Lago de Constanza desde el puente, Lindau.

Cracovia 2016: Jornada Mundial de la Juventud. Día 3

Diario Póstumo

Lindau

Ya tres días, a mí me parecía mas, pero no porque se me hiciese largo, sino porque tenía la sensación de conocer a la gente de toda la vida. Es una de las cosas que me gusta de las peregrinaciones, pero especialmente en esta. Hace tiempo que aprendí a no tener vergüenza de nada, a algunos les viene de serie, pero yo hasta hace unos años era bastante(más) reservado y vergonzoso, así que cuando no lo soy es porque me empeño; en este caso no me hizo falta esforzarme. Creo que todos teníamos claro el ambiente al que veníamos, y yo personalmente me sentía en familia desde el principio, y como pudisteis comprobar me aseguré de decir siempre cada tontería que se me ocurría — de nada chicos.

Después de este pequeño preludio que no sé a qué venía, continúo con el esperado relato. 
Este fue quizá el día mas imprevisible y el que menos se parece a ninguno de los de la mayoría de mis compañeros, pero también fue uno de los más interesantes y una experiencia inolvidable. Así que si esperáis rememorar vuestro viaje, podéis saltar a los últimos párrafos, porque aquí detallaré asuntos muy turbios, quizá no adecuados para todos los públicos. Agárrense los machos que vienen curvas — literalmente.

Esta vez me desperté yo antes que Ignasi, con la intención de encargarme personalmente de despertar a la gente a mi manera, pero como quedaba un poco para la hora esperé hablando con Jose Antonio, no iba a ser tan capullo de despertar antes a la gente. En eso se me adelantaron Andrés e Ignasi y cuando me quise dar cuenta tomaron el altavoz, dejándome sin diversión.

Tremendamente decepcionado terminé de recoger las cosas (la tienda no, que yo era el jefe del equipo K y eso es cosa de subordinados) y esperé a que el resto del pelotón estuviese listo para bajar. No se si recordáis la vuelta que había que hacer, y luego la pequeña cuesta hasta el punto de recogida — la foto que encabeza el relato del día 2 la hice justo antes de alcanzar los buses — yo la recuerdo especialmente porque alguien me hizo ver que Carmen CM (a ver si ponéis bien vuestros nombres en facebook, leñe) llevaba una bolsa especialmente pesada y difícil de transportar. Desafortunadamente, como soy un perfecto caballero — ademas de enormemente apuesto y humilde — decidí ayudarla. Así que cargué con su bolsa y recorrí aquel camino hasta el autobús. Ahí llegó el primer imprevisto, divertidísimo:

“Pablo, ¿te importa conducir la furgoneta para que descansen Santi y Liberto? Es que Santa y Agustín no tienen el carné.”

La otra cara de la JMJ

En mi casa hay una norma: si quieres que se haga algo avisa un día antes o te aguantas. Pero al igual que en mi casa, cuando hay que pringar hay que pringar, o las cosas no salen. Y no es que me preocupara especialmente haber tenido que cargar con las bolsas hasta los autobuses cuando podía haberme quedado tan pancho allí, ni el hecho de coger una furgoneta por primera vez en mi vida y tener que recorrer cientos de kilómetros y no haberme ido a dormir un poco antes para estar descansado, o no poder estar de parranda en el autobús con la gente, que es casi lo que mas me gustaba, sino que cada día en Madrid hago unos 90 km, más a veces, para desplazarme hasta la universidad, con lo que conducir en vacaciones no me hace mucha gracia. Pero decidí mirar el lado positivo y verlo como una nueva experiencia.

Otra vez camino abajo camino arriba, en ese orden, al menos sin mochilas. Allí quedaba la furgoneta y mis dos copilotos: Javier Santamaría y Agustín “Guapinski”, sin los cuales, aparte de un soberano “peñazo”, jamás lo habría conseguido. 
Y llegamos a la segunda sorpresa.

Lamentablemente no conservo ni una sola foto de este mítico viaje, pero os he hecho este dibujo con Paint para que os hagáis una idea exacta.

No solo quedaban algunas cosillas por recoger, sino que el interior de la furgoneta estaba hecho un caos absoluto que yo creo que no se terminó de arreglar hasta Viena. Pero había que complicar un poquito más las cosas: los autobuses salían ya y nosotros debíamos estar en Lindau mucho antes para comprar el postre(nunca llegó a comprarse) y ver dónde comer y, con suerte, bañarnos. Recogimos de aquella manera todo lo que había quedado fuera de la furgoneta, y después nos dispusimos a meter las cajas con la comida: cada ración consistía en una bolsa con dos sándwiches preparados el día anterior con mucho cariño y un zumo. También las recuerdo muy bien porque cuando fuimos a meter las cajas, que casi no cabían ya, tuvimos que jugar al tetris para lograr que no volcaran. Por supuesto volcaron.

Debido a un error de cálculos todas las bolsas estaban abiertas — nota mental: dar curso de cerrar bolsas la próxima vez que los encargados de cocina monten sándwiches — Y por supuesto las bolsas se cayeron y los sándwiches se salieron, ya lo advertía Murphy. Extrajimos las cajas tratando de evitar que más sándwiches cayeran. MAL: las cajas, que habían pasado la noche fuera, estaban comidas por la humedad del rocío, así que se rompían al moverlas. Metimos los emparedados — ¿o creíais que no sé cómo los llaman al otro lado del mar? — a toda prisa en las bolsas de las que se habían salido (más o menos) y las cerramos una a una, mientras 167 personas dormían tranquilamente en su autobús, rumbo a Lindau.

Con todo dentro por fin, y la alegría en el cuerpo por haber podido dedicar cuarenta minutos más a recoger cosas y reembolsar la comida, comenzaba nuestra aventura personal, con un solo objetivo: adelantar al autobús y llegar a Lindau mucho antes, evitando multas de velocidad — en unos meses veremos cómo salió lo último.

Pero no acaba ahí la cosa porque a nosotros nos van los retos, así que por alguna extraña razón que desconozco, aparte de llegar antes que el autobús, teníamos que hacerlo por un camino más largo. 
Para que os hagáis una idea aquí tenéis en azul el recorrido del autobús:

549 kilómetros, pasando por Ginebra, frente a los 612 del recorrido que veis en gris más arriba, entrando en Suiza por Basilea. Por supuesto este último es el que hicimos.

He de reconocer que la furgoneta no era tan complicada de manejar, se notaba especialmente en las curvas, en las frenadas (tardaba más en frenar debido al peso) y en lo mal que subía las cuestas. Por lo demás era bastante cómoda, y el cristal dejaba ver el paisaje de maravilla. A lo largo del recorrido solo nos detuvimos una vez unos minutos para tomar un café y desayunar algo y para repostar. Por cierto que un grupo de españoles se pensaron que eramos del Opus Dei, por esto de que íbamos solo hombres. Ah, y en la frontera también nos detuvimos, como vereis…

Antes de proseguir debo dar un aviso por cuestiones legales, de confidencialidad y de sensibilidad de algunas personas: 
Dramatización, puede que no ocurriera exactamente así.

Creíamos que la falta de vasos que habíamos sufrido en la máquina de café sería el peor contratiempo, pero como podéis recordar las cosas andaban un poco turbias en Europa por el activo terrorismo islámico, y Suiza técnicamente no forma parte de la Unión Europea. Os podéis imaginar lo que sucede cuando tres hombres apuestos y decididos, tratan de atravesar la frontera en tales circunstancias.

Debo reconocer que mi aspecto puede presentar alguna similitud lejana con un príncipe moro, más con barba incipiente, y que Agustín quizá sea algo moreno, y por supuesto Santa por suizo precisamente no pasa.

Definitely NOT terrorists

Pero pese a esos nimios detalles, no entiendo qué pudo hacer desconfiar al tipo de la aduana que nos miraba receloso. ¿Tan sospechoso resulta que tres hombres de entre 20 y 31 años pasen de Francia a Suiza en una furgoneta de alquiler llena de extrañas cajas y herramientas desorganizadas, bidones con líquidos y botes de plástico rellenos de — supuestamente — azúcar, colacao y café, además de varias bombonas de gas? Pues es posible que para la policía suiza la respuesta sea: sí. 
Tampoco ayudó que justo cuando bajaba la ventanilla para hablar con el guardia Santa mirase a lo lejos y dijera atropelladamente: «¡Hala, un bar!»*

Ver el capítulo de Los Simpson en el que “Homero”(léase en latino) y Apu atraviesan la frontera de Canadá.

A partir de ahí no recuerdo bien los detalles: largas horas de interrogatorio por separado, focos en la oscuridad, diálogos en alemán, golpes en los barrotes de la celda… La única conversación que recuerdo debió ser algo así:
 — ¡Vamos, habla! ¿Dónde escondéis las armas?
 — Ya le he dicho que no tenemos nada.
 — No te andes con juegos, podemos desmontar la furgoneta pieza a pieza si queremos. Si no he dado ya la orden es porque a mis hombres les da pereza sacar toda esa mierda. ¿A qué célula pertenecéis?
 — Ché, boludo, ¿no ve que no somos musulmanes? — intervino Agustín.
 — ¿Y ese por qué habla raro?
 — Porque es argentino, joder.
 — Ya… así que en realidad sois de una red de trafico de personas. No lo niegues, todos esos bocatas son para alimentar a cientos de emigrantes ilegales. Lo sabemos todo, sabemos el piso en el que los ocultáis. 
 — ¡Pero si ya le hemos explicado que vamos a la JMJ!
 — A la J M… — dijo tras escupir el café —¡¡Maldita sea, queréis atentar contra el Papa!!

Pero aún había esperanza.
El que parecía ser el comisario jefe tenía una debilidad: los rabanitos. Tras insistirle reiteradamente conseguimos convencerlo de que a la vuelta le traeríamos varias bolsas de contrabando. El iluso no sospechaba que me las quedaría todas para mí. El caso es que gracias a este incidente tuvimos que regresar por otro lado a España, y pudimos ver Viena y Venecia.

Disfrutando de que por fin eramos libres para seguir hacinados conduciendo durante horas, compramos la pegatina del peaje que nos permitía recorrer las carreteras de Suiza libremente por un año. No, no había para menos días, de verdad. Tras ello atravesamos el eterno país neutral hasta la frontera con Austria.

De nuevo me detengo para mencionar otro de los contratiempos: nosotros eramos los portadores de “EL MÓVIL”. Uno de los dispositivos de la organización que permitía usar de verdad datos ilimitadamente y cuyo GPS prometía guiarnos en las peores circunstancias. Sucede que como era de esperar falló repetidas veces, en las que gracias a que Santa iba atento al recorrido y miraba el plano de vez en cuando pudimos alcanzar Lindau.
Eso no quita que en los últimos 20 kilómetros, sin referencia, nos equivocásemos en un cruce. En vez de tomar la autopista recorrimos una carretera entre bosques, prados y pueblos — todo precioso, no voy a negarlo, mereció la pena — . Lo que ocurre es que esa carretera, aparte de ser casi de un solo carril, como las típicas carreteras de pueblo, indicaba a la entrada que vehículos de cierta envergadura no debían atravesarla. Nosotros pa’lante, como los de Alicante. 
Los austriacos conducían como locos, a toda velocidad por una carretera donde casi no cabíamos, y nos pasaban al lado confiando en que yo no les rayaría el coche. Fue bastante estresante porque no estaba acostumbrado a manejar un vehículo tan grande, y a los lados había un terraplén. Es decir, el arcén era nulo, y tenía que estar vigilando constantemente que la rueda no se saliera, porque para caber cuando nos cruzábamos con otros debía pegarme al borde completamente, ayudado por el espejo. 
Tras varios kilómetros nos indicaba el GPS, ya recuperado, que nos salía más a cuenta retroceder hasta la autovía (deshacer lo andado pero por el otro lado del río). Y poco después, por fin, Lindau.

Probando por primera vez la Colaweizen (cerveza con coca-cola). Me quedé con ganas de probar la Bannanaweizen(con plátano). Sí, siempre pruebo todas las guarrerías que puedo cuando viajo a otros países. Faltan Jose Antonio, Antonio Gimeno y Don José, que se acoplarían después.

Ahí no acababa la cosa: quedaba buscar un lugar donde dejar los buses, comer y comprar. Recorrimos todo el pueblo, y después la parte de la isla, y tras preguntar a varios transeúntes por una playa dimos providencialmente con el parking que todos conocéis, donde descargamos las cosas y nos zampamos unos pistachos, mientras esperábamos al bus al que, afortunadamente, habíamos logrado sobrepasar en algún momento. El resto como se dice es historia: llegaron los demás, repartimos la comida por equipos, y fuimos a comer a un pequeño parque, donde dicen que Mar Gimeno se cayó al mar — bueno, era un lago en realidad — . Los demás no nos bañamos al final, pero pudimos ver la isla y tomarnos unas cervezas junto al puerto. Un buen descanso después de 600 kilómetros atento a la carretera, que me sirvieron para ver y agradecer más el trabajo que hicieron Santi, Nacho y Liberto el resto de días.

Final de trayecto

Porque no dormíamos técnicamente en Lindau, sino en un santuario, concretamente Gebetsstäette Wigratzbat. Si, lo sé, un nombre precioso, quizá excesivamente fácil de pronunciar para lo que debería ser un santuario de alta alcurnia, pero qué se le va a hacer (Gebetsstäette como seguro habéis adivinado significa “lugar de culto” en alemán).

Nos dejaron en el parking, centro del complejo, y de allí fuimos directamente a la iglesia tras descargar. Era un edificio interesante, que no se parecía a ninguna otra que hubiese visto yo antes al menos: bastante sobrio, amplio y moderno, con una especie de pasarela con más bancos en la parte de arriba, donde nos pusimos los del coro — salvo Carmen que se escaqueó— y muchos pudieron descubrir otra de las cualidades de Pablo Santana, que no dejaría de sorprendernos a lo largo del viaje. Me refiero claro está a su faceta de organista. 
Tuvimos la misa y durante la consagración se tocó el himno de España, lo cual sorprendió a unos cuantos, razón por la que decidí dar una breve explicación:

En la consagración se pueden tocar ciertas canciones (dije que era himno eucarístico pero ahora no estoy seguro si esa es precisamente la definición, aunque dada la historia de España ligada a la de la Iglesia se considera que nuestro himno tiene una dignidad especial), eso sí, nunca mientras el sacerdote consagra, es decir, no de fondo, sino justo después de cada vez que deja de hablar, al igual que a veces suena la campanilla.
Con los himnos que están permitidos (sin cantarlos) se da además un simbolismo especial: del mismo modo que ante un rey suena el himno, se pretende dar honor a Cristo reconociéndolo como Rey.
Zona VIP con el famoso porche que nos salvó de una cena pasada por agua.

Después salimos al parking para esperar al polémico reparto de llaves(ya ves tú). Jugamos un partido de fútbol improvisando una pista con cuatro mochilas, con lo que Álvaro se calmó por un tiempo, y los encargados de la cocina prepararon la sabrosa cena — mi memoria ya empieza a fallarme —. Ahí es cuando llegaron las primeras llaves y con ellas la discordia: las chicas se quejarían de que no las dejaban dormir en las tiendas de campaña, en el suelo, mientras los chicos más jóvenes protestaban porque les tocaba pasar noche en las suites de lujo. 
Para evitar discusiones se tomó la decisión de que las chicas contarían por una vez con las habitaciones individuales y cuidadas, y los chicos dormirían en el césped. En realidad esto último era para asustarlos un poco, porque había otro edificio, un poco más descuidado, con pocos baños, pero que era mejor que un simple barracón. El caso es que dormimos sobre colchones, lo cual ya era un lujo para nosotros.

Tras dejar las cosas cenamos — ah, sí, arroz con tomate — , o lo intentamos porque comenzó a llover bien. Hubo que proteger de la lluvia todas las ollas con la comida y los demás instrumentos y repartirse rápido las raciones. Comimos todos resguardados bajo el porche de la zona VIP, aunque yo decidí entrar dentro porque no había espacio, donde pude discutir con varios amigos mexicanos y el padre Elkin (gracias por esa coca-cola) algunos asuntos teológicos y metafísicos.

Tras la cena adoración, y debo reconocer que me emocionó especialmente, más al ser la primera y ver la piedad que demostraban mis hermanos en la fe, y lo bien que cantaban. A ratos salía a pasear, sin por ello dejar la adoración, y recorrí todo el complejo bajo la lluvia y la oscuridad, descubriendo en cada rincón pequeños altares a distintas imágenes o santos, que me impactaron bastante. Recuerdo, no sé por qué, una velita que aguantó durante horas iluminando la imagen de la virgen a la salida de la Iglesia. Y de nuevo regresaba a la capilla, para salir más tarde, algo que repetí varias veces. Recuerdo también que agradecí mucho estar allí con vosotros.

Finalmente: y así es como deberían terminar todas las historias — aunque la nuestra no lo hiciese el resto de días — nos fuimos a la cama, sin sábanas ni mantas, eso sí, pero al menos teníamos los sacos.

Javier, Agustín, fue un honor y un placer compartir furgo con vosotros, mil gracias por un viaje inolvidable.

A la mañana siguiente, antes de partir rumbo a Praga.

*Para los que vais más despacio: “Allahu akbar” es el grito que suelen hacer los terroristas (Alá es grande). “Allahu Akbar”, “Hala, un bar”… bueno pues eso, si seguís sin pillarlo la selección natural ya se encargará de vosotros.