Cierre de Año

Año Nuevo es una de mis fechas favoritas. Si se pudiera medir la esperanza en tiempo real, estoy seguro que hoy por la noche se romperían todos los récords. Cumpleaños no oficial de la humanidad, festejamos la hazaña de haber dado una vuelta más al sol sin aniquilarnos en el camino o destruir la rocota en la que viajamos (aunque ahí la llevamos). La recompensa: un generoso aguinaldo de optimismo que nos gastamos de inmediato en agradecimientos, buenos deseos y propósitos un tanto desmedidos (se vale).

Siendo objetivos — es decir, aguafiestas — el 31 de diciembre no tiene nada de especial o diferente a un modesto 13 de agosto. Si mañana llegáramos al consenso de que el año ahora termina en abril, hoy sería tan rutinario como la mayoría de días desperdiciados. Sin embargo, el calendario logra crear con un simple número la ilusión colectiva de que estamos cerrando un ciclo e iniciando uno nuevo. Restart. Reset. Borrón y cuenta nueva.

No importa que hace 365 días experimentábamos la misma embriaguez de optimismo. Tampoco importa que el resto del año amenace con volverse una larga resaca. Ante cada giro, la mayoría no ve un deprimente “eterno retorno” sino un nuevo comienzo donde la trayectoria podrá ser la misma, pero el recorrido se mira siempre diferente y prometedor.

Según la ciencia de lo mundano, esta sobredosis de fe en el futuro nos dura de 2 a 3 semanas. Después de eso, las expectativas se asientan como arena en el agua hasta que El Año Promesa se convierte en un año más, con altas y bajas, sorpresas y decepciones, pronósticos cumplidos y predicciones fallidas.

Dicen los economistas de la motivación que lo más recomendable es ahorrar algo de este optimismo desbordado e invertirlo para los meses siguientes, justo cuando más nos hará falta.

Yo por lo pronto sigo usando el excedente para mandar deseos quizá un poco cursis (se vale), pero no por eso menos sinceros:

El mejor de los años posibles para todos 🙌