Julio
Se fue. Se nos fue. Julio Hector Lopez fue ante todo un virtuoso. Una persona capaz de resolver mentalmente los cálculos más complejos frente a una audiencia de atónitos estudiantes, de cocinar cual Cheff Internacional, de decorar tortas como el mejor repostero, de escribir extenso y profundo. Una mente brillante, creativa y terriblemente apasionada. Un excelente narrador oral, con la misma pasión que dictaba sus clases contaba las historias mas mínimas atrapando indefectiblemente a su interlocutor. Un talentoso natural del aula, capaz de llenar con ecuaciones y gráficos muy prolijos los pizarrones de 10 metros cuadrados del aula 7 o 17, los escenarios donde más se lo vio brillar. Con la habilidad para explicar un tema con 2 o 3 estrategias diferentes, las cuales nos hacia parecer que era otro el tema, con el fin de que hasta las piedras entendieran matemática. Trabajador incansable, puntual, organizado, piripitifláutico. Como cualquier mortal con todos esos dones generó amores, odios y eternas discusiones sobre su accionar, más nunca intrascendencia. Mi planteo en alguna de esas charlas fue el siguiente: “Si todos los que damos clases fuéramos como Julio, ¿tendríamos un egresado mejor o peor?”. Hasta el más obstinado “opositor” contestó que tendríamos un mejor egresado.
A los que seguiremos trabajando en la Facultad nos deja el desafío de mejorar nuestro desempeño, para morigerar la pérdida. Y a mi, particularmente inmerso en una rara sensación de vacío y despojo, me genera la impresión que mi mundo está incompleto.