¿Por qué trabajas?

La cuestión del trabajo está cambiando. Todo está en evolución, se adapta, pero, gracias a Internet, parece que todo ocurrirá más rápido.


Antes, yo no tenía que pensar mucho en lo del trabajo. Si te va bien en la escuela, haciendo las tareas y obedeciendo a los profesores y a tus padres, ¿por qué habría de ser diferente en un trabajo?. Allí también harías tareas y tendrías que obedecer. Además te pagarían por eso. Y, si eras muy bueno, quizás podrías recibir premios extra y ser famoso.

Luego, creces y te vas dando cuenta de cómo son las cosas en realidad. Empieza a ser notoria una pugna entre aquello que sientes que tienes que hacer ahora, y todos los consejos, convenciones y tradiciones que te dicen que mejor lo dejes para después. Tienes que decidir si seguirás como en el colegio, anulando lo que sientes, postergando lo que quieres, siguiendo las voces allá afuera, o si honras aquello que te llama desde dentro. Cuanto más tienes la oportunidad de crecer y madurar, más fuerte se hace esa voz.

Muchos ignoran ese llamado. Algunos de ellos llegarán a desempeñar bien las cosas que les toque hacer. Otros, encontrarán un modo de sobrevivir a pesar de su mal desempeño, haciéndose un hueco en el sistema, o colgándose de alguien más. Ambos, quizás se encuentren al final del día, tomando algo que los adormezca, o haciendo algo que haga su vida más soportable hasta la siguiente jornada.

Algunos siguen su llamado. De algún modo, logran construir la nave que los va llevando hacia su visión.

Mientras más tiempo pase uno en el primer grupo, más posterga encontrar esa felicidad auténtica que prueban quienes hacen con maestría aquello que les gusta hacer.

Quizás antes era más raro saber de ellos. Hoy, hasta puede que te hayas topado con varios. Tal vez ya has empezado a oír sus historias. O de los estudios que se hacen para entender por qué ellos tomaron la decisión correcta y cómo podríamos todos, como sociedad, seguir ese ejemplo.

He escuchado y leído al educador británico Sir Ken Robinson, sobre cómo las escuelas convencionales matan la creatividad y cómo cada uno tiene un elemento en el que podría desarrollarse con plenitud. A Daniel Pinker, sobre cómo las empresas no toman en cuenta la evidencia científica de que no son los castigos y premios lo que realmente motivan a las personas, sino lo que obtienen de la misma actividad, si la realizan con maestría, autonomía y propósito. A Mihail Csikszentmihalyi, que investiga desde hace algún tiempo sobre esto y quizás haya servido de inspiración para ambos.

Así que ahora, cuando veo los anuncios de empleo en mi país o escucho a alguien hablar sobre el trabajo o la educación, en términos tradicionalmente aceptados, siento que algo no está bien. Porque cuando echas un vistazo a esos temas en el mundo, te das cuenta que hay como muchas piezas que están encajando, para formar un nuevo paisaje que, ojalá, pronto sea evidente también aquí.

“Te están pagando para hacer bien este trabajo x”. Si la frase te suena normal, es porque estás pensando como se supone te enseñaron. Las empresas pagan a alguien porque trabaje. Los empleados deben hacer su trabajo lo mejor que puedan. Entonces, las empresas pagan a sus empleados por hacer un buen trabajo.

Precisamente, es ese tipo de empresas la que parece estar condenada a desaparecer.

De la gran cantidad de empresas que surgen y caen en estos tiempos de Internet, muchas de las que están floreciendo parecen tener algo en común: que trabajan para producir felicidad. La de su gente, la de sus clientes. Las ganancias vienen por añadidura.

“Recibes un pago porque eres miembro de esta empresa, donde puedes desarrollar tu potencial y contribuir en su desarrollo”. Es más o menos como lo contarían en una empresa así. El pago es para que estés tranquilo en tu seguridad y manutención, y así puedas moverte con tranquilidad hacia los siguientes escalones de la pirámide de Maslow. Indica una manera diferente de considerar al trabajo y a la gente. Implica nuevas maneras de contratar. Implica tratar con ella como responsable de sí misma. Indica también que la empresa se ve a si misma como un emponderador de gente que comparte visiones afines y un propósito común.

Pensándolo un poco, es contraproducente decir a alguien que le pagan por hacer un buen trabajo (¿si no resulta bien el trabajo, no te pagan?). Es poner un lastre que deja al empleado en el nivel de subsistencia, donde hay poco espacio para soluciones realmente creativas, o trabajos realmente buenos.

A veces, cuando tienes la oportunidad de hacer algo, tiendes a hacerlo imitando a alguien a quien parece le va bien. El problema es cuando no se trata de que le iba bien por hacerlo así, sino a pesar de hacerlo así. Algo así es lo que pasa con la educación, cuando se pone en los colegios computadoras -como se hace en los buenos colegios a los que antes no podíamos imitar-, sin un plan serio para enseñar computación. O cuando se incrementa el número de horas de clase -como era en los tiempos de los padres, donde todo era mejor-, sin fijarse en la calidad de lo que se enseña.

Y algo así también pasa con las empresas. Cuando la gente piensa en términos de marketing, de imagen, de monetización -como es en aquellos casos de éxito que nos venden los medios, o los gurús-, sin fijarse en la gente y lo que realmente la hace feliz.

Algo que observó Csikszentmihalyi, es que una forma segura de despojar a alguien de la felicidad de hacer algo es monetizándolo. Cuando alguien hace algo porque es lo que le gusta hacer y entra en un estado que llama flujo, lo puede hacer durante largo tiempo, prácticamente sin cansarse, porque es la misma acción la que lo alimenta. Si le ofreces un premio por hacerlo y la persona lo acepta, disocia la satisfacción con la actividad y ya no logra entrar en el estado de flujo. Así que si te apasiona algo, hay que hacerlo a pesar del dinero o los premios que te puedan ofrecer.

Haz lo que te gusta, dice el dicho, y nunca más trabajaras en toda tu vida.

¿Por qué trabajas?