Un fin de semana en Beijing (segunda parte)

Después de un primer día en Beijing que no podía haber sido mejor, el segundo empezó envuelto en incertidumbre. Ya Wei no iba a poder venir con nosotros, así que era cosa mía decidir qué íbamos a hacer. Tanto Hayden como yo nos moríamos de ganas de ver la Ciudad Prohibida y el Mausoleo de Mao Zedong (¡sí, se puede ver su cuerpo!), pero sabíamos que ambos estaban cerrados por el desfile militar de la semana siguiente, y el acceso a la Plaza de Tian’anmen restringido. La cosa no pintaba del todo bien.

Recuerdo que Ya Wei me mandó un mensaje diciéndome que sentía no poder acompañarnos, y preguntándome si estaríamos bien sin ella. Yo le dije que sí, que me las podía apañar solo.

Y tanto.

El Templo del Cielo

Nos fuimos del hotel y cogimos el metro rumbo al Templo del Cielo, que está unos kilómetros al Sur de Tian’anmen.

Nos dimos una vuelta larga por el parque, con la boca un poco más abierta con cada nuevo edificio que nos íbamos encontrando. Mientras tanto, algunos de los chinos con los que nos cruzábamos se dedicaban a sacarnos fotos a nosotros como quien no quiere la cosa, o directamente a pedirnos que nos sacásemos fotos con ellos. Y yo preguntándome que teníamos nosotros de especial cuando estás a los pies de semejantes maravillas.

Cuando llegó la hora de ir a comer, se nos ocurrió que merecía la pena probar a ir en una de esas… motos/bicicletas/carruajecillos. Desde luego la experiencia quedará para el recuerdo. Anda que no nos lo pasamos pipa ni nada. Sobre todo cuando vimos que el conductor había puesto una pegatina de Mao en el cristal (que por cierto, fue la primera imagen de Mao que vimos desde que llegamos).

En el cochecito gracioso nos fuimos hasta un Quanjude a ponernos las botas una vez más, repitiendo estómago, y probando por primera vez tripa y piel de tiburón.

Teniendo en cuenta que lo que nos quedaba de nuestro plan era Tian’anmen y no había grandes esperanzas de conseguir ver gran cosa, pensábamos que lo mejor del viaje ya había pasado (y bien satisfechos que estábamos, de todas formas). Pero nos equivocábamos otra vez.

La Plaza de Tian’anmen

El plan era sencillo: salir del metro en la estación de Zhushikou y acercarnos a Tian’anmen desde el Sur tanto como pudiésemos. Desde la estación fuimos un poco hacia el Este, y sin esperar encontrarnos nada especial por el momento, de repente estábamos en la Avenida de Qianmen.

El sitio con la pinta más comunista que he visto en mi vida (obviando el hecho de que ahora todos los edificios son tiendas, incluido un Zara).

Seguimos andando por la calle comentando cada cosa que veíamos como niños pequeños hasta que llegamos al final y estábamos a los pies de la torre de vigilancia.

Cruzamos la calle y bordeamos la torre.

Allí estaba Qianmen, una de las puertas de la antigua muralla, detrás de la cual sabíamos que estaba la plaza.

Policías y soldados por aquí y por allá pero apenas coches, y vallas por todas partes era lo que nos rodeaba. Después de un intento fallido de cruzar a través de la estación de metro, nos dimos cuenta de que había pasos subterráneos para cruzar la calle, aunque no directamente hacia la plaza. Cruzamos uno y otro más casi corriendo y hablando como cotorras sin saber muy bien qué era lo que decíamos.

Cuando nos acercábamos al último paso subterráneo, ya podíamos ver en frente la parte Sur de la plaza, incluidas las estatuas revolucionarias representando a las clases bajas. Justo al empezar a bajar las escaleras, en la distancia, vi por primera vez la entrada a la Ciudad Prohibida y el retrato de Mao y no pude evitar ponerme a chillar, para susto de los chinos que estaban a mi alrededor.

Control de seguridad. Cruzamos el paso subterráneo, y… estábamos en la Plaza de Tian’anmen.

Lo que pasó después es difícil de explicar. Hayden iba corriendo por la plaza sacando fotos a todo lo que veía. Yo durante un buen rato no pude más que ir dando zancadas en una dirección, llevarme las manos a la cabeza, decir «¡Oh, dios mío!» y soltar un par de lágrimas, darme la vuelta y volver a empezar.

Cuando conseguí recomponerme, me dediqué a sacarle fotos a cualquier cosa que se me pusiera por delante. Como debe ser.

El Mausoleo de Mao Zedong y las estatuas a su alrededor.

La decoración para el desfile militar.

Y por supuesto, la gran joya. La Ciudad Prohibida.

Volver a casa

Después de eso ya sólo quedaba volver al hotel, esperar un taxi mientras estaba de cháchara con un señor del hotel que tenía muchas ganas de hablar con nosotros, y deshacer el camino de vuelta a Shanghái. No sin problemas: despegue retrasado, ruidos no identificados durante todo el viaje en avión, un taxista conduciendo a unos 150km/h… Pero todo eso, ¿qué más da?

Beijing ❤️

No me cabe la menor duda de que volveré en cuanto pueda. Sólo por entrar en la Ciudad Prohibida y en el Mausoleo de Mao ya merece la pena.

Ya comenté en la entrada anterior que todo lo que había oído sobre Beijing eran cosas malas. Y es cierto que la contaminación fue excepcionalmente baja, y seguramente para el día a día moverse de un lado a otro sea un caos. No voy a negar eso. Lo que nosotros vimos y vivimos ese fin de semana, en cambio, fue sencillamente maravilloso. Aún ahora, casi un mes más tarde, seguimos acordándonos de Beijing y sonriendo.

¿Cómo no hacerlo, si hace un año no podía ni imaginarme cómo podía emprender una vida fuera de Santiago?

¿Cómo no hacerlo, cuando he compartido momentos que jamás pensé que viviría con personas que jamás pensé que podría conocer?

¿Cómo no hacerlo, cuando he pisado con mis propios pies y visto con mis propios ojos sitios que hasta hace nada parecían estar a galaxias de distancia y que son iconos universales que representan este país de locos del que tanto estoy aprendiendo?

¿Cómo no voy a reír y llorar cuando estoy de pie en medio de maravillas monumentales de un mundo tan ajeno al que me he venido a vivir?

¿Cómo, si al fin y al cabo es como mirar frente a frente un sueño de hace tantos años?

Todo lo demás, ¿qué más da?


Publicado originalmente el 21 de septiembre de 2015.