La paja que se amontona

y se queda

en este tiempo viejo y caliente

en este aire amarillo; tan claro,

que te deja ciego de tanto el poder verlo

más allá,

a lo lejos

a lo seco,

a lo quieto.

En los castillos,

de cuyas piedras nada puede esperarse

sólo el eco,

sólo el silbido de entre sus almenas el viento,

el polvo ocre que cambia poco de sitio.

La esquina ignota,

el recoveco,

que nadie piensa

que nadie nunca,

considera.

Y si hubo un agua,

un torrente verde y fresco,

se ha muerto,

se ha muerto.

Resplandece vívida la cosa misma

que en ella y con ella,

dialoga.

Ya lo baña todo de certeza en su hermetismo

cómo hiere su belleza

cómo abate,

fatiga.

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