La vida se resumen en un tránsito y nosotros meros espectadores.

Rodrigo Cabrera
Jul 27, 2017 · 4 min read

La vida se resume en un tránsito, crecer, establecerse y morir con una serie de logros y objetivos que conseguir basado en un esquema que la cultura te impone, la pregunta que se hacen las clases política es para completar ese tránsito individual: ¿cuántas libertades, garantías y calidad de vida necesitamos?, o mejor aún, ¿qué mecanismos deben usarse para que el ciudadano sea más proclive a ceder sus libertades y garantías?, a la cabeza se nos viene la palabra miedo, o ¿cómo adormecer las capacidades críticas del ciudadano, para que deje de preocuparse por cosas que no le competen?, ¿espectáculos?, y al final, medio y objetivo final, ¿Cómo establecer una construcción ideológica?, esa fe ciega basada en la esperanza de un mejor mañana, creadora de identidad y pertenencia; verdades fundamentales que nos dan certeza y dirección, crear identificación con ideas ideologizadas es bueno para las clases políticas … pues es una forma de conocimiento de la realidad que te permite juzgar tu entorno sin problematizarlo, sin hacer un análisis profundo de la realidad, una simplificación de buenos y malos, de opuestos, de verdades simples y viscerales, porque te da categorías fijas para establecer juicios y se vuelve un nuevo mecanismo de control de la sociedad, que como la religión no se cuestiona. Como esas verdades reveladas por la TV, esas importantes realidades de las que hablan nuestro medios al final de nuestras arduas vidas cotidianas, donde la economía diaria es una constante preocupación y la vida urbana se vuelve hostil y peligrosa hasta que apagamos la Tele.

La ignorancia es un arma poderosa, el miedo es una palanca para mover los ejes de la opinión pública y los medios el molino que nos está moliendo.

La vida es, al final, cuestión de control, de quién lo ejerce y quién lo sufre, y cómo hacer para que quien la sufre no se percate de ese control. La vida cotidiana de la persona de a pie suele ser tan apresurada, agobiante y problemática que no le das tiempo de pensar, de reflexionar de tratar de recordar lo que pasó hace dos semanas de ese tiempo subjetivo, un tiempo mediático, una rutina diaria marcada por los grandes hitos de los hechos mediáticos.

Al hablar de control hablamos de opinión pública, y en nuestro país la opinión pública es volátil, y a pesar de esa volatilidad es dócil, maleable y despreocupada, profundamente individualista, profundamente transformada por las leyes del consumo mediático. Rara vez se sale de las pautas esperadas, desmemoriada por la acción adormecedoras de los nuevos medios, esos que llegan donde ningún otro medio había podido llegar antes, que se han convertido en parte integrantes de nuestra vida cotidiana, que no solo te informan, sino que se terminan convirtiendo en transformadores de nuestro estilo de vida, en formadores de nuestras creencias y percepciones, hablamos de medios que hablan desde su banalidad e ignorancia, de la inmediatez y de la carencia de profundidad por la pura imposibilidad de detener el momento coyuntural que se vive, donde un hecho no vive más allá de los últimos memes que genere y luego es el olvido. Los medios se han vuelto verdaderos mediadores de nuestra vida. De esa vida mercancía, de esa vida rutina, de esa vida cosificada que se rige por los patrones de la sociedad de consumo, que se nos vende, se nos oferta y que todos deseamos, viéndola a través del escaparate. La sociedad salvadoreña es una mercancía, sin derechos, sin memoria, sin capacidad crítica porque los que de verdad pueden hacer crítica son descartados por el sistema o asimilados. Traidores de si mismos.

Lo que más asusta es ver gente que se puede considerar profundamente críticos y propositivos convertirse al final; gracias a la lógica política, en meros repetidores de un mensaje; ideas como mercancías, si ves las redes sociales hay decenas de líderes de opinión; gritando sus verdades en las redes; pero si ves sus mensajes son pocos los que son discordantes, los que de verdad aportan algo o que se atreven a cuestionar la realidad, a problematizar nuestra percepción…el colmo es estar escribiendo consignas políticas que nadie entiende sobre un país lejano y ajeno, como robot, teniendo un país tan convulso como el nuestro que necesita propuestas y nuevas voces que le aporten algo a su realidad. Tambores para hacer ruido, ese ruido que mete distorsión, tambores que atruenan con su grito, pero de los cuales nunca ves quien empuña la baqueta que los toca.

La sociedad salvadoreña es profundamente clasistas, profundamente tradicionalista y refugiada en sus valores decimonónicos, aun cuando se vista de novedad y renovación , siempre autodevorándose en su ignorancia, es una máquina perfecta para la manipulación, es la indiferencia y el hastío político, es un animal respondiendo a un estímulo, y aunque parezca incongruente, es profundamente política, de esa política de figurín, de folleto, de cuento de hadas, donde hay buenos y malos, colores a los que ser fieles, donde las propuestas se miden por color y no por lo que proponen, aún cuando el concepto de política, en el sentido griego, de ciudadano que asume las responsabilidades y deberes por el bien común de la nación ya no existe, palabras vacías que perdieron su significado y se volvieran caricaturas de sí mismo.

El Salvador es un caldo de cultivo de nuevas identidades, de nuevas maneras de vivir la vida, de realidades contrastantes y de grandes problemas, de clases políticas ajenas que se ven como un mal necesario, de un medio ambiente destruido que a nadie le importa, es un país que no planifica, es un país que está hasta el cuello y aún así, siempre es capaz de superar su propia barbarie. Solo hay que darle una oportunidad, siempre hay algo que te mueve el corazón y te hace indignarte, por unos segundos por lo menos, para luego perderse en el olvido de un pueblo sin recuerdos.

    Rodrigo Cabrera

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    Comunicador, bibliofilo, amante de las buenas historias, del cine y la buena música(aún que sea ambiguo), de la tecnología​, y con tendencias a hablar de más.