La música es el síntoma

La música es como un súper poder, es tener la capacidad de prolongar nuestro ser más allá de las barreras de nuestro cuerpo, es gritar, hablar, cantar para ser escuchados y sentidos a la distancia. Para que la música suceda hace falta que un individuo tenga la necesidad de ejercer ese súper poder y para llegar a él necesita como mínimo tener una noción de la progresión del tiempo, necesita escuchar cómo los sonidos que ejecuta vuelven a él, cerrar un ciclo de comunicación con el espacio, sentir esa energía que le provoca placer, que le mueve. La música para un conjunto humano se convierte en un portador de identidad, de su historia, de sus valores, es una manifestación del movimiento de su universo bajo una profunda carga emocional.

La música muta, cambia constantemente por la mera influencia o contacto con otras personas, otros espacios, por experimentación, por accidente, como sea, pero siempre hay evolución. Históricamente encontraremos grandes cambios provocados por las migraciones, como la Polka en México, producto de la migración Polaca a mediados del siglo XIX; encontraremos la influencia de un momento político y social sobre grupos en particular, como el Punk, el Rock, el Rap; se puede reconocer la estrecha simbiosis entre la arquitectura y el sonido como en el estilo gótico, los cantos gregorianos, los órganos colocados en las alturas y la disposición de los coros en diferentes puntos con la finalidad de envolver al público, con la intención de envolver y bañar de divinidad al público.

Cuando la música forma parte del pueblo, le devuelve un reflejo y le reafirma, es una relación tan clara que no extraña para nada la influencia filosófica de las estructuras Wagnerianas en el movimiento Nazi, o el control que ejerció Stalin sobre los productores del arte, especialmente los músicos como Prokófiev y Shostakovich, que tenían la obligación de siempre enaltecer o dignificar los momentos de pérdida o de gloria de su “gran nación”. Es incluso bajo esas circunstancias que la música se divide entre el gobierno y el pueblo, condición que se presenta invariablemente como un síntoma de la opresión.

A mediados del siglo XX las cosas comienzan a cambiar para las artes en general, todas las musas pasaron por el manoseo de la guerra fría, siendo clara la carga socialista en la mayoría de los artistas que se ligaban y autodenominaban del pueblo, es entonces cuando el capitalismo hace de las suyas y comienza el fondeo indiscriminado a los artistas pop, tanto pintores como músicos, en una gran oleada de personajes disociados de una realidad cultural y más orientados a la banalidad contemplativa. El marcador favoreció a Pollock sobre Orozco, Love me Do sobre Sinnerman, la propaganda y la generación de una nueva esfera de consumo, llamada teenager, causando una brecha generacional y cultural que esterilizó a la juventud de la conciencia. Por ello no me extraña que esa es una época a la que particularmente se vuelve constantemente, como se vuelve a un lugar donde algo se sabe perdido u olvidado.

El individuo y la vocalización tienen una estrecha relación, revisada por el psicoanálisis, por la confesión, por la meditación, por la necesidad de hacer físico el sentimiento para sentir su presencia en la habitación como una extensión divina o enferma de sí mismo.

Los aciertos del Pop, sin importar el género, además de valerse del marketing como la barra de acero para lograr una sutil inserción en nuestro entorno sonoro, están en su conocimiento de los mecanismos de producción más primitivos a los que responde el ser humano: la melodía como conductor emocional, el ritmo y la repetición como una herramienta de identificación. Por eso es legal washawashear todo menos el coro, que supuestamente es algo que todos compartimos en cierto contexto.

Cuando la música repite una y otra vez la idea, es muy fácil que el público la asimile de manera pasiva, por eso no es difícil sorprendernos de sabernos una canción que de manera consciente no es de nuestro agrado.

Éjele, ya los caché con que ahora sí les gusta Justin Beaver.

Los problemas reales están en primer lugar, en que no escuchamos la música que queremos, o la que lucha por llegar a nuestros oídos a base de talento, escuchamos música que paga un productor por hacer llegar a nosotros como lo hace cualquier comercial de detergentes. En segundo lugar, la competencia está en el ruido, y en la disrupción a través de mensajes obscenos, narcisitas, pornográficos o de cualquier naturaleza controversial, el mismo efecto que perseguía Alice Cooper con el shock rock, hoy lo hace Niki Minaj con Anaconda.

A este fenómeno de repetición de mensajes de bajo contenido energético, como la repetición en el rezo, la oración, el mantra, la meditación, o el decreto, una vez que rompe las barreras críticas, sumándose a un furioso deseo de identidad y reconocimiento, con cinco minutitos a fuego lento… pum!: Reggaetoneros, Raperos ·bling bling·, Primos con Fierro, etcétera, la fauna es diversa.

Todas estas tribus son el efecto de una sociedad que deja de lado a los grupos vulnerables, que en su reafirmación de valores, o carencia de los mismos, se alienan y acentúan, con sus pantalones cada vez más bajos, sus bailes cada vez más sexualizados, su agresividad cada vez más grave, derivando en embarazos a edades más tempranas, violencia, delincuencia, y tanta atrocidad más. Juzgarlos a ellos es juzgarnos a nosotros que vivimos dentro del mismo caldo de cultivo, por lo que ellos son consecuencia de nosotros, y nosotros, lo somos de ellos, éste es un sistema holístico en donde hasta la indiferencia pesa.

La música en este caso no es un promotor de las conductas decadentes, es una sentencia que usa el individuo para validarse, entre más radical y extrema es la sentencia, más fuerte es su validación, más rápido el beat, más fuerte el ruido, más explícito el canto, más a la vanguardia de los valores del grupo al que busca pertenecer.

Es el producto de pronunciar en voz alta: [ponga aquí la frase de la canción de moda, en el contexto de su agrado y con el grupo que le cobija], y que el resto de las personas le correspondan con uno de los estimulantes más fuertes y satisfactorios para el individuo: la aprobación. En la naturaleza salvaje un animal expulsado del grupo está condenado a la muerte.

De lo que va esta idea, es de promover una escucha más saludable y consciente, operar a partir de una escucha más activa que pasiva, se trata símplemente de nutrirnos, es escuchar más, escuchar mejor, eligiendo nuestra atmósfera sonora como se eligen las sábanas en que dormimos, el agua que bebemos, el aire que respiramos, y por los demás, nos toca respetar su música, su realidad, tratando de afectarlos positivamente, gradualmente, sin imposiciones. La empatía y la comprensión son parte crítica de encontrar una solución a los profundos problemas de nuestra cultura.

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