El primer recuerdo que tiene de él es su rostro difuminado por humo de marihuana, su mano sosteniendo un porro, con la pantalla de de fondo, en un cuarto de edición. Ahora, meses después de esa aproximación, ella y él son novios. Ella tiene talento para la danza, estudió danza y se dedica a la danza. Él tiene talento no trabajado para la pintura, soñaba -podría apostarlo- con ser músico y se dedica -estoy segura- a la animación.

Una mañana soleada, después de coger, aún en la cama, aún desnudos, él le preguntó a ella que cuáles creía eran los intereses compartidos que los hicieron y mantienen novios. Ella, con una seductora mezcla de ternura en la voz y arrebato en los ojos, sugirió que contestaran al mismo tiempo. Lo que salió de la boca de él fue “gusto por el arte”. Lo que salió de la boca de ella fue “gusto por las drogas”.

Después de que nos cuenta su primer recuerdo de él y de que todas opinamos que las drogas, efectivamente, son románticas, ella exclama mordazmente, viendo a la nada, poseída por ella misma: «¡¿Ves?! No nos conocimos y dijiste “¿eres bailarina? A mí me gusta pintar”». El resultado es una carcajada comunal que se siente interminable. Cuando por fin callamos, ella, todavía divertida y orgullosa con el resultado de su narración, pasa el porro sin fumarlo. K lo recibe y le da una bocanada. G seca las lágrimas en sus ojos rojos y sugiere que ella le proponga a él que la pinte desnuda. Ella cambia su tono mordaz por uno dulce y, usando la botella de micrófono, contesta que ya lo ha hecho. “¿Y luego?”, pregunto con desconfianza. Ella se encoge en hombros y le da un gran trago a su cerveza.