La hipocresía del diseño industrial

O de los diseñadores, más bien. No puede acusarse de esto a todos, por suerte, pero sin duda es un número bastante considerable como para animarme a escribir estas líneas.

Llevo ya unos años escuchando en cualquier reunión que se tercie de gente del sector, y éste es el tema que nos vertebra a todos, tal como el Mercadona o los insultos vertebran al país, lo infravalorada que está nuestra profesión y el intrusismo que sufrimos por parte de otras: los ingerieros puros, ignorantes orgullosos que desprecian el diseño y no dudan en afirmar que “lo que vende” de un coche es su motor, los arquitectos, arquetipos de miradas sombrías y risas maléficas, devotos de formas imposibles de producir en serie, y los empresarios, culpables del atraso de nuestro país por no contratarnos, alimentan día a día esta columna vertebral discursiva que tanto disfrutamos compartir. ¡Un poco de respeto! ¡Respeten el diseño! ¡Quien diseña productos son los diseñadores de productos!

Pero en cambio no nos aplicamos el cuento a nosotros mismos. ¿Cuántos de nosotros nos dedicamos a otras ramas del diseño? Basta con preguntar a cualquier diseñador industrial cuánto cobraría por diseñarnos un logotipo, y en cuestión de segundos recibiremos un precio estimado sin que al pretendido intruso le haya entrado la más mínima duda sobre sus capacidades o una mínima sensación de incoherencia con la crítica que segundos antes abanderaba. Todo ello obviando las raíces de nuestra profesión, desarrollada anteriormente por los malvados arquitectos o los ignorantes ingenieros, y que sin duda podrían achacarnos las mismas críticas que realizamos nosotros. ¡Nosotros estábamos aquí antes! ¡Vosotros sois los intrusos!

¿Quién no sabría hacer un logo, verdad? ¿Y maquetar una revista? Oye, necesito una web para mi tienda, ¿Podrías hacérmela? ¿Y un vídeo para promocionarla? Pero después indagas un poco, haces las cuestiones oportunas, y esa aparente seguridad que generaba aquel súper diseñador empieza a tambalearse. ¿Para qué sirven exactamente los Pantone? ¿Es mejor usar archivos GIF o PNG para las transparencias? ¿La tipografía del logotipo he de comprarla? ¿Es mejor una serif o una sans-serif para el texto? ¿Qué diferencia hay entre una app móvil y una página web responsive? ¿En qué formato me pasarás el vídeo? Y un largo etcétera que hace que nuestro pretendiente cambie su seguridad por afirmaciones inconclusas.

Por desgracia, esto no solo lo hacemos con el diseño gráfico, la rama sin duda menos “respetada”, sino que cada vez nos desvergonzamos con más sectores, y empiezan a ser comunes las ofertas de diseño web que se basan en poner una plantilla y cambiar algo de CSS, portfolios de “fotógrafos” cuyos trabajos parecen granjas ilegales de engorde de píxeles, diseños editoriales en donde el contenido está echado a puñaitos sobre la rejilla, o vídeos de “productores multimedia” con saltos olímpicos de eje, por poner los ejemplos que tengo más frescos. Todos lo hemos hecho alguna vez y todos podemos contar más de un caso flagrante.

Pero atención, no soy de los que piensan que un diseñador, industrial o de otro tipo, no pueda dedicarse a otras ramas del diseño. Yo mismo practico el “intrusismo”. Mi crítica va dirigida a la actitud con la que en la mayoría de casos se toman estas incursiones, que suelen estar desprovistas del más mínimo respeto que exigimos para nosotros mismos los diseñadores industriales, cayendo en una incoherencia insultante. Quien quiera diseñar una identidad corporativa, que lo haga, le invito encarecidamente a hacerlo, pero que lo haga sabiendo que su trabajo distará mucho de ser bueno, al menos al principio, y que tendrá que recorrer mucho camino hasta llegar al nivel medio de los diseñadores gráficos “no intrusos”. Que lo haga escuchando a los diseñadores que se han formado y tienen años de experiencia en esos ámbitos, que lea, pregunte, que vuelva a leer -y no un libro-catálogo con ejemplos, sino libros teóricos y de calidad-, que se exponga a críticas de gente que sabe más que él o ella. Y sobre todo, que sea humilde cual aprendiz de maestro.

Y desde esa misma perspectiva de humildad, pido, aún a riesgo de no ser entendido, benevolencia para los que se aventuran en nuestra profesión, de la misma forma que nosotros desearíamos recibir esa benevolencia en nuestras incursiones. En la era de los videotutoriales de youtube, la única estrategia que podemos seguir para defender nuestra profesión -nuestras profesiones- es explicar el largo camino por recorrer para realizar un trabajo de calidad, los pasos que se han de seguir, qué aspectos son los correctos y cuales los intolerables, y en definitiva, qué se le debe exigir a un trabajo profesional.

Desearía escuchar menos discursos anti-intrusos y más abertura a los “mestizos”. Esta es mi opinión personal, claro, y respeto profundamente la contraria, pero a quien siga convencido de la necesidad de “pureza”, le exijo como mínimo respeto y coherencia, y a ser posible comprensión.

El mundo parece que cada vez cambia más rápido, y todos, pero en especial los jóvenes, debemos adoptar una actitud knowman coherente (fuck millennials) con los tiempos que vienen: aprende, y deja ayuda a aprender.