— ¿Qué es «tragedia»?

Con las comisuras de su sonrisa lobuna teñidas de púrpura, el sofista se tambalea y derrama unas gotas de su copa antes de responder.

— La tragedia, mi querido amigo, es la representación en el escenario de alguna de las obras de nuestros más grandes tragediógrafos: Esquilo, Sófocles y Eurípides.

Y calla, satisfecho, henchido de sí mismo al observar el gesto de educada atención en el rostro del extranjero, que sin duda no ha podido encontrar en esa respuesta ninguna traza de significado. Como nadie más responde, aunque todos están confusos por las palabras del retórico, la conversación se desvía hacia otros menesteres como se desvía el curso de los arroyos. Cuando los presentes empiezan a adormilarse, se da por terminado el banquete.

Tan solo uno de los asistentes está aún lúcido tras sus párpados semicerrados. Con los labios fruncidos sigue pensando en las palabras del sofista. «¿Qué es tragedia?» Abriendo del todo los ojos y fijándolos en los restos de las libaciones, el poeta siente su corazón agitarse.


Tragedia es la desesperación sin fin de Aquiles,

y cómo bramó el nombre del homicida Héctor

aun sabiéndose homicida él mismo: brillaban los ojos

de la prudente Andrómaca al saber que contemplaban

el rostro del asesino de su estirpe.

Tragedia es la madera nostálgica de las naves que ya jamás regresarán a Ftía,

que se pudrirán en una tierra extraña, teñidas del negro polvo de la guerra.

Tragedia es cómo tomó entre sus manos el cuerpo de Patroclo

y besó su carne inerte,

cómo mancilló el cadáver de un hijo cumpliendo una venganza inútil

y cómo lo retornó a su anciano padre —

hay algunas heridas que no cicatrizan.


Tragedia es el horror de Edipo,

atrapado entre el deseo y el deber,

perseguido sin saberlo por el fantasma de un pasado

que empezó a tejerse desde que la luz de la mañana rozara tus hinchados pies;

Te condenaron, muchacho, a la desgracia sin escapatoria, sin

el beneficio de la duda:

¿de qué sirvió tu hazaña ante la poderosa esfinge, si tu premio no fue más que condena?

¿de qué tu nobleza de corazón, si no impidió que la ira brotase en tu pecho y asesinase a aquel pobre viejo en el polvo del camino?

¿de qué tu templanza, si no detuvo al deseo que arde en las entrañas y que te llevó -¡oh destino!- a apretar tu cuerpo contra el cuerpo que te engendró?

Tragedia es que tu desgracia no terminó con tus ojos ensangrentados

ni con tu muerte, aunque ya tus extraños pies descansaran en el Hades.

Tragedia es que tus hijos la heredaron como se heredan las enfermedades,

pero no hay médico, no hay hecatombe o libación que aplaque este mal que corrió por sus venas;

tus hijos se dieron muerte, hermano contra a hermano, luchando por el trono de la odiosa Tebas;

tus hijas fueron arrastradas a la oscuridad por hombres de leyes sin rostro, por su afán de justicia.

Debiste saber, Antígona, que no hay justicia posible en la ciudad envenenada de tus padres.


Tragedia es la pena de Troya y sus troyanas,

una pena negra que barrió las anchas calles y la bien asentada muralla y no dejó más que

ceniza

el polvo que ahora derramáis por vuestras cabezas, nobles mujeres de Ilión;

más dignas en vuestra penitencia de silencio que todos esos hombres que cayeron suplicando.

¿Qué consuelo os queda ya, Hécuba? eres una reina sin rey en un palacio de escombro y muerte.

¿Qué consuelo, Andrómaca? esposa sin esposo y madre huérfana de vástago, condenada a servir al hijo del destructor de tu pueblo, el hijo de aquél que cantó con la lira rapiñada de las manos de tu padre.

¿Qué os queda, Casandra? profetisa hasta el final descreída; llamaron locura a la chispa de tus ojos cuando no era más que certeza: viste acercarse la mano asesina de Clitemnestra y, sin sorpresa, te entregaste a la muerte.

Tragedia es toda ella la noble Helena, deseada y odiada por tantos y tantos: cuántas lágrimas derramaste por aqueos y troyanos y, sin embargo, nadie lloró ninguna por tu suerte.

Tomando entre tus tiernas manos montones de suciedad y escombro y sombra, aún te culpas por la brutalidad de los hombres. Esa es la verdadera tragedia.


Tragedia es el grito desencajado de Penteo,

el último antes de que la carcajada de las bacantes desborde la noche con el vino oloroso de tu pecado —

¿cómo te atreviste, invasor, cómo osaste?

cantan sus lenguas enloquecidas con el fervor del dios que tú despreciaste.

tendrás tu merecido, intruso, tendrás tu castigo.

chillan sus gargantas, ofreciendo su cuello a la luna y su voz a la música que te escondiste para escuchar.

morirás, extraño, morirás —

muerden sus dientes la carne y beben la sangre y la cabeza seccionada eleva sus ojos al cielo sin ver,

plegaria silenciosa al dios que una vez desdeñó.

¡Io Baco, evohé!

Dios coronado de vid

de rostro de toro, ditirambo,

agreste dios, tú que inspiras

la locura, el primigenio grito:

acepta la ofrenda de la carne.

¡Io Baco, evohé!

Se hace el silencio en la noche y la sangre gotea caliente y callada. Así, se extingue la voz de las bacantes.


El poeta, contemplando los rescoldos ya fríos de lo que aquella noche había sido hoguera, cántico y fiesta, se mesa los cabellos con la mano con la que aún sujeta la copa; al apoyarla sobre los labios, la boca al fin recibe gustosa el dulce vino y, con él, el tenue sopor de la duermevela.

Antes de dormirse del todo, cuando, despuntando en el horizonte ya la aurora, sus amigos empezaban a despertar, consiguió articular un último pensamiento:

La tragedia, mi querido amigo, no puede definirse con palabras; tan solo con el dolor de los que la representan. Esa es -Dioniso sea benévolo con nosotros, oh mortales- la verdadera y más terrible naturaleza de la tragedia.

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