Descubriendo la felicidad
Mónica Espinoza Rivera tiene 42 años. A los 18 comenzó a trabajar y hace 7 años logró instalar su propio almacén de abarrotes en su comuna, Puente Alto. De joven quería ser diseñadora, pero con los años y las experiencias descubrió lo que más le gusta, estar en contacto con las personas.

En la adolescencia su ‘hobby’ era ser diseñadora, estudió un año en el Duoc, pero no pudo continuar. Entró a trabajar en una manufacturera donde estuvo 14 años, partió de lo más bajo y llegó al cargo más alto en 3 años. “Me iba tan bien, que con 20 años ya tenía mi propio auto”, comenta con orgullo. Tras largos años se cansó de ser una trabajadora dependiente e instalo su propio restaurante. La idea le duró un par de años, por diversos motivos tuvo que conseguir otro trabajo. Entró a la empresa automotora Volkswagen.

Tras separarse y tener que cuidar a sus hijos, necesitaba estar cerca de la casa. Por lo que, junto a una vecina instalaron un negocio. “El negocio se llama ‘La vecina’, porque de primera estaba con una socia. Está en la casa de una vecina y por eso el nombre, nos llamamos vecinas mutuamente”. Agrega que “Ella puso la casa y el capital, yo puse mi experiencia y mis ganas”. Su socia al tiempo tuvo que irse por problemas de salud.

Felicidad, eso es lo que siente hoy en día. Ya lleva casi una década en el negocio atendiendo. “Me siento una artista, ya que veo pasar a demasiada gente y todos me conocen. Me encanta el ambiente familiar”, dice con alegría. Al momento de la entrevista, entra una persona. Conversan un rato, ríen. Cuando se va, Mónica dice “Una clienta VIP”.
Ya es tarde, debe cerrar. Pero aun no puede, está esperando a los de las “bebidas”. Tiene que suministrar el negocio para la semana.

“El cuaderno de las deudas” como lo llama, aquel objeto que solo los clientes con más lazo entran. Aquellos que han ayudado a mantener el local estos 7 años. Afirma que “ En la calle habían 6 negocios en dos cuadras y ahora hay 3, han habido dificultades, pero lo logré sacar adelante”. Hace un par de años le diagnosticaron diabetes, tiene que costear la educación para sus 3 hijos. Ahora un “poco” más aliviada, a la mayor le dieron gratuidad en la universidad.

Sacando las cuentas del día, agradece a su padre. De quien aprendió la mayoría de las cosas. Pero sobre todo a tratar bien a la gente. “ Las ganas de vender están en la sangre, mi papá tiene su propio local y hay que tener vocación” habla emocionada. Con 42 años ha logrado sacar adelante a su familia, en dos años más pagará finalmente su casa. Sueña con volver a poner el restaurante, esta vez se siente más preparada y con mucha más experiencia.