Choque

Lo primero que se oye desde adentro de la casa es la bocina larga y apremiante de una moto y enseguida un golpe que estremece y detiene todo. Luego sigue un silencio tenso y fugaz, que segundos más tarde estalla en mil pedazos cuando comienzan a escucharse unos gritos de dolor. Alguien se baja de un auto tomándose la cabeza. Otros corren mientras buscan sus teléfonos para llamar a alguna emergencia. Los quejidos de dolor son cada vez más intensos y angustiosos. Al descorrerse la cortina se ve un hombre tirado en el suelo, al lado de la moto, y un auto pequeño detenido en medio de la calle. Un señor gordo y con el torso desnudo, el que vive más cerca del lugar del hecho, se agacha y le habla al hombre que grita. Le dice que trate de calmarse, que ya van a llamar a la ambulancia, que no tiene nada grave, que por suerte está vivo y cosas así. La esquina se llena de curiosos. Los conductores de los autos y colectivos pasan más despacio para tratar de adivinar qué pasó, y quienes van caminando se detienen a mirar y a hacer preguntas de respuestas más o menos obvias. “Chocaron?”. “¿Se lastimó?”. “¿Iba en la moto?”. La excepción es una mujer que camina distraída y cuando se encuentra con ese cuadro frena en seco, se toma la cabeza y queda paralizada, como si en lugar de una persona fuera un árbol o una columna del alumbrado público. Pasan minutos que parecen horas y la ambulancia todavía no llega, aunque hay que reconocer es demasiado pronto. El hombre golpeado sigue quejándose sobre el pasto y el otro hombre no para de hablarle para tratar de contenerlo: “La ambulancia ya viene, la ambulancia ya viene”. La mujer que manejaba el auto que lo chocó va y viene, se sienta, vuelve a levantarse, habla por teléfono, tiembla. Sobre todo eso, tiembla. Ver un choque desde atrás de la ventana es como mirar una película, pero con más dramatismo.

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