
El café de la abuela
¿Qué compramos cuando compramos?
A principios del año pasado, Nestlé inauguró en México y el continente americano su primera cafetería Nescafé bajo un eslogan que estimuló mi cerebro límbico: “El café que siempre te ha gustado, ahora más cerca de ti”.
“Maldita sea Nestlé, ¿por qué te tardaste tanto cabrón?” fue lo primero que pensé al compararlo con los más de quince años de Starbucks en nuestro país.
A nivel de neuromarketing, Nestlé ha sabido pegarnos en la pata de palo. Sabe emocionarnos. Sabe que nos encanta recordar esas mañanas en casa de la abuela disfrutando el aroma del café con leche que se preparó. A lado de su taza, no podía faltar el frasco de Nescafé.
Nescafé me recuerda lo feliz que la pasaba en casa de la abuela.
Nestlé sabe que nos tiene improntados.
Es cierto, Nescafé significa para mí tantos recuerdos de la infancia, pero sus cafeterías aún no me han hecho sentir “cool”. Sus colaboradores aún no
me saludan cálidamente como si fuéramos amigos de toda la vida. No me hacen sentir importante llamándome por mi nombre (Carnegie Rules).
Tengo la seguridad que tarde o temprano lo harán porque en Nestlé son unos berracos para venderle a la mente.
Aunque sigo preguntándome: “¿por qué te tardaste tanto cabrón?”
