Flor junto a la carretera en Lourdes

Cracovia 2016: Jornada Mundial de la Juventud. Día 1

Diario Póstumo

He querido compartir aquí la experiencia que ha supuesto para mí un viaje inolvidable. Para aquellos que no saben lo que es la JMJ: se trata de un encuentro multitudinario de jóvenes de todo el mundo con el Papa(las cifras se asistencia tienen una media cercana a los 2 millones de personas). El encuentro se realiza cada 3 años aproximadamente, en distintos países.
Por supuesto una de las mejores partes fue la relación personal con muchos de mis compañeros de viaje: pido disculpas si no nombro a alguno, o parezco olvidar algún momento especial, pero hay cosas que me guardo para mí. Por ello me voy a centrar en eventos concretos, y no voy a hablar sobre si me llevé más con este u otro, aunque todos resultaron ser gente excepcional.

Mi JMJ comenzó meses atrás: aunque se trataba de un plan al que deseaba acudir con todas mis fuerzas, decenas de razones materiales y personales en principio me impedían asistir. Sin embargo, a partir de febrero conseguí una beca en la universidad, y el resto de asuntos cambiaron de una forma u otra, con lo que decidí finalmente incorporarme al plan que unos amigos estaban montando, ofreciéndoles mi ayuda. 
La idea original (al menos la que se me propuso a mi) partía de un autobús y cerca de 60 personas, pero pronto se vieron obligados a abrir otro autobús, dada la cantidad de solicitudes, y aún se llegó a abrir un tercero.
Recuerdo el último mes, en el que existía cierta preocupación por conseguir llenar el tercer autobús, ya que la cosa parecía haberse estancado, y no podíamos echarnos atrás pues había inscrita más gente de la que podíamos llevar solo en dos buses. Aquellos días no hacíamos otra cosa que preguntar a todo aquel que conocíamos si estaba interesado en el que sería uno de los viajes más baratos de España a la JMJ, aunque es cierto que eso fue también gracias a que algunos pusieron un poco más de dinero, por aquellos que no podían permitirse el viaje. Por suerte teníamos claro que lo importante era acercar esa experiencia, a Cristo en definitiva, a todos cuantos pudiésemos.
La Providencia jugó su papel, como tantas veces había hecho en otras peregrinaciones que habíamos montado, y cuando ya habíamos cerrado oficialmente la inscripción y apenas quedaban unos pocos días para que la cerrase la propia organización de la JMJ, no solo se llenaron las plazas, sino que se apuntó aún más gente (¿alguien dijo panes y peces?).
El resto fue esperar a que llegara el momento, una reunión informativa, recibir los e-mails que con tanto cariño nos preparaba Pablo Santana, y esperar más aún, durante un interminable periodo de dos meses de exámenes agobiantes— sin grandes resultados me temo— en el que lo único que quería era que llegara ya el día de partida.

Día 1: Lourdes

Un último mensaje de Juan Ignacio Gaya me recuerda que debo estar media hora antes de la hora de salida en el parking del Santiago Bernabeu.

Gracias, Juan, yo también te quiero.

Por suerte había convencido a mi padre de que me llevara a esa hora, ahorrándome infinidad de problemas logísticos, pero eso no evitaba tener que levantarme a las 3:45 de la mañana. Por supuesto la maleta no la terminé hasta el último minuto, marca de la casa.

Y allí llegué para encontrarme con unas cinco personas, con las que esperé a que llegaran el resto: casi 160, algunos de los cuales venían ya desde Sevilla y que habían dormido en el colegio Maravillas, que amablemente nos prestó sus instalaciones.
Un buen rato después ya teníamos los tres autobuses, muchos peregrinos con cara cansada — pero contentos pese a la hora— y otros tantos padres preocupados. A mí me tocó el autobús 1, el de los “mayores”, así que me aseguré de que entraran todos tras meter las mochilas y dio comienzo la aventura. 
No, espera, aún faltaban dos más: Teje, que se había empeñado en cambiarse de autobús para ir con sus amigas —luego se cambiarían todas de bus: ¡gracias por facilitarnos la organización!— y José Antonio que llegaba tarde. Ahora sí.

La primera fase, como siempre, consistía en las presentaciones, que nunca entenderé por qué a algunos les resultan tan difíciles. Es una de mis partes del viaje favoritas, porque ahí tienes el primer contacto con mucha gente, y escuchas los nombres que tendrás que preguntar veinte veces más. También resulta interesante porque ves la gran variedad de personas que comparten el viaje contigo y lo que les parece más relevante para definirse. 
Como anécdota mencionar que Teje creía haberse librado de presentarse, pero una vez terminada la ronda de presentaciones aseguré que había “un intruso” en el autobús, que no tardé en señalar. Aquí no se libra nadie. 
El que más me sorprendió de todos fue Miguel, estudiante de Dirección de Cocina. Nota mental: promete buenas comidas, no perder el contacto.
El balance: muchos telecos y muchas farmacéuticas (de la complutense).

Después poco tardó la gente en dormirse, aunque aún hubo momentos para hablar: cerca tenía a Marta Garau, Pablo Santana delante… Bueno, tampoco voy a nombrar todo el autobús: de los más cercanos destaco a Marta Bravo cuyo padre es mago también, pese a lo cual logré impresionarla con efectos que no había visto.

Primera parada, Zaragoza. Siempre es un placer empezar un viaje en esta ciudad, más aún cuando se celebraba el día del Apostol Santiago: en este caso teníamos que recoger a los de Barcelona, Don José incluido. A algunos ya los conocía de la Javierada y el resto me cayeron igual de bien — hay que reconocer que traemos lo mejor de España— . Estuvimos allí un rato viendo la inmensa catedral y repartimos unas cuantas medidas del pilar. El grupo final lo conformábamos españoles de toda la península: Andalucía, Madrid, Murcia, Cataluña, País Vasco, Asturias, Castilla y León… Incluido Juan José, herido en acto de servicio. Y con representación internacional de Argentina, Colombia, Ecuador y Mexico. Nuestro autobús no resultó ser el más animado los primeros días — según Marta era el de los jubilados— , pese a que teníamos a una buena parte de los sevillanos, incluidas Carmina y Cristina (si ellas no la lían no sé quién lo iba a hacer) y Juan Antonio con la guitarra, que nos enseñó a todos la canción que había compuesto para el grupo. Los mexicanos levantaron los ánimos un poco más, pero el cansancio se impuso por goleada.
Después más autobús hasta la frontera, en un pueblecillo cerca de Jaca cuyo nombre no recuerdo, donde nos detuvimos a comer. Lo más “interesante” es que todo parecía cerrado así que cuando dimos con un bar os podéis imaginar lo concurrido que estuvo el baño hasta el último minuto. Creo que podría contar con una mano los que no lo usaron. Se que muchos guardáis un grato recuerdo de aquello ;)

Pero sigamos el viaje: nos quedaba Lourdes, que tardó bastante en llegar — me alegré mucho cuando vi el santuario desde la ventana — . Ya atardecía cuando dejamos el autobús en el camping, donde muchos descubrieron por primera vez las condiciones habituales en las que viviríamos, con las primeras letrinas. Recogimos las cosas y fuimos hasta nuestra zona asignada, dividida en dos prados de hierba, uno de ellos parcialmente ocupado por unos franceses entre los cuales un cura con muy mala leche que insistió en que no íbamos a acampar en “su” zona (gracias Miriam por la traducción). Me hizo mucha gracia, porque con la actitud que llevaba y siendo como somos podíamos haber acampado todos rodeando su tienda y dejar vacío el otro prado. Pero como en el fondo no somos mala gente y no queríamos molestar nos ajustamos al terreno de que disponíamos. También exigió que no hiciésemos ruido a partir de las 22:00: se ve que no había visto a muchos españoles en su vida el pobre.
Allí montamos las tiendas por primera vez, algo que tendríamos que hacer más veces de las que hubiéramos querido en el futuro.

Tras cenar tocaba bajar a la procesión de las antorchas, a la que yo no pude asistir por estar indispuesto(ya sé que estos detalles os interesan especialmente). Me quedé ayudando a limpiar las cosas de la cena — macarrones carbonara, sandía de postre — , con Liberto, Santi y Ferrán, para bajar después, cuando me encontraba mejor. Llegué justo al final de la procesión y me dio tiempo a aparecer en la foto y llenar la cantimplora de agua de allí antes de la misa.
Fue una misa muy bonita, en la que comenzamos a cantar “pescador de hombres” durante la comunión, que resultaba demasiado silenciosa para la cantidad de gente que había. Al final Pablo Santana trató de nuevo de arrancar a cantar, pero se le adelantaron los franceses. Por último, cómo no, “Salve Regina” a nuestra Madre. 
Vuelta al campamento y al saco. Afortunadamente me tocaron unos buenos compañeros de tienda, cosa que no puedo decir de algunos vecinos, que creían que la tela de las tiendas aislaba el sonido completamente; no creo que quisieran que oyera su conversación, pero aparte de molesto tuvo puntos graciosos. Lo que no fue gracioso era la guitarrita o el ukelele que alguien decidió que era buen momento para tocar, supongo que equivocado también sobre las propiedades insonoras de la lona.
¿Lo más memorable de aquella noche? No oí a Xicu roncar, con lo cual lo que más temíamos nos pilló lejos. La primera victoria del equipo K.