Un día raro

Salma Lombera
Aug 23, 2017 · 5 min read

Se me hizo tarde (eso no es raro). Desayuné un sándwich de jamón con Sabritas dentro, también llamado el manjar de los manjares del lunch escolar.

Tenía que hacer un montón de trámites así que fui a sacar copia de todos los papeles que me definen ante la sociedad. Soy mujer, tengo 27 años, estudié en Bellas Artes, no tengo licencia de manejo porque ¡Jhonny la gente esta muy loca y manejan endemoniadamente! Y me da miedo ¡WTF!

Encontré la papelería cerrada así que me tocó caminar. Pasé enfrente de una tienda de regalos que siempre me ha gustado, incluso había curioseando desde el cristal pero nunca me había animado a entrar. En la puerta había un letrero que decía "copias". Entré. Las campanitas sonaron con el movimiento de la puerta anunciado mi llegada.

Cuadros, portarretratos, cajitas, flores, esculturas decorativas, relojes, todo perfectamente acomodado en los estantes del negocio. El olor de las velas decorativas y el Popurrí me hizo estornudar antes de saludar al dependiente. Al fondo, en un escritorio un señor canoso escribía en computadora. Sólo hacia falta vestirlo de rojo para creer que había llegado con Santa Claus al Polo Norte y no a un simple tienda de regalos.

— Buenos días — dije mientras me sorprendía otra estampida de estornudos.

— ¡Quiubo! — respondió el Santa Claus moreliano, sin levantar la mirada.

— Disculpe, tiene copias?

— Si, si tengo. — levantó una hoja y siguió escribiendo, como reclamando mi pregunta ambigua. Le mostré una sonrisa forzada.

— Le podría sacar un par de juegos de cada uno, por favor.

— Si, si podría. — Se levantó de su asiento, me miró como si estuviera en un examen oral de español y el fuera mi maestro de secundaria. Esta vez no sonreí, tenía prisa y no tenía tiempo para eso. Así que seguramente mis ojos hablaron por mi, como siempre. Tomó las hojas y fue a la fotocopiadora.

— Paso muy seguido por aquí, y siempre había tenido ganas de entrar. Tiene una tienda muy bonita — le dije tratando de suavizar los segundos previos donde no fui grosera pero tampoco fui amable. Era muy temprano para hacer carotas.

— Y hoy por qué si entró?

— porque necesitaba sacar copias. (Duh!)

— Nada es casualidad señorita, todo es una…

— causalidad! (Y ni siquiera estudie para el examen)

— exacto!

Me acerqué al estante, y me eche un clavado a la bolsa para sacar la cartera.

— cuánto le debo?

— Tiene prisa?

— si, un poco.

Ignoró mi respuesta. Tomó aire, ojeo rapidamemte los papeles y viendome fijamente a los ojos empezó el interrogatorio. Preguntó qué estudié, en dónde iba a trabajar, y por qué pasaba seguido por su tienda. Respondí brevemente a sus preguntas, intentando acelerar la conversación.

— eres de mecha corta, verdad? — Me sorprendió la frase. Pero no dije nada. — eres Sagitario, cierto? Yo tambien lo soy. Nosotros traemos las flechas listas para lanzar a la menor provocación, pero no es bueno. No siempre. ¿se tiene que ir? -insistió.

— si tengo que entregar estos papeles. — de nuevo, sólo lo ignoro. Y continúo. Como bien se le notaba era maestro, se quejó del sistema educativo que prepara mal a los alumnos y de los alumnos que no hacen nada por prepararse mejor. Vivió en Rusia o Alemania (de ahí supongo su forma tan directa de hablar). Estaba buscando alguien que lo ayudara con la tienda. “Necesito a alguien en quien pueda confiar completamente”

— Vamos a hacer un ejercicio. Cierra los ojos. Pon tu mano sobre el mostrador, no pienses, sólo cierra los ojos y siente.

Seguí sus instrucciones y puso su mano sobre la mía y después de 3 segundos la quitó y me indicó abrir los ojos.

— ¿pensaste o senstiste? Puse mi mano sobre la tuya. ¿lo pensaste o lo sentiste? Sólo responde eso.

— Lo sentí.

— pero también pensaste… ¿qué pensaste?

— que esto está muy raro.

— Ese es tu problema, sientes mucho pero también piensas mucho. No se puede sentir y pensar al mismo tiempo. Necesitas darle un tiempo a cada cosa. Por eso te enojas rapido. Y normalmente uno estalla y lastima así a las personas que más ama. Te lo digo por experiencia.

Saqué un billete de la cartera y pagué. Intercambiamos correos electrónicos para que me diera más informes sobre el empleo. Me acompañó a la puerta. Me despedí. Camine unos cuantos pasos.

— Señorita Salma! — gritó desde la puerta — ¿Cuál es el día más importante?

— ¡Hoy! — sonreí.

— No hay más, sólo hoy.


Me equivoqué de combi. Eso, tampoco es raro. Soy muy distraída y más cuando traigo muchas cosas en la cabeza.

Le avise al chofer, quien se ofreció a alcanzar mi combi. Adelantó mucho camino, nunca la alcanzamos pero me devolvió mi pasaje para que tomara la ruta correcta. “para que no gastes doble, niña” Le agradecí.


Entregué los papeles en tiempo y forma en mi primer destino. Pero tenía otro trámite pendiente, fui en busca de más copias pero ahora del otro lado de la ciudad. Pedí indicaciones sobre la papelería más cercana, que según me dijeron estaba a 6 o 7 cuadras. Apenas crucé la calle, en una malla ciclónica una cartulina verde decía “copias, curp, xbox”. El lugar no tenía cara de papelería, más bien eran oficinas de la escuela contigua. (Pero no perdía nada con preguntar. No quería caminar 7 cuadras)

— Disculpe, aquí sacan copias? — señalé el letrero.

— copias de qué? — Respondió un señor con pinta de director de escuela combinado con vigilante. Traía chaleco de rombos y botas de Policía.

— son documentos tamaño carta en blanco y negro.

— ah si, pasele!

Y de nuevo otro interrogatorio al que respondí más tranquila siguiendo el consejo de Santa. Se quejó de los precios altos en la canasta básica y lo cara que es la vida en Morelia y lo peor, los sueldos bajos. Me sugirió algunas opciones laborales en el campo educativo.

” yo creo en la suerte. Intentelo, siempre intentelo. No tiene nada que perder. Recuerde que no hay peor lucha que la que no se hace.” decía mientras manipulaba las hojas con extremo cuidado.

— cuánto le debo?

— no, no es nada.

— ¿cómo que no? ¿por qué no?

— es que aquí no sacamos copias, no se quien puso ese letrero ahí. Estas son oficinas de la primaria pero aquí tenemos impresora no me costaba nada hacerle un favor.

Insistí en pagar de menos para un “refresco” a lo que él insistió con un rotundo NO. Agradecí y sonreí lo curioso de la situación.


Era el turno de las fotos infantiles. Entré a un pequeño estudio del centro que compartía el espacio con cocina, sala y comedor. La dueña del estudio-casa estaba desayunando.

Le pedí me regalara un par de minutos para maquillarme un poco.

— usted es muy hermosa, con o sin maquillaje. No lo necesita, pero como se sienta a gusto. Eso es lo importante.

Le pregunté si todavía hacia el sagrado oficio de revelado de rollo fotográfico, que para mi buena suerte respondió afirmativamente.

— Traeme los rollos que tengas. En poco tiempo dejaré de hacerlo, cada vez es más difícil encontrar el material. Y es importante guardar esas memorias. Nunca tomamos fotos de los momentos tristes de nuestras vidas. Hay que aprender de lo malo que nos pasa pero recordar siempre lo bueno, eso es lo que vale la pena atesorar.

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