Los hombres y los carros

Hay un contenedor de basura.

Pasa un hombre robusto empujando un carro, lo mira, lo estudia, hace un gesto de fastidio porque no encuentra nada que pueda llevarse y se va.

Pasa otro hombre, un poco más viejo, bastante más flaco, tirando de un carro más modesto y más destartalado. Por la forma en que mira el fondo, da la impresión de que el contenedor está vacío. Igual saca una especie de gancho, clava un pedazo de cartón, lo pone en su carro y empieza a caminar hacia el siguiente contenedor.

Pasa un tercer hombre, igual de flaco que el segundo, más bajo y más pobre. También él tira de un carro y también se detiene frente al contenedor. Ve algo que le interesa, apoya la panza sobre el borde, estira una mano y por un instante parece que se caerá adentro. Agarra una botella, la mira, la huele, vuelve a mirarla y decide que probablemente le servirá. La pone en el carro y sigue.

Pasa un cuarto hombre, con otro carro. Es tan grande el carro que cuesta entender cómo lo mueve. Tiene el pelo largo y sucio. Fuma. Se ve cansado. Parece que seguirá de largo, pero se detiene frente al contenedor, mira adentro, mete un brazo y se lleva él también una chuchería: unos papeles que no deben llegar a la cantidad que reúne el ejemplar de un diario. Y se va, con su cansancio y su cigarrillo, empujando su enorme carro.

Pasaron diez minutos.

Espero por el siguiente hombre. Y por el carro.

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