de su conductor, por unas horas. Definitivamente esa era la dirección. Unas maniobras, una veloz checklist grupal. Vaivén de puertas y volteadas de un grupo de chicos que pasaban a su lado. Más perfume. Un chillido de seguridad vehicular y ya las cuatro desfilaban por esa calle, hacia la fiesta. Algunas aceleraron el paso, enceguecidas, pero Abril marcaba su propio ritmo. Cada movimiento le hacía contemplar todo, y le encantaba. La embriagaba, la hacía sentir viva. Respiraba, observaba, sentía. Se tiraba para atrás su cabello. Escarbaba y buscaba la nada propia en sus bolsillos. Sean como fueren, siempre supo hospedar y saborear estos momentos. Nunca eran iguales. No tenían que serlo. Se sentía confiada, aunque también la envolvía una dulce incomodidad, al percibir esos escasos instantes previos. Peculiar adrenalina raptando su cuerpo, sus manos, sus piernas y su pecho, principalmente su pecho. Escalofríos entre pequeños chasquidos de un escurridizo camino de piedritas. A unos pasos antes de cruzar esa gran y elegante doble puerta de madera, el tonto e innecesario cartel a su izquierda de “fiesta”; indicador e invitación intrínseca de que el mundo y el enfoque de lo mundano estaban a punto de ser olvidados. Ella por lo menos pensaba eso. Ya podía sentir el efecto, el estímulo; este hermoso ritual que experimentaba se lo hacía saber, otra vez. Esta noche, su mirada se iba a cruzar con la de él.

Al poner un pie dentro, Abril notó que la elegante residencia había sido “adaptada” para la ocasión. Algunos adornos y otros objetos de calidez hogareña no estaban teniendo un uso tan adecuado. Posiblemente el dolor de cabeza de cualquier madre apasionada por los tapizados italianos, o cualquier padre meticuloso del sonido y de su colección de discos. Suerte, para ellos y para el anfitrión, que los 7.103 kilómetros que los distanciaban, era una dulce y silenciosa tregua. Todo quedaba tan pintoresco y agradable con esas pequeñas y tenues lucecitas blancas de navidad, las mismas que tenía ella en la cabecera de su cama. A ella, todo esto le otorgaba cierta magia. Romper esquemas, ver y usar las cosas de otra forma. La música estaba fuerte, la sentía agradable. Puso la mirada en ese grupo de personas en sintonía, vibrando al beat de la vida. Sintió una efervescencia de alegría con esa imagen. Decidida y con pasos relajados, se hizo de un lugar en el medio de la pista. Era puro impulso. Deslizaba su cintura, lentamente se balanceaban sus cabellos, de un lado al otro. Sus hombros, sus collares, sus pulseras, sus delicadas manos. Atónitas miradas. Palpitaba la energía, y la integraba en su ser. Cerraba los ojos, se mordía los labios, sonreía. Se agarraba el cuello con una mano, y reposaba la otra en su bolsillo de jean. Bailaba con gente a su alrededor. Se sentía tan segura, porque no la juzgaban. Levantaba sus brazos, dando a descubrir una sutil tinta en su suave y delgado brazo izquierdo. En informal y minimalista cursiva negra se leía live life. Estos instantes eran para ella su eternidad. Unos minutos luego, con una pequeña transición, alguien se adueñó de los ecos, canjeando estilos y suprimiendo así sus ganas. Pensó que era momento de buscar a las chicas, y seguramente también, algún frío y burbujeante trago.

Fue serpenteando el mar de gente y pudo finalmente tomar un poco de aire. A su lado, otros invitados desfilaban con risas tan frescas y rebalsantes, como aquello que sostenían en sus manos. Distinguió a unos metros, una pequeña convención, ante un considerable santuario de formas, texturas, colores y exquisita e imperfecta simetría de botellas sin orden alguno. Un santuario de diversión líquida. Mientras sus ojos recibían esta valiosa información, como un turista perdido; escuchaba las risas y el “¡Callate boluda!” tan característico de Victoria. Estaban ellas, disfrutando aquel proceso de una alquimia personalizada. Jugaban a ser una especie de Poseidón, vertiendo menudas cascadas, algunas incoloras otras tan negras como el carbón; chocando con minaturas de icebergs cilíndricos. Este fenómeno generaba un vapor, un tanto seductor para quien aguardaba su turno, mientras por lo menos ya se embriagaba con esas femeninas y fabulosas fragancias francesas. “Tenés puesto Tommy, ¿no?”. Alguien, se aventuró a no quedarse con el que hubiese sido. “Ay si! ¿Cómo sabes?” le contestó una de las amigas de Victoria. “Porque se lo regalé a mi hermana por su cumpleaños. Me encanta. ¿Cómo te llamas?” le respondieron. Así fue como las chicas, y Abril por último, mientras disfrutaban del frenesí de la noche, se pusieron a hablar con algunos no tan interesantes, mas si divertidos personajes. Lo de siempre. Diálogos poco desafiantes que le sacaban sonrisas solo por la picardía en uso. Luego, le adormecían, y le hacían contestar casi por compromiso, por compasión. Ella sabía moverse en este juego, aunque de una forma mucho más deliciosa, siempre y cuando se lo hicieran florecer. Nunca forzando. Esta conexión que podía generar, si sucediera, si sucedía, si existiera, te atravesaba y sellaba el alma. Tenía la capacidad de hacerte volar a tierras desconocidas, llenas de incertidumbre; contrastados por melodiosos y armoniosos instantes del mayor bienestar emocional y terrenal que alguien podría conocer.

Por el rabillo de su ojo, por arriba del hombro de su ya fastidioso interlocutor; se acercó Victoria. Interrumpiendo, y sin pedir permiso, suspiró algo en el oído de su amiga, para luego echarse a la fuga. Sintió un calor, una exaltación de algo así como felicidad, mezclada con ansiedad y un no se qué en su pecho. Asintió también vagamente, ante una conversación de la cual ya no era parte, y en donde desistieron, confundidos. Quedó sola y nerviosa, aunque podía escuchar a sus amigas entre murmullos, a tan solo unos pasos de distancia. Bebió unos sorbos. Sacudió los hielos. Miró la hora en su muñeca. Era una larga noche y nada la apuraba. Bajó su mirada, contemplando y moviendo de manera infantil sus borcegos, con el sorbete todavía en su boca. Tomó otro sorbo y al tragar esta vez, levantando su cara y tirando su cabello para atrás con su mano libre, un corto y profundo suspiro supo escapar de su cuerpo. Su amiga le confirmó que estaba. Cerró sus ojos, respiró con calma, y simplemente disfrutó de ese momento. Se notaba que sonreía una vez más, para adentro y para afuera. Al levantar la vista, por lo lejos y mediante algunos huecos entre personas, lo vio.

PARTE II

Entrando en escena, en su escena, lo veía pasar; relajado, largando alguna que otra risa al aire, dando y recibiendo saludos de sus amigos, amigas y otros conocidos. Bautizado por los chasquidos de piedra y la misma gran entrada, accedió a este sub-mundo festivo. Distendido, sabía vestir unos skinny jeans oscuros, dentro de unos rústicos borcegos marrones. Remera un tanto grisácea con cuello holgado, sobresaliendo por debajo de una abierta, elegante pero informal, gastada y arremangada campera de cuero. Debió ser la campera, el cuero y las notas de madera, ébano, musgo negro y almizcle ámbar de su perfume; aquello que provocó la atención y posterior giro de cabeza de un pequeño grupo de rubias y morochas; en donde aquella entretenida girl talk logró pausarse unos segundos, para tratar de encontrar una mirada más bien desinteresada. Lamentablemente, a pesar de las ansias femeninas, el único recuerdo que podrían contemplar sería tan solo esa imagen, con aquel fugaz, débil y ya airoso efluvio.

Abril optó por relajarse, callar sus pensamientos y dejar que las cosas corran su camino, en forma natural. Si bien podía emular esta forma de sentirse por unos minutos, su cabeza, y tal vez el alcohol también, la traicionaban de un modo un tanto gracioso. De alguna manera, podía ir de un extremo al otro, del blanco al negro, sin pasar si quiera por algún tipo de gris que la neutralizara. Para acallar su mente y dejar de pensar como se lo iba a cruzar, si estaba bonita, si había elegido un buen atuendo y todas esas cosas que corrían por su mente, se apropió del momento. Fue con sus amigas, y luego de un pensado mas aleatorio trayecto exclamó: “Chicas, ¿hacemos unos shots de algo? Creo que vi tequila por ahí… ¿Se prenden?”. Sorprendidas de volver a verla, las tres dieron una respuesta unánime. Tomaron esos raros primos lejanos de las botellas, pequeños y pintorescos vasitos de shot, los cuales el anfitrión tan amablemente había puesto a servicio público, a pesar de que en el aire, se sentía venir un rapto revolucionario. Algún país, en el trayecto de la noche, sería víctima de un veloz y pegajoso secuestro de bolsillo. Algún amigo de un amigo de un amigo, sin mucho de respeto en su haber. Abril detestaba ese tipo de personas. Ella entendía que eran souvenirs de múltiples y lejanos destinos, que habían sido exquisitamente seleccionados, exportados, transportados con el más delicado cuidado posiblemente adentro de una media con algodón en la valija de mamá dueña de casa, entre otras chucherías, creando evidencia y preciados recuerdos de la historia familiar; solo para que terminen como un polvoriento y olvidado trofeo de guerra de algún infeliz. Si iban a ser destituidos, marginados y bañados en polvo, ella iba a darle el último baile decente a esa porcelana. Luego de besar mojada y artificialmente entre su dedo pulgar e índice, le dio vida a una espolvoreada y pequeña sierra de sal. Con su otra mano, alcanzó una cítrica rodaja del color del Sol. Tomó prestado el rojo, blanco y verde con arena, palmeras, un diminuto personaje con espectacular sombrero y unos desproporcionados bigotes. Tenía cara de Elmer. También se leía en divertida y colorida tipografía “¡Viva México cabrones!”. Después de alzar sus colores junto a otras potencias vacacionales; mojando sus labios en la sal y queriendo complacer a su nuevo amigo de caricatura, exclamó su slogan como grito de batalla, con una actitud y frescura tan peculiar como solo ella podía darle a estos momentos. Se soltaron las risas nerviosas, callaron y de un latigazo sintió el calor, el ardor y esa explosión que le hacía acordar a otros tan gratos momentos de su vida, seguido por un estruendo de sabor ácido en su boca. Reían y se abrazaban entre ellas, con una camaradería mujeril digna de ser apreciada por el quinto vasito soviético que descansaba en la mesa.

- Dale, no seas cagón. Ponéle más. –decía Nahuel mientras uno de sus amigos le armaba un trago en la cocina, donde estaban reunidos, como un mini club anti algo, la resistance-.

Tenían hielo, sus propias bebidas, vasos plásticos a disposición, hablaban, fumaban, y la música entraba por la segunda puerta. Veían desfilar a torpes chicas perdidas, o yendo a buscar cosas absurdas para ellos, como servilletas o un destapador, y allí aprovechaban el momento para invitarlas a su mundo. Y así fue que Fran, con su inigualable y carismática elocuencia, al cabo de unos minutos, supo cortejar a un frenético grupo que pasaba por la ventana del fregadero. Minutos después, armó alguna especie de drinking game en la isla y mixtas risas dieron vida a la residencia de metálicos artefactos, repasadores, frutas, platos, cubiertos, una licuadora y una espumosa esponja; todos ellos desacostumbrados a ese jolgorio. Conversaban, jugaban, gritaban, tomaban y entraban en calor. Razón por la cual Nahuel se desprendió de su campera de cuero, razón por la cual se creó la excusa perfecta para que una de las rubias que ya lo había visto entrar desde el fondo, y ya a su lado, le preguntara por el tatuaje en su brazo izquierdo. Dejándose llevar y un poco entonada mientras jugaba a ser detective, se lazó a examinarlo pausadamente con la yema de los dedos. Tenía un águila sobre un ancla, al estilo de la vieja escuela. Ella le pregunto el significado. Él no se lo explico, porque no tenía sentido hacerlo. Con gracia, cortesía y sutileza, siguió jugando, mientras su amigo Fran, que había sido testigo de esta situación desde el otro lado de la isla, lo miraba sonriente, susurrando y gesticulando pronunciadamente, “Sos un pe-lo-tu-do”. Y le volvía a sonreír, hasta que esta se perdía en un líquido anaranjado. Nahuel se reía también, bajando la mirada, sin que ella lo notara, tapándose la risa mientras tomaba un sorbo y continuaba el juego. Ella no entendía nada. Siguió jugando, olvidada pero entretenida. Sin embargo, su cabellera no la privó de darse cuenta que, posiblemente, ese tatuaje esperaba ser acariciado por otras yemas, y por otros labios también.

A medida que la noche avanzaba, el tiempo parecía alentarse por momentos y cuando era olvidado, se adelantaba, corría hasta ser casi inalcanzable. Aquí cada uno podía fugarse de la rutina, de los correos electrónicos, de los teléfonos con cordón, de la corbata, de las prendas formales, de los jefes incomprensivos de la generación Y; de lo mismo de siempre. Cada uno se veía reflejado en el otro. Los ojos que se cruzaban, compartían el brillo de viernes. De música, de bebida, de viejos amigos, de nuevos amigos, de puchos, de manchas en remeras blancas, de cenizas espolvorizas, de carcajadas, de olor a juventud, y los pelos revueltos del encuentro fugaz sobre un rincón. Sin nombre, sin apellido. Pero con sensación efervescente, como si aquel momento fuese a durar para siempre.

Luego de estar considerable tiempo divirtiéndose en esa cocina, su cuerpo necesitaba de una atención casi inmediata. Por eso, raptó la campera, le dio un último, forzado e intenso sorbo a su compañero y partió. Mientras esperaba a dos chicas delante de él, se entretuvo navegando y re-leyendo algunas conversaciones. Era lindo ver esos jajajaja, las caritas sonrientes y los 3 monos sabios enredado sus colas en conversaciones con doble sentido. Escuchar su voz al oído. Ahora lo que se hablaba no tenía ningún sentido. Solo lo tenía para él. Sonriendo ante una pantalla apenas viva, entró a esa pequeña y privada habitación, en donde no estuvo más que el tiempo necesario. Inquieto, aburrido y buscando la sorpresa, se dispuso a caminar; a perderse entre la gente para encontrarse. Sumergió su brazo en un barril azul de una esquina, buscando una capsula de vidrio tan fría, como amarga y burbujeante. La giró, la destapó con decisión y se dirigió a tomar un poco de aire al jardín. Las conversaciones subían en la galería, la música no llegaba a sonar tan fuerte como adentro. Finamente iluminada con otro par de lucecitas blancas suspendidas de un tirante de madera; albergaba plantas y cactus, algunos muebles de exterior oscuros con almohadones, adornos rústicos, velitas, iluminación de paisajista y al fondo se distinguía una cristalina pileta rectangular. Se alejó de esto. Se acercó a lo otro. La luz de proyectores subacuáticos, atrapada en aguas turquesas, ahora se reflejaba en su rostro. En cuclillas, apoyó el porrón y entró en contacto con ella. La reconocía como la esencia de la vida y allí había toneladas. Masajeaban sus dedos y los suyos bailaban en aquella sustancia. Un fenómeno simple, sin embargo digno de ser apreciado: majestuoso. Volvió a pararse. Tomó un sorbo por el cuello, levantó la vista, y mientras contemplaba el espacio mismo, sacó una cajilla de cigarrillos, la sacudió para levantar algunos. Tres ejemplares se acomodaron como en un podio, tomó al ganador con los labios, los guardó y escarbó en su bolsillo izquierdo. Su cara se iluminaba en forma esporádica por una chispa que quería ser fuego, hasta que lo fue. Inhaló y con el vicio en la boca ya humeando, guardó el iniciador de ritual. Con sus manos ocupadas y con ojos pensativos, se quedó estudiando la luna llena. Es que desde hace no mucho, le agradaba examinar sus hoyuelos.

Al consumir esa amistad tóxica, que opaca los gustos hasta el día siguiente, y con su cerveza por la mitad, se dispuso volver hacia la casa. Se entretuvo observando la llamarada de unas antorchas de citronella, a unos metros de donde estaba. Desde su casi silenciosa perspectiva, podía ver toda la fiesta. Era un hermoso cambalache, con sus sonidos, sus colores y sus personajes dándole vida. Le gustaba tomar conciencia de estos, de aquellos momentos, en donde de estar tan presente, uno se olvida de captarlos, por miedo a que se pierdan. Ese ejercicio, esa pausa mental que practicaba y dominaba de alguna manera, siempre le hacía agradecer lo que estaba viviendo. Descubría las cosas con otro tinte.

Ya acercándose hacía la galería, se volvía a sentir el murmullo, los ritmos eufóricos, los aromas cercanos y había uno que conocía muy bien, que bailaba en el aire. Una estela de embobamiento, un soplo que valía la pena atrapar. Confundido, dejó la botella ya vacía en la mesa de alquimia y empezó a dar vueltas a su alrededor, sobre sí mismo. Poco sabía él que a sus espaldas, a unos metros, a escasos segundos de distancia; unas cintitas pasaron por su lado. Un cabello sedoso, largo, castaño, siendo marco de una tierna mirada, y una sonrisa que no alcanzó a ver pero bien conocía. Supo evocarla más de una vez. Se dio vuelta y siguió sus caderas, su espalda escotada con la vista, con aire calmado como de francotirador. La veía a Victoria también, bailando y riendo, tomando un sorbo del vaso de ella. Descansaban sobre una pintoresca y campestre barra, a un extremo de la galería. Allí ardía un fuego de cortesía. Una intensa luz anaranjada, amarillenta, que hipnotizaba y relucía sombras. Y que también tenía el poder de abrazar tus manos. Seguía el ritmo, y decidió destapar otra cerveza. Esta vez, una de las que yacían en un pequeño balde repleto de hielos, en la mesa que enfrentaba. Eligió una. Su palma y sus dedos se helaron. La desenroscó, seguido de un agudo suspiro de burbujas. Reposó sus labios en ella y en forma pausada, con los ojos cerrados, dejó verter aquel glacial néctar dorado. Dos tragos solamente. La bajó, secó su boca con su otra mano y caminó decidido entre la gente hacia el grupo de chicas, hacia ella. Mientras se iba acercando, era víctima de aquella sensación que se genera cuando se espera un momento, y sucede. Escuchaba conversaciones perdidas, murmullos de la gente a su alrededor que se iban alternando con otros, muriendo y naciendo paso a paso. Abril estaba conversando con Victoria, cara a cara, y de espaldas a la gente. Cuando esa campera se encontraba a escasos metros de distancia, Victoria corrió la mirada de su amiga, para ver sobre el hombro de esta. Sorprendida, contenta. Nahuel tomó otro trago como de reflejo al hacer contacto con Victoria, tal vez de nervioso, tal vez de confiado.

¿Me estas escuchando boluda? — le dijo Abril a su amiga. Ella callaba con una expresión pícara en su rostro, expectante al momento. Con sus ojos abiertos como los de un búho, y exhalando un respiro de un tirón. Es que Nahuel para ese entonces ya estaba atrás suyo.

“Me parece que no…” susurraron a su oído. Pensaba que era algún otro oportunista, eterno pescador de momentos. Mientras ella volteaba, y su cabellera tomaba un suave vuelo, sentía las notas de madera y ébano. Tal vez un oportunista con buen gusto. Para su alegre asombro, era más que eso. Las chispeantes miradas se volvieron a encontrar y este fenómeno siempre los hacia sonreír como dos tontos, a los dos. Unas chicas desconocidas se quedaron observando este fenómeno, ideando, imaginando, recordando sus historias. Queriendo en el fondo, eso. Abril sintió algo en su pecho.

- ¡Hola! –dijo Abril, sonriendo, radiante. Su voz era tierna y dulce, mientras alargaba la última vocal-.

- ¿Cómo estas Abi? –contestó Nahuel, relajado y encantado-.

- ¡Bien! ¿Y vos?

- ¡Re bien! ¿Qué onda esta fiesta? Veo que ya la activaste… –le dijo Nahuel, señalando con su mirada el vaso medio lleno que Abril sostenía en sus manos-.

- ¡Jajaja! Sí. –comentó ella- ¡Y eso que te perdiste los shots! Aunque vos sos medio flojito para esas cosas… -contestó, con sonrisa provocadora-.

- ¡Ah bue! ¿Ahora yo soy el flojito? Jajaja. Sos tremenda…

Hablaban sobre momentos compartidos, como la última vez en donde se habían visto, en aquel bar porteño un miércoles a la noche, rústico, con onda, de cervezas y piqueos. Hablaban también de conversaciones entre teclas a la distancia, incluyendo cada tanto algún que otro chiste de a dos. Reían, tomaban de su vaso y respectiva botella, pero se embriagaban de algo distinto: del uno con el otro. Cada tanto, aprovechando alguna burla, ella tocaba su brazo y él le hacía unas cosquillas juguetonas, con cierta distancia socialmente aceptable para el grupo de chicas que pispiaban todavía, casi celosas y de reojo. Los dos sentían un fuego, una electricidad inesperada con ese tipo de tacto indirecto. Sin embargo, lo percibían como el desenlace de una larga espera. Ansiaban al otro. Algo así les había pasado a la salida del bar, en una pintoresca esquina bonaerense. Allí fluyó el deseado primer beso, con sus ganas ahora desnudas ante una ciudad que descansa con un ojo abierto. Rítmico, pausado e intenso. De ida y vuelta. Mezclaban sus sabores, sus alientos, sus aromas y sus lenguas. Las manos de él se entrelazaban en la nuca de ella. Con su otra mano, rodeaba su cintura y la acercaba con delicadeza. Ella lo abrazaba, cruzando y reposando sus brazos en los hombros de él. Fundían sus labios en un baile carnal y sedoso, inmoderadamente delicioso. Luego de unos segundos, lo dejaron ir ante uno de varios taxis que pasaron por la esquina. Con una esponjosa mordida deseadora de más, se despidieron para volver a encontrarse en letritas y dibujitos, casi una hora después. Ella había llegado bien y le hacía saber que lindo la había pasado. La habían pasado. Había pasado.

Mientras disfrutaban el reencuentro, se acercó Victoria, esperando que su amiga la introdujera, sacando a flote su lado cholulo. Se saludaron con un beso en la mejilla y en forma amigable conversaron, mientras Abril hablaba de costado con otra amiga, estando un poco en las dos conversaciones.

- ¿Así que vos sos la famosa Victoria?

- Jajaja, sí. –sonrió ella- Podría decir entonces que vos sos el famoso Nahuel…-le dijo en forma desafiante-.

- El mismo, ¡Quiero suponer! Jaja. Me hablaron muy bien de vos.

- ¡Obvio! Si tengo a la mejor amiga del mundo –exclamó Victoria, interrumpiendo, abrazando del cuello y dándole un fuerte beso a su amiga, en su pómulo izquierdo- ¿Con quién viniste? -le preguntó-.

- Con unos amigos. Estaban en la cocina hace un rato, no sé si seguirán ahí –informó Nahuel-.

- Ah sí. Creo que me los crucé en un momento que iba para el baño, si es que eran ellos. Un tal Francisco me indicó como llegar. Buena onda.

Se le escapó una risita cómplice con este comentario. Es que tanto él como su amigo ya conocían por foto a Victoria, haciendo trabajo fino en el mundo de las redes sociales. Siguieron charlando sobre trivialidades, y en un momento él sintió una mano en su hombro, seguido de un “¿Dónde estabas man?”. Era su amigo, de letra F. Efe de fiesta. Decidido a exiliarse del cuarto culinario, buscaba exaltación nocturna. Reconoció a las dos chicas. A la rubia y a la morocha. Nahuel lo introdujo, presentándolo cordialmente, aunque no era necesario con las dos. Mientras los cuatro reían entre sí, iban forjando algún tipo de vínculo. Al sentir esto, Fran no tardó en proponer si estaban de ánimos para hacer unos shots de algo. Es que, en la búsqueda de su amigo, se topó con este ritual algo desafiante, al ver un grupo de gente practicándolo. Victoria se sentía frenética. Nahuel divertido. Y Abril, con ganas de dejarse llevar por sus instintos. En fila india, caminaban y bailaban. Victoria movía su cabeza con ritmo y gracia, mientras Fran la sujetaba de los hombros, sutilmente masajeándolos. Abril los seguía, desplazando su cadera de un lado a otro, y Nahuel con sus manos reposando en esta, se dejaba llevar. Luego de un breve momento, ya se encontraban en aquella ya conocida mesa. Fran tomó el mexicano, el ruso, el cubano y el yankee. La primera en fila, acomodándose con su mano libre un rubio mechón detrás de su oreja, vertía un líquido dorado y de fuerte bálsamo. Terminando con los preparativos de limones y sal, Abril giró en sentido a Nahuel, a quien tenía de espaldas, y viéndolo desde abajo, le sonrió con ternura; una ternura mezclada con ansiedad de compartir este ritual con él. Vertieron la sal, tomaron sus rodajas. Se repartieron los vasitos. Ella iba a estrenar al ruso observador. No podía fallarle. Al estribillo de una verde banda americana de alto voltaje, y entre animadas pero nerviosas risas, alzaron cada uno su bandera. “¿Por qué brindamos?” dijo Fran. Decidida, Abril sin pensar contestó “¡Por lo que tenga que ser!”. Sonrieron los cuatro, en una hermosa complicidad. Al grito de batalla de Victoria, tras mojar y convertir sus labios salados, abrieron sus gargantas y aquel líquido tostado cruzó por ellas sin pedir permiso. Con una expresión de acidez, ahora terminando de morderlos, respiraron con intensidad, con sus ojos bien abiertos y sintiendo el calor en su pecho. Para ese entonces, sonaba a un volumen aún más intenso uno de sus temas preferidos, con los que se sentía identificada. Tema de su lista TGIF. Con un bajo penetrante, una banda de rock australiana de tres letras, le hacía preguntar si ella iba a ser su chica. Dejaron los vasitos en la mesa, Abril tomó a Victoria de la mano y la remolcó enérgicamente hacia adentro de la casa. En un acto reflejo, ella tomó a Fran y él a Nahuel. Fueron corriendo en una forma de trencito alocado, tratando de alcanzar los pasos del otro. Entraron atrevidamente a la pista. Solo podían escucharse si hablaban al oído. Fran fue en línea recta hacia Victoria y bailaban con ganas, cerca el uno del otro. Y sus manos empezaban a tomar protagonismo. Abril estaba en el medio de la pista, cantando, levantando sus brazos, moviendo todo su cuerpo, y también expectante. Nahuel cruzó para encontrarla. Entre luces, cuerpos, fervor y ruido, chocaron sus miradas. No podía evitar que sus ojos se anclaran por momentos en su boca. Se magnetizaba con sus labios, palpando y saboreando cada milímetro con su mente. Se tildaba con ella, con tenerla tan cerca. Abril le indicó con el dedo índice que se aproxime un poco más, frotándose el labio contra su otra mano, como sacándose algo. Le hablo fuerte al oído.

- ¿A vos también te pica el labio? -le decía, haciendo referencia al rito del cual acababan de ser parte; con un baile más pausado-.

Sin pensarlo, Nahuel la tomó por la cintura para acercarla aún más. Y para escuchar mejor.

- No, cero –contestó a su oído– pero tal vez con esto se te pase…

Se alejó de su escucha, y se dirigió directamente hacia su boca con un apasionado, riguroso y fogoso beso. Mientras sujetaba su cintura con una mano y su nuca con la otra, perdidos entre sí, Abril volvió a sentir. A sentir todo aquello en lo que no podía dejar de pensar al subirse al taxi. Experimentó una versión aún más intensa, del mismo terremoto en su cuello y en sus pies. Un cosquilleo, un dulce vértigo; seguido de sensaciones que no entendía muy bien. No lograba comprender, dado que sus sentidos más humanos habían sido saboteados. Su mente se desconocía de esas corazonadas, y estas de su mente. Solo algo era claro. Este hechizo le encantaba. Y el hechizador también.

CONTINUARÁ