Cuando la carne manda

Llegue a la carnicería un viernes a la tardecita de una primavera pampeana. Saqué número y comencé a mover la cabeza entre la gente, con el fin de encontrar el pinche donde van clavando los números usados y estimar cuánto faltaba para que me atiendan. Ahora me doy cuenta que en esa inspección general seguramente la vi, pero de espaldas, pasó totalmente desapercibida. Tenía una pantalón de vestir amplio color crema con unas finas y espaciadas rayas verticales como si de renglones de un cuaderno escolar se tratara, un saco amplio un poco mas claro, y una hebilla casi infantil en una media cola que formaba el pelo lacio hermoso y pesado. Muy flaquita, de piel no demasiado clara y unos ojos verdes sobrios, que no destacaban pero decoraban magníficamente una cara bellísima.
En realidad ella no me llamó la atención hasta que le tocó el turno. Pensado bien lo que me hizo ponerle el foco fue el carnicero. Él cantó su número en voz alta — “29!” — y al verla acercándole el numerito rosado con letras azules se le transformó la cara. El gesto habitual, amable y tranquilo con el que atiende a toda su clientela se iluminó, se dibujó una sonrisa en sus labios, la mirada se hizo dulce y brillosa. Dijo: “Qué va a llevar??? Esta chica…”. Ella lo miró y pronunció las siguientes palabras: “Un kilo de peceto, cortado para milanesa, por favor…”, esa fue la respuesta verbal a la consulta de rutina, pero lo más interesante fue lo gestual, lo dijo en medio de una sonrisa cálida, con un gesto mistura de timidez y alegría en sintonía total con el carnicero. Ambos en ese momento compartían un universo paralelo de miradas, de gestos, de sonrisas… un mágico Alpeh Borgiano habitado por solamente por ambos. Él cortaba con dedicación finas fetas de peceto y las ponía en la balanza, cada dos o tres fetas levantaba la vista y la miraba, ella correspondía con una sonrisa, volteaba a un costado con un marcado gesto de timidez llevándose una mano a la cara. Como queriendo disimular lo que sus gestos le gritaban al mundo. Cuando terminó de cortar el peceto, la báscula acusaba un total de 1080grs, tomo la mercadería con las manos dentro de una bolsa plástica y con un movimiento propio de un mago envió la carne dentro de la bolsa y ésta cerrada con un perfecto nudo.
— “Que más quiere?” — pronunció sin perder el halo de enamoramiento juvenil en que se encontraba. — “Una colita de cuadril, para el horno vio?”. La miró, se dio vuelta e hizo unos pasos rítmicos como de baile clásico y se perdió en el fondo de la carnicería. Pasaron unos breves minutos y ella comenzó a impacientarse, se inclinó levemente hacia adelante como poniéndose en puntas de pie, como si le incomodara no ternerlo a la vista. Pasaron esos instantes que para ella fueron horas y apareció él con un gancho en cada mano. Hizo un gesto con las dos manos y depositó sobre el mostrador dos perfectas colitas de cuadril, “Elija… esta chica…” le dijo con cierta agradable mezcla de soberbia y orgullo en el conocimiento de que lo que estaba ofreciendo era excelente. Ella eligió una, él volvió a hacer arte con el proceso de pesado y embolsado.
— “Algo más?” dijo, ella pensó un segundo… “Un kilo de bifes de cuadrada…. ahhh!!! y una bolsa de huesos para el perro”, todo dicho en un clima propio de una película de amor de Disney, se percibían las estrellitas girando rítmicamente entre los protagonistas. Probablemente ella tenía pareja, familia seguramente, perro indudablemente. No era el pedido de una mujer sola, ni por cantidad ni por calidad. Capaz que por esto sus acciones tienen un tono tímido. Ella tendrá entre 35 y 40 años, él también. Mientras yo pensaba en todo esto, el carnicero termina de cortar los bifes de cuadrada. A continuación sacó de una heladera mostrador que tenía al costado un bolsa de huesos preparada previamente. La miró, le hizo un gesto, ella contestó “Nada más”. El carnicero pesó todo nuevamente, totalizó el pedido y llevó las bolsas con carne hasta la cajera que se encuentra a unos metros de la zona de despacho. Esto lo hizo solo para ella, al resto de la clientela le entrega el pedido en mano con la cuenta, para que pasen por caja a cancelar. Sigue prestando atención y ella mientras paga varias veces trato de ver qué hacía él, se cruzaron un par de miradas mientras el ofrecía chinchulines y mollejas a un señor mayor. Y ella se fue, como nerviosa y a él le volvió el gesto habitual de amable comerciante. Yo me quedé con la ganas de saber más, pero con la certeza de que cuando dos almas conectan lo gritan desde el más profundo silencio.
